A veces espero durante todo el día, una hora, un par de horas, que me regale la vida, el tiempo para poder escribir, pero no llega. Entonces tengo que hacer malabares, mapas conceptuales en mi mente, distribución de textos, acomodo de frases, vínculos; es como hablar conmigo misma, pero el bullicio de la casa, de la ciudad, no me deja, a veces mi voz interior es solamente una especie de sonido molesto, una música de fondo que no me deja cocinar como se debe, no me deja avanzar en el tráfico o sacar todos los otros pendientes que se van acumulando.
Me detengo, me obligo a parar un instante, por el bien de mi cuerpo. Me siento frente a una vieja computadora, en mi mesa, que hace las veces de escritorio, de ropero, de cajón y de todo lo demás, es a final de cuentas, el espacio funcional en donde toda la magia sucede, la magia de la poesía, de los versos, de la fuente de cada palabra. Es también un sitio muy pequeño en realidad, pero acogedor. Cuando pienso en la habitación completa, no sé, quizá pueda tenerla, pero lo que no tengo es el momento, el instante en que por fin las palabras fluyan con naturalidad y esté donde debo estar, concentrada por fin en dejar un mensaje.
Así escribo, tomo unos minutos entre una actividad y otra, por cierto, todas necesarias para que las cosas funcionen. Gozo de verdad, disfruto al máximo cada renglón, el aspecto que va tomando lo que escribo: un poema, un artículo, un cuento, una carta, un texto experimental, todo me parece importante, vital.
Cuando escribía a mano, las cartas por ejemplo, también estaban escritas de la misma manera, con intensidad, minuciosamente revisadas, así que con los años guardé algunas, quise guardarlo todo, pero me di cuenta de que era una tarea casi imposible, primero por la falta de espacio y luego por el lugar que ocupaba cada una en mi propia existencia, algunas pesaban tanto que tuve que dejarlas, otras eran tan ligeras que pareciera que salieron volando día a día sin que me diera cuenta, hasta que dejaron cajas vacías, espacios deshabitados y un corazón un poco más roto.
Ahora escribo entre la decisión de ir a dormir, descansar por fin y olvidarme de todo o seguir, encontrar en la luz de la computadora que se apaga a ratos, un destello que no muera, una guía que permanezca ahí como unas líneas subrayadas, como una nota al margen o como un par de estrellas que tratan de brillar, aunque la noche sea más y más profunda, más y más extraña.
¿Cómo escriben ustedes, cómo hacen lo que más les importa en la vida?, creo que hay demasiadas respuestas para una pregunta tan directa.
Ojalá que sea con mucha fuerza, con pasión, pero lo que más me importa es que en realidad sea para bien, como un buen poema, como un buen augurio, como el mejor de los deseos.
Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024, finalista en el Prémio Internacional de Poesia António Salvado Cidade de Castelo Branco 2025. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

