Los árboles y las pantallas que me rodean | De un paseo al terror poético

Por Mijal Montelongo Huberman

Cualquiera puede imaginarse un paisaje en la naturaleza. Una imagen estática y pacífica con pastos, algunas hierbas y árboles. Tal vez haya alguien que le agregue algún animal, un cielo azul, un poco de niebla o nubes. Otras personas visualizan una playa con el agua en movimiento. Estas imágenes son tan atractivas que muchas piensan en irse de vacaciones a un lugar con el paisaje que más les guste, algunas incluso lo llegan a hacer.

Esta visualización de imágenes y deseos puede deberse a que queremos un descanso de la vida cotidiana urbana en un entorno tan diferente como lo puede ser la naturaleza. A pesar de que hay personas que sueñan con escapar de la rutina, pocas realmente deciden pasar mucho tiempo directamente en la naturaleza (no en un hotel al lado de la playa o en una cabaña en el bosque) y hay menos aun que decide vivir en ella. Es más común dar un paseo, dedicarse al senderismo o acampar un par de noches. Todas estas actividades son de una corta duración y permiten disfrutar de manera somera la naturaleza. Yo he hecho algunas de ellas y las he disfrutado. Aunque lo que también hace que me hayan gustado es que sé que voy a regresar pronto a mi casa.

El libro Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay y la película homónima de Peter Weir empiezan con una idea relacionada a ello: unas maestras llevan a un grupo de alumnas a la formación geológica de Hanging Rock en el sureste de Australia para celebrar el día de San Valentín. Como su título lo indica, van a ir de picnic. El plan suena tranquilo y agradable. Las alumnas y las maestras están emocionadas por la salida, como también yo lo estaría. Un cambio de paisaje como ese permite asombrarse con las vistas novedosas. Se pueden descubrir colores, patrones y especies que no imaginábamos. Nos damos un tiempo para reflexionar, contemplar y disfrutar el momento.

El misterio y la armonía que la naturaleza muestra desde lejos son demasiado atractivos para no indagar más en ella. Eso fue lo que pasó en el libro: unas cuantas alumnas se van a explorar los alrededores de donde hacen el picnic.

Lo inquietante de la historia es cómo un lugar idílico y lleno de luz en donde las personas piensan relajarse y disfrutar del día, tal como se muestra en la pintura En Hanging Rock de William Ford, se convierte en un sitio marcado por la tragedia. Las alumnas exploradoras no regresan. De igual manera, una maestra no vuelve a ser vista después del picnic. Aunque una de las alumnas desaparecidas es encontrada unos días después, no es de mucha ayuda para localizar al resto que no dejó ningún rastro ni explicación de su ausencia.

¿Qué pasa cuando un lugar obtiene mala fama? Por mala fama me refiero a sitios donde han pasado cosas inexplicables o que es peligroso estar en ellos tanto para personas como para otros animales. Si lo pensamos más, ningún lugar carece de estas dos características. De hecho, las desapariciones de las alumnas y la maestra relatadas en el libro son tan verosímiles que por esta razón mucha gente que lo lee piensa que se está describiendo un suceso que en verdad pasó.

A raíz de la desaparición de las alumnas y la maestra, las personas del pueblo cercano generan cierta obsesión con el suceso y, en algunos casos, incluso con el lugar. Éste es objeto constante de noticias y rumores. Hay quienes lo evitan y quienes regresan a él para tratar de descifrar qué fue lo que pasó y encontrar a las desaparecidas.

En vez de que se recomiende ir allí, se advierte de incursionar en él. Un halo precautorio se concentra a su alrededor. La naturaleza como ente misterioso y desconocido se visualiza como peligrosa. Sin embargo, a pesar de los accidentes y tragedias, la gente sigue generando una imagen fantasiosa de la naturaleza y continúa explorándola.

Hay que darnos cuenta de que esa imagen que nos formamos de un paisaje pacífico está maquillada, ya que puede poseer todos los elementos que le atribuimos (plantas, animales, cuerpos de agua y ciertos relieves). No obstante, resaltamos los elementos que más nos gustan y escondemos (u omitimos cualquier referencia) a los que son menos estéticos, a los que desconocemos o a los que nos dan miedo. Cuando se le quita el maquillaje, ya sea al leer una noticia trágica o al tener una mala experiencia, nuestra imagen de la naturaleza se puede tornar terrorífica e inhóspita. 

La naturaleza puede ser impredecible. En un momento puedes estar subiendo una montaña mientras piensas en lo pesado de tu mochila, en lo diminutos que se ven los edificios, en el viento que te acaricia la cara o en el sol que te escuece en la nuca. Unos minutos después se nubla y llueve a cántaros. Tú y tus acompañantes se detienen para considerar sus próximos pasos. Al momento siguiente, deja de llover y sale el sol. Continúan la subida. Pisas una roca inestable por la ligera capa de lodo que se formó. Te caes. Pones las manos para detener la caída y se raspan. El costado de la cara se golpea atropelladamente contra una roca. Te sientas. Deciden que es oportuno descansar. Mientas bebes agua, observas la cobija verde de diferentes tonos con la que los pinos cubren las montañas. Respiras el viento frío y sientes cómo poco a poco tu respiración se va calmando. En uno de los árboles cercanos ves un pajarito brincando de rama en rama. La naturaleza puede ser hermosa.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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