Por Tania Farias
En toda historia de héroes existe ese personaje que aparece en la vida del protagonista en un momento crítico para darle, o mostrarle, las herramientas que necesitará para cumplir su misión. Este personaje, en muchas ocasiones, se quedará con nuestro héroe por un largo recorrido; en otras, lo acompañará solo por esos momentos más escabrosos y después se despedirá pues su tarea se ha cumplido. Este personaje es un mentor que en los cuentos de princesas es conocido como el hada madrina.
Aunque mi historia no sea una de héroes, ni de hadas madrinas, para mi fortuna, hubo un personaje que apareció muy pronto en mi camino durante esa mi primera experiencia lejos de casa.
Una de las cosas más difíciles de vivir en otro país, con una lengua diferente a tu lengua materna, es precisamente el lograr socializar. En mi caso, a parte de las limitadas conversaciones que tenía con los integrantes de la familia A, pasaba mis días sin tener interacciones sociales. Pronto, empecé a sentir una sensación de soledad, y con ella llegó la depresión. Iba y venía por el pueblo sin hablar con nadie. Me sentía invisible, nadie me miraba y cuando lo hacían, era con un dejo de extrañeza: era diferente. En esos momentos mis únicos aliados eran los libros, en los cuales me sumergía cada anochecer, buscando evadirme hacia otros mundos lejos de la realidad que me rodeaba.
Todas las tardes, antes de las cuatro, llegaba a las inmediaciones de la escuela primaria del pueblo, buscaba un rincón y allí me quedaba esperando a que salieran los niños. Desde ese espacio observaba como poco a poco las mamás, en su mayoría, comenzaban a llegar. Pronto se formaban diferentes grupos y las conversaciones se entablaban a la espera de la campanada anunciando el final de la jornada escolar. Como yo, había otra chica que también llegaba temprano y esperaba la salida de los niños sentada sobre una barda. Además de su edad, también compartíamos el hecho de lucir diferentes a la mayoría de los habitantes del pueblo. Por sus rasgos físicos y el color de su piel me atrevería a decir que tenía ascendía India o pakistaní. Muchas veces tuve el deseo de acercarme a ella e iniciar una conversación, pero su actitud, siempre con audífonos y los brazos cruzados, además de mí muy bajo nivel de francés, no me dejaron hacerlo. Coincidí con ella en el mismo sitio durante ocho meses y nunca intercambiamos ni siquiera una mirada.
A la salida de la escuela también había un hombre mayor de cincuenta años, bajito, delgado y correoso quien dirigía el tráfico, el cual aumentaba significativamente a esa hora, pues era la única escuela primaria en el pueblo y otras comunidades aledañas.
Unos de esos días en que había llegado temprano y me encontraba sumida en la melancolía, añorando a mis amigos a miles de kilómetros, el señor del tráfico se me acercó. Con un amplía y sincera sonrisa se presentó en un perfecto español. Me dijo que trabajaba para el ayuntamiento y me había estado observando en las últimas semanas.
—Te ves muy triste —me dijo —.
Le devolví la sonrisa sin saber qué responder.
—No es muy fácil hacer amigos aquí.
—No, no lo es —le respondí contenta de poder escuchar mi idioma y hablar por fin con alguien.
En los pocos minutos antes de que el tráfico comenzara a formarse y que él tuviera que volver a su labor, me dijo que todos en el pueblo lo conocían como Titi. Consciente de mi sorpresa por su tan buen español, agregó que estaba casado, desde hacía muchos años, con una española que como él también trabajaba para el ayuntamiento; su esposa ayudaba, entre otras cosas, a hacer el aseo en la escuela.
Titi no conocía mi nombre pero sí sabía que era mexicana.
—Las noticias corren rápido en un pueblo como este —me dijo guiñandome el ojo.
A partir de ese día, todas las tardes en que llegaba a recoger a los niños, ya no me quedaba triste en mi rincón, sino que intercambiaba impresiones con Titi; y cuando lo cruzaba en el pueblo, su saludo y conversación amena me hacían sentir que existía, que no era invisible.
A los pocos días de haber conocido a Titi, también conocí a su esposa, María, una valenciana que siempre tenía una palabra dulce para mí y una sonrisa alegre. Además, ella me mostró un poco de su propia cultura (en su casa disfruté de una de las mejores paellas que jamás he probado), y me enseñó cosas de la cultura que había adoptado por matrimonio: María fue quien me dio los primeros consejos de cómo preparar una deliciosa ratatouille.
Quizás porque sus hijos ya habían volado del nido familiar para vivir su propias aventuras o quizás, solo porque eran personas nobles, pero Titi y María fueron unos protectores, mis mentores para mejor navegar por esa cultura ajena que se mostraba ante mis ojos de manera abrupta; fueron como unos hados madrinos en ese periodo de vida.
Durante los meses que estuve en la región, Titi y Maria estuvieron al pendiente de mí y me abrieron las puertas de su hogar sin recelos. Los fines de semana, cuando deseaba escaparme de la rutina y de la presión que sentía al estar con la familia A, emprendía el camino hacia su hogar, un lugar que, además, era idílico: una casa de tamaño mediano, de una planta a las afueras del pueblo, de paredes amarillas en medio de un gran terreno, con hortalizas, árboles frutales y flores de diferentes tipos y colores. El terreno se extendía hasta las orillas del río Gard que pasaba a unos metros, solo bajando unas escalinatas. Estar allí era un recinto de paz y cariño. Estar allí era volver a hablar mi idioma, sentirme querida y comprendida.
Sin duda, yo no era una heroína enfrentando monstruos, ni brujas, pero sí era una persona joven y asustada frente a ciertas dificultades. Tuve la fortuna de tener en ese momento de mi vida a unos mentores que supieron mostrarme que a pesar de estar tan lejos de casa, no estaba sola y que era capaz de seguir adelante aún cuando a veces parecía tan complicado.
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