El ojo de Lya | Reconciliación del silencio

Por: Liana Pacheco

En enero del año 2022 me fui a vivir a la ciudad de México más como berrinche aspiracional que como un plan estructurado. A veces justifico esta decisión en anhelo de madurez para ocultar que en realidad estaba aburrida de la rutina que había construido a mis treinta y cinco años. Los primeros cinco meses compartí esa estancia con mi hermana menor, que fue a hacer prácticas profesionales. Después de ese tiempo, por primera vez en mi vida, me enfrente a la realidad de vivir sola.

Como todo cambio, inicialmente la expectativa era emocionante. Lugares a visitar, personas que conocer, qué vivencias encontraría en las calles de esa ciudad qué tanto me excitaba. Sin embargo, la realidad nunca ocurre del modo que nuestra imaginaria planeó. No fue mala, ni tan satisfactoria como hubiera querido. Alguien me dijo: «La vida es un equilibrio entre días malos, buenos y grises». Aplica igual para las personas.

La cuestión es que mi estancia en esa ciudad se resumía en acudir a una oficina, perderme en el laberinto estructurado de las rutas del transporte público, a veces adrede otras no. Pero “extraviarme ayudó a conocer nuevos lugares”, esta es otra frase de justificación que esconde mi torpeza para deambular ahí. Sin embargo, al llegar a mi habitación y cerrar la puerta, dejando fuera los ruidos de la ciudad, empecé a conectar con el silencio. Aquello se sintió igual a conocer a un familiar cercano qué toda su vida ha estado de viaje. En mi casa familiar, las voces y ruidos saturaban la mayor parte de las horas del día.

Lamentablemente para mí, el goce de esa desconocida quietud fue breve. Al inicio: cómodo, cálido, pero conforme la noche avanzaba, aquel silencio se volvía pesado, como si una gruesa manta se desplegara de la pared asfixiando con lentitud mi cuerpo. Era miedo, mi corazón palpitando en un miedo desconocido e indecible para expresarlo en palabras. A pesar de que no era un silencio absoluto, ya que alcanzaba a escuchar autos, ambulancias y voces que circulaban en madrugada.

Recuerdo la mezcolanza del silencio indecible y el miedo, ambos entramando pensamientos, algunos catastróficos, otros menos románticos, que inmovilizaban mi cuerpo hasta quedarme dormida. La mayoría de las veces combatía ese silencio con el volumen del celular, aunque mis ojos no estuvieran frente a la pantalla, el teléfono se mantenía encendido. Mi modo de cauterizar a ese silencio que me acechaba.

A mitad del 2023, mi estancia en la ciudad llegó a su final, algo que sucedió un poco antes de lo que tenía planeado. Cuando volví, por primera vez, disfruté los sonidos y ruidos de mi casa, aunque a veces recordaba esa atemorizante sensación. Semanas después de mi regreso, acudí a una sesión de «Baño de bosque», inducida por la escasa información de que estos tenían efectos curativos, en parte, así fue. Rodeada de árboles con espesas copas y con un fragmento de cielo y luz filtrándose entre estas, experimenté otro tipo de silencio.

“Abrazar un árbol conmueve las emociones”. “En el ambiente del bosque hay esporas con efectos curativos para el cuerpo humano”. “El bosque es autosustentable, no necesita nada de nosotros, ni la cáscara de fruta que creemos le sirve”. Son las frases que conservo de esa experiencia, una muy grata que me hizo reconciliarme con el silencio. Después de todo el silencio permanece, aunque la mayor parte del tiempo pasa desapercibido oculto entre el ruido.

No deseaba culminar este texto con Silencio, y reflexioné sobre los distintos rostros que asume durante nuestro transitar en la vida:

El silencio que lee. El silencio que escribe.

Silencio al amar. Silencio de la incertidumbre del sueño.

Silencio del llanto. El silencio involuntario.

Silencio del duelo. Silencio de protesta. Silencio que agoniza.

Silencio de muerte. Silencio del dolor. Silencio en el tiempo.

Publicado por Liana Pacheco

Liliana Ruiz P. Escribe bajo el seudónimo de Liana Pacheco. Estudió licenciatura en Administración. Lectora ferviente que emprendió a escribir sus propias historias.

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