Por Liana Pacheco
Los lugares, con el paso del tiempo, van forjando identidad: elementos, anécdotas y personajes que intervienen en la construcción de su memoria y que, a la larga, se vuelven el folclore de ese lugar. En el caso de la ciudad de Oaxaca, uno de estos elementos son «Las Pájaras», un grupo de choque conformado, en la década de los setenta, enteramente por mujeres que se forjaron a la par de la Central de Abastos, actualmente el mercado de mayor tránsito en la región.
La poeta oaxaqueña Nallely Guadalupe Tello presentó en diciembre de 2025 su primera novela de narrativa, que profundiza en la historia de estas mujeres: un arco narrativo que se sostiene con elementos tomados de la investigación de campo y con la destreza literaria de la autora para integrar la ficción en la novela.

Durante la lectura, una pregunta rondaba en mi mente: «¿qué somos las mujeres cuando no cumplimos las facetas que la sociedad patriarcal nos impone?». Si no somos madres, esposas, amas de casa o subyugadas, entonces nos volvemos personas tratando de subsistir; sin embargo, si ya de por sí eso es difícil, siendo mujer lo es aún más. A mi percepción, este es el eje central de «Las Pájaras».
Nallely Tello realiza una escritura precisa y directa; a pesar del título, no se anda por las ramas. Los capítulos con los que abre su novela detallan con destreza el preámbulo de un conflicto. Pone rápidamente sobre la mesa la radiografía emocional, familiar y personal de quienes intervienen en la historia. El capítulo correspondiente a doña Martha impacta y conmueve; esta mujer hizo resonancia en el recuerdo de mi abuela y mi tía abuela: señoras entronas, enojonas y movidas por las ganas de subsistir. Las otras protagonistas, Las Pájaras, Juana y Chabela, su hermana, deben hacer frente a la vida al quedar huérfanas en su adolescencia; a diferencia de doña Martha, ellas no tienen familia que las apoye a sobrevivir, pero en las entrelíneas de su existencia surge una colectividad femenina que será el pilar de su vida.
Si aquellas veinte mujeres nos atrevimos a hacer aquel desmadre con los puestos de Doña Martha no solo fue porque vendíamos en el mismo lugar y lo queríamos recuperar, sino porque nos conocíamos desde niñas. Si alguna llegaba llorando a casa de otra, nuestras madres bajaban una tortilla calientita del comal, le echaban un poquito de sal y la ofrecía a quien lloraba; éramos familia y, quizá, como creo que son todas las familias, teníamos más tristezas que alegrías en nuestro haber y eso era parte de nuestra querencia y de la certeza de que íbamos a defendernos juntas.

Seguramente, cuando lean el retrato literario que Nallely realiza, reconocerán rasgos de mujeres cercanas o conocidas, ya que las páginas de la novela dibujan un rostro femenino que trabaja y sobrevive: mujeres que se levantan antes del amanecer a preparar tamales, tortillas, cargar verduras o pan, y echar a caminar en busca de compradores; mujeres que, cuando cae su primer cliente, se encomiendan y hacen la señal de la cruz con la moneda de esa venta.
Conforme avanzaba en la lectura, mi cuestionamiento era: ¿acaso no tanto doña Martha como Juana y Chabela tenían el mismo derecho a ganarse el sustento entre las venas de ese mercado? La primera, sola, supo labrar su posición y ganarse el respeto de los vendedores del mercado. Las segundas pedían un espacio para extender su nailon y poner sus verduras. Sin embargo, no hubo lógica de diálogo ni razonamiento en ninguna de ellas. La misma Juana lo piensa:
Esa tarde, después de salir de la oficina de Villarreal, y mientras le pasaba un trapo con agua tibia y salada en la cara a Chabelita, me preguntaba por qué doña Martha en lugar de ponerse a pensar en que todas éramos mujeres como ella y que necesitábamos un lugarcito para vender y salir adelante, quería chingarnos.
Dice un dicho popular que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Así es como encaja en la historia Jesús, administrador de mercados, aunque su papel fue el de atizar el fogón del pleito que se cocinaba entre los bandos de mujeres. Las Pájaras se respaldaron en él; doña Martha topó pared con él y, para él, ellas fueron únicamente estrategia política.
Jesús movió las cartas a su favor y, aunque quedó en medio del juego, ni un aguacatazo le tocó de todas las madrizas que se dieron. Porque, así como las mujeres de esta novela son aguerridas para el trabajo, a la hora de defenderse o defender lo que querían, pelearon con lo que hubiera: desde una pala hasta los huevos criollos o los chayotes hervidos que iban para la vendimia.
La autora desarrolla la historia y construye los personajes con orden y precisión, así como la manera en que entrelaza la trama, la ambientación y el tiempo. La novela no es una narración cronológica de la historia de Oaxaca en los últimos cincuenta años; sin embargo, termina siendo una conjugación de imágenes en las que parece que el Oaxaca de aquellos años está frente a un espejo y su reflejo es el Oaxaca moderno.
Otro elemento importante que se profundiza en la novela es el poder: cómo nace, cómo se extiende y en qué convierte a quien lo obtiene. A través de las páginas se identifican dos polaridades de este. Cuando lo tiene un hombre, se le admira, se le respeta, no hay cuestionamiento; si es un hombre poderoso el que grita o se exalta, dirán que lo hace porque tiene agallas. Ahí están Jesús y el ingeniero Pacheco, quienes fácilmente se abrieron camino en las oficinas del palacio municipal y de gobierno.

Qué diferencia cuando es una mujer la que ostenta el poder. Los rumores empiezan: que seguramente ya le dio las nalgas a alguien; que no grite, que no se enoje, porque ya le andan diciendo “pinche vieja arguendera, loca”. Y aunque no quiera, va a necesitar el respaldo de un hombre. Claramente lo leemos en la alianza que forjan Juana y Jesús, para que los demás terminen validando la autoridad de ella.
Ya cerca del desenlace de la novela pensé: “quizá doña Martha no era tan mala; cabrona, sí, porque debía cuidar el patrimonio que con esfuerzo ganó», pero… «¿qué tan diferente habría sido la historia si hubiera tendido la mano a esas mujeres?». La realidad es que nadie lo hizo: el gobierno las despojó de su terreno con falsas promesas; doña Martha no se esperó a que vendieran unos cuantos berros o quintoniles para sacar el peso que exigía de cuota, hasta la Virgen de la Soledad ignoró sus oraciones.
Los pájaros cantan por cantar, porque ha salido el sol; las chicharras, en cambio —dicen—, llaman a la lluvia y ésta a veces tarda y ellas tienen que cantar más fuerte, hasta ser escuchadas. Nosotras también tuvimos que subir el tono de nuestra voz para lograr lo que queríamos.
«Las Pájaras» no narra el conflicto entre una mujer mala y mujeres víctimas, tampoco se empeña en señalar quién gana. Es la historia de mujeres que tuvieron que enfrentarse, desgastarse, perderse, poco o todo de sí mismas, sólo para poder sobrevivir.
