Escribiendo sobre lo que nació para ser escrito | Ecos de Risas: Recuerdos de un ángel.

Por Dayane Ortiz.

En esos días donde levantarte de la cama parece la tarea más difícil de toda tu vida, donde el agua no te refresca y donde la piel te duele hasta por el roce del viento, le escribí:

Querida, sé que desde que lo tienes contigo, eres más feliz. Estoy segura de que su compañía te alegra hasta el respirar y que verlo lanzar cosas hacia ti mientras estás entretenida realizando alguna tarea te hace sentir viva. Lo sé porque, desde que el universo lo llevó contigo, mi alma extraña cada parte de eso; extraña sentirse tan viva. Desde que el universo lo puso en tu camino, te pienso a diario y en ninguno de esos pensamientos te entiendo. Discúlpame si te parezco una mujer caprichosa y tal vez una grosera desmedida, pero permíteme contarte una historia, una que tal vez me permita ser comprendida por ti, una que me permita ser leída por él, como siempre lo ha hecho.

Eran las 3:00 a.m. de qué día no sé y por qué motivo tampoco lo sé, cuando, mientras papá conducía al mismo destino de siempre a una velocidad indescriptible y mientras mis ojos se perdían entre las luces de los carros y el agua que escurría de ellos me inundaba las mejillas. Recordé aquella noche en Banderilla; ya era tarde, tan tarde que la luna ya salía, las nubes habían decidido cubrir el pueblo hasta el último rincón de su tierra, y hacía uno de esos fríos que acostumbran teñirte la nariz de rojo y congelarte las manos hasta ya no sentirlas más.

Y aunque tal vez lo que pareciera más notable de esta historia es que a la orilla de unas vías del tren se podían observar salir de entre las nubes unos faros blancos, bien penetrantes a los ojos de quien se les cruzara enfrente, no quiero hablarte de ellos. Quiero platicarte que lo que le da vida a mi historia son los sonidos; sonidos que quedaron impregnados en aquellas nubes, en mi memoria y hoy en mis letras. Ese sonido tan penetrante del que te hablo consistía en dos risas muy ruidosas; una tenía la ternura angelical de una niña de quince años al volante de una camioneta Chevrolet roja, tal vez más vieja que el mismo tiempo y más ruidosa que el mismo ruido. La otra era una risa fuerte, más grave, que se entrecortaba por la falta de aire debido a su intensidad. La niña con la cara más pálida de lo normal y los brazos más lánguidos que fideos llevaba una mano en la palanca y la otra en el volante; unas chanclas dejaban ver sus dedos y sus ojos estaban bien puestos enfrente. El hombre, sin transmitir ningún tipo de premura o estrés, recargaba un brazo en el cristal y el otro en el asiento que los dividía mientras repetía: “Si tú tienes miedo, me vas a pegar tu miedo; maneja como si toda tu vida lo hubieras hecho; maneja como si estuvieras escribiendo”. Ante aquel cumplido y después de esa muestra de confianza, ella sonrió ligeramente y, como por poder divino, la camioneta avanzó lentamente. Aquél hombre soltó un grito de alegría, uno que la asustó y la obligó a levantar el pie del clutch; la camioneta se apagó. Ante la mirada de vergüenza de ella y su clara falta de experiencia al volante, él decidió sonreír y hacer una broma; una broma que los hizo reír como locos, una broma que mezcló sus risas. Las carcajadas de aquellos seres no les permitían vivir algo más y el motor de la camioneta les pedía avanzar; avanzar tanto como si necesitaran vivir a prisa, como si tuvieran toda la vida para verse.

¿Has escuchado que las primeras veces no se olvidan? Pues esta es una mía: esta es mi primera vez al volante y resulta que esa niña lánguida y nerviosa era yo; ese hombre sereno y creyente en mí era mi tío, querida muerte.

Un recuerdo que me enterraste a cincuenta metros bajo tierra y uno que día con día quiero seguir desenterrando.

Hace poco alguien me preguntó por qué no escribía sobre ti, por qué no escribía sobre la muerte. Intenté por días escribirte pero mis letras eran vacías; sabía que no me habías de leer pues aquellas letras tan huecas que te estaba dedicando no transmitían nada. Pero hoy sé que no solo me lees; sé que también me sientes y sé que el ángel que tienes a tu lado te hará entender que el destino de mis letras siempre será ser leídas para quienes fueron escritas, así como siempre me lo dijo.

El reloj marcó las 11:50 p.m. y me habías arrebatado a mi compañero de aventuras, a mi cómplice de viajes y a un hombre valiente; uno que hasta el último día de su vida nos sacó una sonrisa. Y como buena escritora, déjame contarte un poquito sobre quién es aquel hombre que tienes hoy a tu lado; sé que a él le encantaría que yo te lo describiera.

David Vásquez Callejas nació un 10 de mayo de 1992 en Xalapa, Veracruz, o como él le decía: en la ciudad de las flores. Creció junto a sus dos padres y sus cuatro hermanos; una de ellas no era tanto su hermana sino su segunda mamá; así que corrijo: creció junto a sus tres padres. Fue padre de una maravillosa niña y un jefe de familia excelente. Toda su vida se dedicó a ayudar a la gente y a ser feliz; buscaba dar un poco de lo que tenía a cualquiera que lo rodeara sin excepción.

David era una luz para aquel que lo tuviera enfrente. David era un ángel bajado del cielo a la tierra. David era el mejor amigo que podías pedir. David era el mejor mecánico, vendedor, carpintero y plomero que pudieras conocer. David fue un gran hijo, un gran hermano, un gran padre, un gran esposo, un gran cuñado; fue una gran persona pero sobre todo: David eres el mejor tío que el universo me pudo poner enfrente.

Sé que el universo nos va a poner enfrente de nuevo y ahí voy a poder contarle lo que viví en su ausencia; sé que voy a poder volverme a recostar en su panza para escuchar música y hablarle sobre un texto que probablemente no voy a escribir pero sobre todo sé que voy a llevarlo a mi lado por el resto de mi vida. Por lo mientras disfruta de su compañía; disfruta de las risas que te va a sacar, de las cosas que te va a enseñar y de lo feliz que te hará. Que yo me quedo en la tierra para ir contando por sus rincones quién fue él y lo maravilloso que era.

A manera de favor y como última petición: hazlo acordar de su piolín; permítele acordarse de DAyis; permítele acordarse de mí.

Y es que al fin y al cabo siempre tendremos toda la vida para mirarnos.

En memoria de David Vásquez Callejas

10/Mayo/1992-20 /Marzo/2024

Dayane Ortiz

Hola, me da mucho gusto que mis letras hayan llegado a ti. Soy Dayane, pero, me gusta que me digan DAyis, tengo 20 años y soy una
estudiante de medicina, aficionada con la luna y amante de las letras, pero sobre todo soy una mujer valiente, fuerte y resiliente.
Gracias por leerme, mi querido lector.

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