Por Ángeles Serna
Recuerdo con nostalgia momentos que nunca viví. A veces, mis temas de conversación giran en torno a sucesos en los que no estuve presente, descripciones de personas a quienes no conocí y muestro fotografías que no tomé. No pensaba nombrar ese sentimiento como nostalgia, porque la definición más directa y sin tantas tonalidades es “el recuerdo de una pérdida”. Eso significa que en el pasado algo fue mío y, ahora, en el presente ya no lo es más.
Esos momentos de los que hablo; no fueron míos ni yo de ellos, porque el único contacto que tengo es por medio de fotografías que resguardan parte de la memoria de un lugar, un lugar que se transformó con el paso del tiempo. Hasta puedo decir que me parece más familiar esa calle que veo en las imágenes de los libros, que transitar por ella. Durante estos meses, he leído sobre la presencia del teatro en Nuevo León. Mi punto de partida es la inauguración del Teatro el Progreso, el 8 de septiembre de 1857.
Fue aquí donde la puesta en escena comenzó a cambiar porque ya había un espacio físico en donde presentar las obras. Algunos historiadores y críticos mencionan que la sociedad neolonesa busca el espectáculo. Incluso, desde mucho antes de la consolidación del Estado. Luis Martín menciona en su libro El Teatro del Progreso, 1857-1896: Esplendor cultural en Monterrey, que este interés particular por la escena y el espectáculo se vio reflejado desde cuando Nuevo León, Tamaulipas, Coahuila y parte de Texas todavía se les llamaba las Provincias Internas de Oriente.
Estas puestas en escena, se presentaban en casas particulares y patios residenciales, abordando el tema sobre el nacimiento de Cristo. Sin embargo, con la construcción del Teatro el Progreso comienza una etapa de crecimiento cultural, debido a que las compañías teatrales les interesaba presentarse en él, como también detonó el nacimiento de más compañías y artistas a nivel local.
Cuando se habla del teatro en Nuevo León es inevitable no abordar la manera en cómo terminaron, ya que varios teatros que fueron construidos a lo largo de los siglos XIX y XX sufrieron incendios. Son pocas las imágenes que he visto de estos sucesos, pero imagino el simbolismo que fue para las personas de esa época. Ver en ruinas un espacio donde la convivencia era distinta, ver acciones vivas y ser parte de ellas. Al menos así lo explica Rosalina Perales a través de los textos de Enrique Buenaventura, quien señala que “es el momento efímero en el cual se produce una relación entre actores y espectadores”.
Ese diálogo entre el espectador y la obra que muchas veces pasa por implícito, cuando de verdad es la convivencia humana, porque se escuchan los diferentes tonos de voces de actores y actrices, se aprecia el movimiento y se está atento a la historia que están contando. Bajo este panorama, a lo largo de mis lecturas encontré fotografías que enmarcan el recorrido de la actividad teatral en Nuevo León.
Una de las imágenes que más llamó mi atención fue la del vestíbulo del Teatro Independencia. En ella se ve el techo alto adornado con molduras alrededor de los bordes y detalles con relieve en el centro. También tiene una serie de arcos que dividen el espacio y cada uno de ellos está decorado con las mismas molduras. Las puertas son de madera y –al menos lo que alcanzo a ver en la imagen– tienen vitrales incrustados. Imagino ese lugar lleno de personas esperando a entrar a sala, el sonido de los tacones de las mujeres, las pláticas entre los acompañantes, el sonido de la madera de las puertas, esa emoción que se tiene por escoger el asiento y que comience la obra.

Ir al teatro como espectador va mucho más allá de la observación. Es ser parte de una dinámica en la que participa un grupo de personas que busca adentrarse en una historia. Es una experiencia sensorial, donde se tratan de integrar los sentidos. Recorro mis recuerdos de las verdaderas visitas al teatro que he tenido a lo largo de los años y encuentro experiencias únicas, desde cuando mis papás me llevaban a ver las obras de temporada, hasta mis idas al teatro sola.
Creo que el sentimiento que describo al inicio, lo encuentro en un vaivén entre el deseo y la nostalgia. El deseo de ir a presenciar una obra de Virginia Fábregas como La enemiga de Darío Nicodemi o Marianela de Benito Pérez Galdós. Y, la nostalgia de ver las fotografías, leer los textos y saber que esa parte de mi memoria está construida por imágenes y experiencias de otras personas. Un poco como menciona Walter Benjamin “La naturaleza que habla a la cámara es distinta a la que habla a los ojos”.

Sé que esto lo podría decir de cualquier otro lugar, como que nadie en la actualidad alcanzó a visitar la Biblioteca de Alejandría o a leer algunos manuscritos mayas, pero creo que la presencia de varios teatros en un espacio como lo es Nuevo León, afecta y, al mismo tiempo, enmarca parte de las identidades que se construyen en este lugar. Dar una mirada al pasado y observar cómo se transforma la ciudad que habitamos.
Revisar algunos registros de archivo y memoria del teatro, no solo guardan la actividad cultural del estado, sino también parte de las identidades de los ciudadanos. Tal vez sí tenga un poco de nostalgia por la historia del estado; tal vez con la Historia quiero explicar cosas del presente como las diferentes identidades, algunos temas de clase social o la misma división entre los municipios; o, tal vez solo es curiosidad.
Al final, como en la mayoría de los aspectos que construyen a una comunidad, se debe de tener el archivo, como en este caso que he tomado las fotografías para alimentar ese vaivén entre el deseo y la nostalgia. El registro de la escena y el recuerdo de la misma es la traducción entre el lenguaje de las sociedades del pasado y del presente. Son realidades que dialogan entre ellas a través de la memoria del archivo. Tal vez, al recordar y resignificar estos lugares y momentos, podamos reconocernos desde las distintas identidades.

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Ángeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.
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