
Me gustan los símbolos y los rituales. Los símbolos porque expanden nuestra comprensión de la realidad hacia otras sensibilidades y se hacen espacio para que en nuestro ser no se anide la razón como el único lente para comprender el mundo.
Y así, me gustan los rituales porque hacen especial el tiempo. Me gusta entonces pensar en la navidad y el frío (de este lado del hemisferio) como el tiempo para guardarse y esperar a que la energía vuelva con nuevos bríos en primavera.
Y me gusta observar que precisamente con el cambio a esta estación cambia la luz y hay más bichitos y las flores emergen y hay como un calor de la tierra que despierta a los seres vivos.
Me gustan también los ciclos. Me gusta (a pesar de lo que diga mi ansiedad) que no tengamos el control del envejecimiento de nuestra piel o de nuestro ciclo menstrual o del tiempo en el que se desarrolla un niño en el vientre.
Me gusta que no podamos controlar la lluvia o los temblores. Me ayuda a recordar que no todo se mide en sprints.
Me gusta ser exploradora de los tiempos interiores. Aunque a veces me desespera que no se ajusten a las expectativas de los tiempos que traigo en la cabeza.
Me gusta que me digan que no. Aunque me frustra. Y me gusta que me digan que sí, con el compromiso de entregarnos a la aventura.
Me gusta pastar en los parques como una oveja que no tiene reparo en detenerse a sentir la tierra.
Y me gusta moverme como un pez en la corriente del transporte público en esta gran urbe.
Me gustan los tiempos de silencio. Y los tiempos de la algarabía.
Me gusta prender una vela y rezar por mis muertos. Y rezar por mi propia incomprensión de la vida.
Me gusta hablarme despacito, aunque también más determinante para apresurarme con algo en lo que procrastiné.
Me gusta cuando me dicen que tengo alma de artista. Y que no tenga que justificar nada.
Me gusta la ligereza. Y me gusta el apego a las cosas bellas que he coleccionado de los viajes por el mundo que me tocó alguna vez descubrir.
Me gustan las piezas de los rompecabezas, aunque me impacienta armarlos.
Me gusta cuando mi sistema nervioso se regula en el abrazo de los que amo.
Me gusta dejarme caer en la confianza de quien me ama.
Ahora mismo, me gusta que no todo está resuelto, pero que aprendo con ilusión.
Me gustan las ilusiones que tengo. Las alas que se me han abierto y los cielos que me han mostrado para volar.
Me gusta tener la certeza de que soy amada y que nunca se deja el amor porque, como ya lo decía el buen Drexler: todo se transforma.
Me gusta que me equivoco y que a veces no hay explicación del por qué.
Cumplo años muy cerca del inicio de la primavera. Me gusta pensar siempre que es un inicio, aunque sé que los verdaderos inicios son procesos largos que a veces no tengo certeza de cuándo empecé.
Que mi cuerpo tenga una fecha para celebrar y para sentirse especial y abarcarlo todo en el calendario de mi mundo. Eso me gusta.
Me gustan los símbolos y los rituales.
Este año, el símbolo de mi cumpleaños fue el camino. Y mis rituales contaron con muchas flores.
No sabemos qué pasará en el futuro, pero sabemos que después de varios inviernos, despertamos hoy, en primavera, con fe.
