
Metamorfosis
Por Anyela Botina
Frente al espejo, veo reflejados los rostros de todas las que he sido. A veces, me cuesta encontrar a la que soy ahora. Quizás, porque estar aquí, frente a mí misma, exige una honestidad implacable. Me gustaría estar frente a la hoja en blanco, como estoy ahora frente al espejo, y escribir en ella siendo honesta, diciendo mi verdad, con todo lo que duele, avergüenza o culpa. Quizás eso signifique ser libre: decir la verdad.
Mamá solía decir que nací hablando, que siempre tuve demasiado que decir. Tanto, que debía callarme para que no la avergonzara en público. Pero, yo no conservo ningún recuerdo de esa época.
Lo que sí atesoro es la voz de mamá; siempre presente. La voz materna emana una vibración especial, un eco primigenio ligado a nuestro propio nombre. Ella decía que había nacido al mediodía, con todo el sol encima, y que mientras luchaba contra el dolor buscaba inútilmente una nube en el cielo.
“El día que naciste, el sol quería verte y despejó el cielo para ti”, decía.
Yo recuerdo que pasaba mucho tiempo en el patio buscando debajo de las macetas los caracoles que se pegaban a las paredes y jugando con los charcos que quedaban los días de lluvia. En ese patio descubrí que ser niña es herirse y desilusionarse mucho, y aun así seguir confiando.
La verdad debe tener un sonido, como lo tiene el nombre; la verdad debe tener una huella. La propia verdad debe ser muchos sonidos que bailan alrededor de una y que, de tanto escucharlos, te acostumbras, como el propio olor, como la intimidad.
¿Y mi propia verdad? La que no pertenece a los demás… No lo sé. Mamá tampoco lo sabía. Lo descubrí aquel día que llegué a casa llorando, después de enfrentarme a ti, de decirte que te fueras y no volvieras más, que yo nunca te había querido, que nos olvidaras, que no fueras tonto… que aquí nadie te extrañaría…
Las palabras se habían transformado en abismos, en cosas puestas al azar y no supe sostener mi corazón, se cayó a mis pies y sentí el dolor de ser incapaz de decir la verdad.
Te fuiste.
Mamá dijo que respirara hondo. Y cuando le pregunté por el dolor en el pecho, por la piedra que me asfixiaba, me respondió con incertidumbre: “No lo sé”.
Los días han pasado, y las palabras que salen de mi boca se desvanecen, como gotas que se secan antes de llegar a la tierra. Estar frente al espejo me devuelve a todas las palabras que fui, a todas las verdades que alguna vez pronuncié.
Siento mi boca endurecerse, fundirse con los huesos de mis pómulos. Y mi cabello… cada día más fino, más suave que parecen las plumas tiernas de un polluelo recién nacido.
Mamá pasa por aquí y dice: “De pronto, como de niña te llevabas jugando en ese patio, ahí te tragaste una piedra”. Y tal vez tenga razón. Tal vez… sea eso.
En la hoja en blanco, escribo las palabras que se me escapan de la boca, recogiéndolas una a una, como un ave que recupera el alpiste caído de su pico.
Y en lugar de decir amor, te extraño tanto y no te olvido, de mi garganta brota un silbido, un graznido que exhalo desde lo más profundo de mi pecho. Entonces soy libre para desplegar mis alas y elevarme sobre el patio de la casa, contemplándolo desde las alturas, entre las nubes. Vuelo hacia mis palabras, las que te llevaste tu, las que se llevaron otros, las que sepulte con piedras y barro, voy hacia el lugar donde está mi voz y anida mi verdad.
***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇
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