Crecí en el campo, todavía tengo en mi memoria los días de sol, las interminables tardes, el crepúsculo que era el mejor espectáculo del verano, el cielo despejado y las luces naranjas y rojas que se extendían con toda su fuerza sobre un lienzo azulísimo.
Cuando llegué a la ciudad mi horizonte cambió, el real y el metafórico, de pronto a la misma hora, subía a la azotea para contemplar el cuadro, pero todo era distinto, los edificios proyectaban largas sombras sobre las hileras de casas, las aceras estaban atestadas de gente, las calles con autos dirigiéndose hacia todas las direcciones posibles, aplastaban mi felicidad.
En mi existencia, se difuminaba lentamente la idea de la tierra apretada, los días extremadamente calurosos, las noches de lluvia interminable, el matiz de las cebollas.
Ahora con el paso de los años, anhelo volver a andar entre las frondas, mirar los parajes donde los pinos crecen a su máxima capacidad, gigantes y de un verde profundo, por las noches parecen mecerse con el viento de mi pueblo. El canto de los grillos renace, lo entiendo, ese idioma de lo oscuro.
Irse es difícil, porque partir es guardar en un lugar todo lo que se ama, los momentos, la gente, innumerables días y sus noches de fiesta, de dolor, de vida. Tomar una caja tras otra, vaciar en su interior las intenciones, los sueños, el deseo del descanso.
Encontrar de nuevo la paz donde antes la vi dibujarse en el agua quieta de una laguna, pero no sé si permanece en el lugar o si la tengo conmigo; la incertidumbre se apodera de mí, es mi madreselva.
Lo desconocido es abrir los ojos, justo en medio del bosque, ir a tientas.
Tener la fuerza y decidir, quizá me tome otros treinta años o solamente estaré soñando, dando vueltas eternamente por la pérgola de la infancia, en mi bici roja y me quedaré con una tristeza vacía, una melancolía que no tiene nombre y que a nada se parece, algo que no puedo comparar, que no se ha podido advertir a la distancia o justo en mi rostro.
Dejar lo que conozco y estremecer al mundo desde otra parte, mirarlo por una nueva ventana, más alta, más luminosa.
Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.


