Por Mijal Montelongo Huberman
Hay un tepozán de metro y medio de alto en una jardinera amplia. Su tronco tiene aproximadamente treinta centímetros de diámetro. No está derecho, tiene una pendiente que después se ramifica en extensiones más delgadas hasta llegar a las hojas de color verde oscuro y con una ligera pelusa. Las venas parten paralelamente de una principal que separa longitudinalmente a las hojas. La corteza no es lisa, sino que tiene surcos a lo largo. Parece que se le caerá por pedazos. Claro que no empezó así. Inicialmente era una ramita delgada que salía de la tierra con unas cuantas hojas en la punta. Podría haber sido rota por una brisa o una lluvia fuerte. Pero aguantó y creció.
Las ardillas lo usan de paso para llegar a la higuera y a la palma que tiene a ambos lados. Los chipes corona negra van de ramita en ramita buscando algún insecto que comer. En ocasiones se pasan a la higuera o a los rosales de enfrente. Los saltaparedes van de la pared de piedra volcánica que está detrás del árbol a su tronco. Abejas, abejorros, mariposas y colibrís son atraídos al tepozán por sus florecitas blancas. Un pájaro carpintero llega a martillar al tronco en diferentes puntos. Las lagartijas toman el sol y se mueven por todo el árbol para evitar ser vistas y molestadas por otros animales que se acercan. Los colibrís se posan en sus ramas para descansar de tanto aleteo. Una araña construyó su telaraña entre la higuera y el árbol. Un gato usa el tronco como rascador.
Las hojas que sirven como plataforma para insectos diminutos reciben la luz del sol y el dióxido de carbono del aire, el cual lleva consigo el aroma de las flores y del tepozán a otros lugares. Las raíces que no les molesta lo somero de la capa terrosa absorben el agua y otros nutrientes de ella; posteriormente, son transportados también hasta las hojas para que el tepozán continúe viviendo.
Así estuvo varios años. Siendo una casa, un refugio, una fuente de alimento, un sitio de descanso y observación, un lugar de paso, un punto de conexión, etcétera para demás especies. Infinidad de individuos estuvieron en contacto con él. El tepozán fue obteniendo lo que necesitaba del ambiente que lo rodeaba. Regeneró y cubrió las partes que otros comieron, tiraron, arrancaron, arañaron, pisaron y limitaron hasta que las marcas dejaron de percibirse como ajenas a él. Le crecieron más ramas. Tuvo hojas y flores adicionales. Siguió creciendo.
Poco a poco dejó de absorber agua y nutrientes del suelo. En el transcurso de unas semanas se le empezaron a caer las hojas. El agua restringió su irrigación hasta las puntas de las ramas más delgadas. La turgencia de las hojas se debilitó y se secaron. El árbol quedó pelón. Pasado un tiempo, las mismas ramas ya no eran abastecidas. El tronco fue obteniendo cada vez menos agua. La corteza cambió de color: de un café grisáceo a un tono más claro con manchas amarillentas. La madera crujía de vez en cuando. Ya sólo quedaba el esqueleto del árbol.
La vida sigue ocurriendo a su alrededor. Aunque la vida ya no fluye dentro de él. El pájaro carpintero se posa en sus ramas secas y le da unos golpes, calándolo superficialmente. Todavía hay algunas hormigas y termitas que habitan y caminan por el tronco. El carpintero se alimenta de ellas. Otras aves, como las tortolitas, descansan y observan desde las ramas. Como ya no hay flores de las cuales las abejas, mariposas y colibrís extraigan néctar, visitan menos al tepozán y hasta lo toman como un obstáculo para llegar a las rosas. Las lagartijas siguen teniendo un sitio donde tomar el sol. Las ardillas lo utilizan menos de paso, algo deben intuir.
Unas semanas después, el peso de la parte de arriba del árbol le ganó y se rompió. Se quedó sin las ramificaciones que le daban una corona. Ahora queda un tronco seco ligeramente inclinado. El gato todavía se rasca en él y ahora lo trepa para que sea su puesto de vigilancia a un metro de altura. Se hilaron telarañas entre los surcos de la corteza que cada vez son más profundos. Hay caracoles que se suben a lo que queda del tepozán y dejan su rastro brillante.
Transcurrieron algunos meses. Finalmente, la inclinación del tronco fue demasiada y se quebró. La madera, que alguna vez fue un árbol, yace en la tierra entre la palmera, el pino, la granada, el plumbago y algunas hierbas. Los saltaparedes y algunos chipes escarban entre los restos en búsqueda de descomponedores que se alimentan de la madera. Una ardilla remueve los restos para recuperar un higo que se le cayó. Los gatos y perros orinan y defecan sobre ellos. Los caracoles pasan sobre trozos de madera marcando su camino para llegar a plantas vivas con hojas frescas.
La madera se vuelve un montículo de tierra con trozos amorfos de colores amarillentos. Las plumas de una tortolita atrapada por un gavilán lo cubren junto con las hojas caídas del plumbago, de la higuera, del pirul.
Un día unas hierbas chiquitas salen de la tierra donde había madera seca de un tepozán. La tierra y algunos animales todavía conservan un vago recuerdo de su presencia mientras le dan la bienvenida al nuevo integrante del paisaje.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.
