Colaboraciones | En este pueblo ya no hay hombres


Por Viviana Padilla


El sol caía despacio sobre la espalda reseca de la montaña. Un rumor de botas y hojas secas rompía el silencio, como si alguien estuviera jugando a pisar los últimos suspiros de un bosque cansado. Martina, desde la cocina, escuchaba los pasos; sabía que no eran fantasmas, aunque los fantasmas también tenían botas y siempre llegaban cuando los gallos dejaban de cantar.

El pueblo no tenía nombre, o al menos eso decía el letrero en la entrada: “Bienvenidos”. Nada más, como si el que lo puso no quisiera comprometerse. Martina pensaba que eso era lo único sensato. Los nombres se los tragaba la guerra y los devolvía llenos de sangre.

Esa mañana los hombres llegaron como llegan las tormentas: de golpe, con un rugido que empuja las puertas y encharca las miradas. Uno llevaba un sombrero inclinado sobre la frente; otro fumaba un cigarro que le pintaba la boca de humo y mentiras. La niña, que no era más que un par de ojos grandes detrás de la falda de Martina, los miraba desde el rincón.

–Tranquila, mija, son los del monte –le susurró Martina con una voz que intentaba no quebrarse.

Pero la niña no entendía de montes ni de bandos; solo entendía que esos hombres llevaban algo roto en el alma, algo que olía a pólvora y a miedo.

–¿Dónde están los hombres? –preguntó el del sombrero, dejando caer la voz como una piedra en un pozo.

Martina alzó la cabeza. La niña sintió cómo el aire de la cocina se llenaba de espinas.

–No hay hombres aquí –respondió, dejando que su mentira se abrazara a la pared como una sombra temblorosa, mientras en la parte trasera dentro de los costales llenos de basura se escondían las esperanzas de sus dos hijos aun imberbes.

El cigarro chisporroteó en la boca del otro, y el humo dibujó un mapa que ninguno podía leer.

–Todos dicen lo mismo –dijo el del cigarro, dejando caer la colilla en el suelo. Luego aplastó el fuego con la bota, como si quisiera apagar algo más grande que una chispa.

La niña quería gritar. No sabía por qué, pero lo quería. Tal vez para espantar el silencio o para recordarle a su madre que ella seguía ahí, escondida detrás de la falda.

–Vamos a buscar. Y si encontramos algo… ya sabe –dijo el del sombrero, inclinándose hacia Martina con una sonrisa que no les llegaba a los ojos.

Se fueron después de recabar los escombros de mil esperanzas perdidas, y mientras se marchaban una voz a lo lejos exclamo:

¡En este pueblo ya no hay hombres! Dejaron las botas, el humo y el silencio dando vueltas en la cocina. Martina se dejó caer sobre la silla, y la niña salió del rincón como si la guerra hubiera terminado. Pero no.

Cuando llegaron los otros, los que no fumaban ni llevaban sombrero, solo armas y rabia, ya no había nadie en el pueblo. Martina y sus hijos se habían ido a la ciudad, donde los árboles callan y las historias se entierran bajo el concreto.

Pero esos altos edificios también tiene memoria. Y un día, cuando el sol vuelva a pintar la montaña de amarillo, alguien encontrará un letrero roto que diga “Bienvenidos”, y debajo, en letras casi borradas, un nombre que nunca debió dejar de existir; Libertad.


Puntuación: 1 de 5.

Sobre la autora

Viviana Padilla Márquez es abogada, filósofa y negociadora internacional, especialista en derecho penal y masteranda en Derechos Humanos y Posconflicto. Nacida en Barranquilla, Colombia en 1992, combina su sólida formación académica con una pasión por la escritura.Como escritora emergente, ha sido reconocida en diversos certámenes literarios, destacándose en los concursos distritales de Idartes en Bogotá (2020) y Nuevas Letras (2023) en su ciudad natal.

Publicado por LaCoyolRevista

No sé quien soy. No ando en busca de estilo, sino de retos.

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