El ojo de Lya | La dualidad del sex0

Hace meses en un espacio de mujeres escuché: “el deseo sexual de la mujer es un tabú, incluso más que otros acontecimientos que nos atraviesan, como la menstruación o el derecho al aborto”, derivado de eso nos dejaron una actividad, pensar en cómo visualizamos nuestro deseo, lo cual no tenía una mínima idea. Pedí apoyo, precisamente con el hombre con el que desahogaba mi deseo, su respuesta fue que no entendía nada; quizá en su psique no conjugaron bien las palabras deseo sexual & mujer, reafirmando lo que se dijo en el taller.

Sin embargo, la tarea seguía pendiente y lo único que se me ocurrió fue plasmar mi propio camino de aprendizaje sexual:

Mi deseo es una dualidad que emerge del vértice de mi cuerpo.
De esa cavidad, pliegue de inflexión, rebeldía y placer.

Entonces contemplo mi deseo como una criatura de dos cabezas, que comparten el mismo apetito, pero que observan en polaridades opuestas.

Una de ellas, es el apetito sexual que disfruto en la solitaria compañía de mi cama, debajo de la frazada. Lo conocí cuando tenía dieciocho años, mientras leí un relato erótico.

Este primer deseo empezó a palpitar dando indicios de su existencia, como una cría de animal salvaje que berrea para que el mundo sepa que ha llegado a la vida.

Ese deseo es pequeño, su débil voz me susurra al oído cuando quiere salir, explorar y explotar. A veces quiere ser un desahogo rápido, otras, quiere que se le complazca en forma lenta y pausada y va mutando con calma hasta que se vuelve una monstruosidad sin cabida en mi cama.

Mi mano se vuelve ávida, con hambre de lumbre y placer. Guiada por la fuerza que dicta ese deseo, hasta que el placer desborda y la sensación es algo indecible para detallar en palabras.

Mi cuerpo se arquea, mi garganta gime y siento cómo mi corporalidad se vuelve una con la fuerza del universo. La satisfacción es sentir cómo mi útero vibra, late como un segundo corazón dentro de mí. Al final termino inerte, desnuda, agotada mientras el caos de mi deseo retorna a la calma.

Este deseo me pertenece sólo a mí, no lo he compartido nunca con nadie.

El otro rostro de mi deseo es el que conjugo con un hombre; asemeja a una cerradura, fría, rígida, hasta que alguien introduce la llave correcta. 

La llave del deseo-cerradura es una charla, aroma, la forma en que sonríe o, como me sucedió hace un año, la destreza de arreglar la cerradura que rompí al azotar la puerta.

Este deseo clama que toquen la superficie de mi cuerpo, el sentido de mi piel, hasta que el deseo de violencia irrumpe, disfruta en la frontera que une al dolor y el placer; termina deleitándome con ambas sensaciones.

Caí en cuenta que este deseo no me brinda demasía de placer físico, más bien emocional. El vaivén de mi cuerpo, mis senos a voluntad de la gravedad, las ondas de mi cabello agitándose, las manos de él sujetando mi cintura y me controlan al deseo de su placer.

El deseo-cerradura es un estructurado sistema para abrirse, se alimenta del aliento, saliva, rasguños, gemidos, besos, sudor.

Este deseo me atemoriza, en ocasiones ignora los límites de la moralidad y del “CÓMO-DEBE-SER” la expresión sexual de una mujer. 

En ocasiones lo escucho susurrarme: “put4” cuando estoy a merced del egoísta placer de un hombre, pero he aprendido a silenciarlo gimiendo con más fuerza. A pesar de que este deseo es compartido con un hombre y nunca he experimentado un orgasmo con ellos.

Mi gozo es apropiarme de sus sensaciones, perpetuarlas en mi palabra escrita.

Publicado por Liana Pacheco

Liliana Ruiz P. Escribe bajo el seudónimo de Liana Pacheco. Estudió licenciatura en Administración. Lectora ferviente que emprendió a escribir sus propias historias.

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