Por Natalia Mendoza Servín

Imagen recuperada de: https://www.freepik.es/fotos-premium/dia-internacional-mujer-mujeres-diversas-que-unen-solidaridad-apoyo_46796781.htm
En una cena de aproximadamente unas veinte personas se abrió un espacio para hablar de amor y desamor. Particularmente, del segundo tema (tengo la teoría de que a partir de los 30 muchas cosas se rompen, y esa era la edad promedio de dicha gente). La mayoría de las historias, muy trágicas. Llenas de personas sin responsabilidad afectiva que van dejando cadáveres amorosos a su paso, pero ese no es el punto a tratar. Entre las historias, destacó la que contó una persona a la que aleatoriamente llamaré Ana.
El gran amor de Ana fue un chico alemán al que tuvo que dejar porque en ese momento, su prioridad era la salud de su hermana. No hubo traición, ni defectos humanos que marchitaran ese amor, solo condiciones que terminaron por separar a ambas personas, y ella tuvo que aceptar que, aunque su relación había sido maravillosa, debía finalizar y vivir su duelo. Se bloquearon, nunca más volvieron a saber uno del otro, pero donde quiera que estuvieran, se amaban.
El relato de Ana, podría sonar a una historia de amor perfecta que no pudo ser, incluso, suena a muchas historias de novelas, películas o cualquier otra expresión de la cultura popular excepto por una cuestión: Ana no es una mujer hegemónica. En una historia como la relatada, nuestra primera imagen mental de la protagonista es la de una mujer alta, blanca, delgada, de rasgos finos, adinerada. ¡Y es que solo alguien así podría merecer un amor tan profundo! Eso nos grita la cultura. Si volvemos a leer la historia y pensamos en los protagonistas, seguro pensaremos en personas con esas características. Pero Ana no es así. Ella es justo lo contrario a la descripción escrita líneas arriba.
Después de un rato, Ana tuvo que retirarse. Y cuando eso ocurrió, la mesa dio un giro muy desafortunado. Entre risas y burlas todo mundo manifestó que la historia de Ana era falsa. Una persona incluso manifestó: yo sí le creí, pero el hecho de que sea alemán, no lo hace guapo, y seguro, no lo era.
Otra persona mencionó: ahora resulta que cuidarse no sirve de nada, porque las personas atractivas ya no lo somos tanto. Incluso, hubo una persona que no se aguantó y estando Ana contando la historia interrumpió para preguntar si verdaderamente el chico era guapo. Y la hermana de Ana tuvo que confirmar que lo era.
El simple hecho de que Ana no tuviera una figura hegemónica, la transformó en mentirosa a los ojos de los presentes. Ello era una prueba irrefutable para la mayoría de la mesa, ¿cómo una persona con esas características pudo ser seleccionada por un alemán y además, tener una historia divina? Eso era imposible, inverosímil. ¡A engañar a otro lado!
Lo cierto es que la historia de Ana, era el relato de una relación sana, que como todo en esta vida, termina. Independientemente de cómo eran las personas del relato, Ana tal vez sabía algo que la mesa hegemónica de amoríos trágicos no sabía: ella merece todo lo bueno y no menos.
Mereces amor. Sea quien sea que lea esto. Y también es importante que la mente colectiva sepamos que sin importar como seamos, merecemos amor. Las diferencias entre los seres humanos ya generan dolorosas discriminaciones como para todavía darles la carga social de que por ciertos azares de la vida, tampoco merecen ser amados.

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

Estoy de acuerdo, creo que una persona se enamora de otra por la personalidad.
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