No sobra el tiempo. Cuando era pequeña la sensación del paso de los días era muy distinta, pasaba como sin tener realmente un significado, era algo a lo que difícilmente le podía adherir un nombre, una sensación.
Conforme vamos creciendo y madurando la vida es otra, se vuelve a la fragilidad del inicio, todo está como en el aire: la incertidumbre aparece. En los años de la infancia el tiempo es el espacio entre un descubrimiento y otro; en la juventud entre un gozo y otro; en la edad madura entre un dolor y otro.
Hoy al despertar he notado que la rodilla no está (o parece no estar), más bien el dolor insistente por fin se ha retirado un poco, me da oportunidad de estirarme placenteramente sin dificultad. Sin embargo vuelve luego, quizás otro día cuando camino por el parque o cuando voy hacia el trabajo. Así pasan los lapsos de la jornada, de los días. Voy aprendiendo que unos son más largos que otros.
En el transcurso de mi vida universitaria tuve la sensación de que todo estaba detenido, que esos cuatro primeros años fueron como diez, que la vida pasaba y yo era una espectadora frente a un gran paisaje del cual no conocía su significado, no tenía las herramientas necesarias para descifrarlo. Mi existencia era borrosa como los árboles que aparecen en la montaña después de que la niebla se ha agotado, esa niebla que se cansa de tanto pasar, de tanta humedad y elevación.
Luego llegaron los años de la vida laboral, entre hacer una y mil cosas, dividir el día para sacar las cuentas, mirar con perplejidad una larga lista de deudas, gastos, deseos. Había que subir a la balanza: vivir mejor, más tranquila o hacerme de más cosas, más bienes materiales, más experiencias únicas. A veces tenemos el momento para todo, a veces solamente para tratar de sobrellevar la vida, disfrutar de lo cercano, de lo necesario.
Ahora veo el incomparable valor del tiempo, que en realidad quiero llamar la vida que me queda. ¿Cómo voy a distribuir esas preciosas horas, en qué voy a ocupar mi mente, mi cuerpo, la fuerza que resta?
Hice un viaje por carretera, no quise conducir, así que tomé un autobús para un trayecto de dos horas. Llevaba conmigo un libro, lo hago a menudo, llevar libros en la bolsa, en el bolso de viaje, en la mochila. A veces no los leo, apenas los reviso y con eso me basta, con algunos me conformo con poco. Ahora impulsada por tantos maratones de lectura que se hacen los fines de año, por ejemplo el Guadalupe/reyes o reinas, según sea la lista de títulos pendientes, saqué el ejemplar que tenía en mi bolsa de mano: Casi un objeto de Saramago, leí con hambre, con el mismo impulso del vehículo sobre la gran carretera, el trayecto se me hizo corto, el tiempo no lo sentí, pero sé que hubo justicia por cada minuto tomado, vivido.
Fue en ese momento que tomé la decisión de seguir por lo que me gusta, pero un poco más y mucho mejor. Estar en donde me necesitan y para las personas que más me necesitan. Escribir más, escribir mejor, que eso siempre se agradece. Tener conciencia de mi tiempo, de lo que me rodea, tratar de inspirar, comunicar de forma adecuada, tener una postura frente a lo que sucede, cambiar de parecer de vez en cuando, tener buenos argumentos. Me dice mamá que siga estudiando siempre, que el poco tiempo que me queda libre, ella sabe lo difícil que se ha tornado la vida, lo destine a aprender más, aprender bien lo que me gusta.
Vuelvo al libro, a los libros en general y a mis lecturas en particular, a esa de la que les cuento, terminé de leer a Saramago como termina una fiesta imperdible, un día de descanso. Me quedo con lo mucho que lo disfruté, con lo que aprendí, con la inteligencia con que el escritor portugués describe su momento y su mundo, su entorno, la vida de su país, sus personajes, pero no de una manera lineal, más bien con los ojos del que ha descubierto que en los objetos simples como una silla también pueden esconderse las grandes metáforas.
Miremos detenidamente, obliguemos a nuestra pluma, a nuestro lenguaje a salir de la luz, hay que ir de vez en cuando a esos sitios de claroscuros, hay que deambular, divagar de vez en cuando; lo que ya no quiero y no puedo hacer es tener la idea de que hay mucho tiempo, como si fuera agua de mar, atmósfera, estrellas.
Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

