De recuerdos, aventuras y reflexiones|Entre la tradición y la emoción

Por Tania Farias

Crecí en un pueblo, pero no en un pueblo cualquiera. Crecí en uno conocido en la región como “el Pueblo de la Fiesta Eterna” y déjenme contarles que el apelativo no es una casualidad, ni mera coincidencia, al contrario, está muy bien adjudicado y con cada celebración el nombre se reivindica.

Mientras viví allí, nunca le di mayor importancia, ni mayor reflexión a dicha referencia. Es más, participaba tan poco en las celebraciones que en ocasiones solo me daba cuenta de que un santo se estaría celebrando cuando, mientras hacía alguna diligencia, me topaba con una calle cerrada, un numeroso grupo de personas, y por supuesto, música y bailes tradicionales. Es más, era tanta la costumbre de vivir en un pueblo tan “fiestero” que ni los cohetes matutinos, ni las campanadas en repique casi todos los días, lograban despertarme antes de mi hora habitual.

Pero como bien lo dice el proverbio popular “uno no sabe lo que tiene, hasta que lo ve perdido” no fue sino hasta que emigré y con la distancia (y sobre todo el costo del pasaje) que empecé a añorar con poder participar en alguna de esas celebraciones tradicionales, en especial, aquellas que se llevan a cabo en una escala mayor tanto por su duración como por lo que se ofrece, como las celebraciones de Semana Santa, las dedicadas a San Sebastián al principio del año o las fiestas patronales en honor al Señor del Perdón. Y más se aumentaban mis deseos cuando por las redes sociales, veía a familiares y amigos participando con fervor en algunas de ellas.

Aunque sigo viviendo relativamente lejos de aquella región en la que crecí, por lo menos ahora, vivo en el mismo país y cuando mis primos lanzaron una invitación general a la familia para ir a disfrutar al pueblo el cierre de las fiestas patronales, la chispa del recuerdo se encendió y la decisión de asistir fue tomada en poco tiempo y, a pesar de que el viaje a mi región no es algo que pueda realizarse de manera espontánea, planeé mi visita cuanto antes. Con un poquito de esfuerzo, las cosas se dieron.

Nada más llegar al pueblo, mi prima y yo salimos a seguir un “toque de doce”. Confieso que a pesar de haber crecido allí, nunca había participado en ninguno, así que era una primera vez para mí. La dinámica fue simple, nos fuimos al templo parroquial, donde estaban varios grupos organizadores de “Toques de doce” para recibir una bendición y allí elegimos unirnos a alguno de ellos. Mariachi, bailarines reunidos en un solo grupo, así como mojigangas fue el llamado que necesitábamos y allí íbamos nosotras en medio de la algarabía y disfrutando de una de las muchas bebidas refrescantes que los organizadores iban ofreciendo a todo participante de manera gratuita. Porque eso son las fiestas en mi pueblo: devoción, música, danzas, altares, serenatas, peregrinaciones, bebidas y comidas tradicionales para todo el que se acerque, sin costo alguno. Porque sin duda, las únicas monedas de cambio que funcionan durante esos días de fiesta, son el entusiasmo y la fe.

El pueblo entero estaba embellecido. Pero el lugar más venerado era por supuesto el templo principal, el cual, estaba vestido con mantos verdes y amarillos, y centenas de flores que marcaban el camino hasta el altar, donde la imagen del festejado celebraba, además, 450 años de haber llegado al pueblo, durante la conquista del país. Época a partir de la cual se inició un sincretismo perfecto entre los dioses de los antiguos pobladores y el nuevo Dios llevado por los conquistadores. Hasta el día de hoy, ambas religiones se han fundido para crear una nueva manera de adorar al Dios adoptado.

Crecer en un pueblo así, quizás determinó mi propia religión, y como la gran mayoría allí, crecí con una educación católica que al paso de los años se ha vuelto más una costumbre. Sin embargo, el estar en medio de todas esas personas que creen con devoción en que el señor del Perdón protegerá al pueblo de los temblores, como aquel que casi lo destruyó en el año 1941, no pude evitar emocionarme, dejarme llevar por la música y los cantos, y quedarme embelesada ante aquella imagen que todos adoraban y que para el cierre final de las fiestas, era paseada en gran pompa dentro de una cobertura de vidrio, llena de flores y de luces, por todo el pueblo cargada a los hombros por decenas de hombres y rodeada de mujeres vestidas con el traje típico del pueblo, al son de “Tuxpan, Jalisco señores, tierra que me vio crecer, la quiero con toda el alma, pues como Tuxpan ninguno. Es un pueblito chiquito, pero de gran corazón, vale la pena quererlo, por su costumbre y tradición…”

Y mientras me unía al coro que gritaba “Viva el señor del perdón”, rodeada por mi familia, pensaba en el poder de las tradiciones, en como ellas me habían acercado a tantas personas, cuyos rostros me eran desconocidos. Sentí un calorcito en el corazón de contento y me dije que en efecto las tradiciones nos acercan, pero las emociones… esas, nos unen.

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Publicado por tanif24

Nací en Zapotlán el Grande, México y después de haber vivido en el extranjero por dos décadas regresé a mi país y actualmente resido en CDMX. Soy Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos por la Universidad París XII, Francia. Colaboré en la revista cultural Ventana Latina en Londres, Inglaterra y después de un pasaje por Toronto, Canadá he participado en diferentes antologías como Nostalgia Bajo Cero (2020), Laboratorio de Historias Breves (2021), La Casa en el Arce (2022), Sexta Antología de Escritoras Mexicanas (20239. Actualmente publico para las revistas Bikiniburka de España y Lacoyol de México.

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