Por Selvia V. Kotasek
Es como un duelo, donde nos perdimos a nosotras mismas y tiene sus tiempos complejos, sus oleadas de tristeza y furia, la imposibilidad de predecirlo, aunque también sabemos que con el tiempo duele menos, a veces deja de doler, a veces muta a la pura rabia, a veces podemos contarlo y sentirnos liberadas, después podemos simplemente brillar, florecer; ser sin partir de ahí o tenerlo cerca; o no. Cada una lo vive y los sobrevive como puede, o no.
Mar Guerrera1
El pasado noviembre, Karla Souza, actriz y productora mexicana, recibió dos premios Emmy por la película “La Caída”: uno por Mejor película para televisión y otro por Mejor actriz. La cinta, que fue dirigida por Lucía Puenzo; producida y protagonizada por Souza y escrita por Mónica Herrera, Samara Ibrahim, Tatiana Merenuk, María Renée Prudencio y Lucía Puenzo, retrata la experiencia de una clavadista en torno a los abusos psicológicos, físicos, emocionales y sexuales que ejerce su entrenador.
La cinta está inspirada en hechos reales, acontecimientos específicos que sucedieron en el deporte mexicano en el marco de los juegos olímpicos del 2000 y que fueron denunciados por la atleta Azul Almazán obteniendo censura y revictimización como respuesta por parte de las autoridades deportivas. Asimismo, la experiencia de la propia Karla Souza fue inspiración para realizar la película, pues en 2018 denunció haber sido víctima de abuso sexual por parte de un director mexicano y la respuesta que obtuvo fue la misma que Azul: censura y revictimización por parte de medios de comunicación.
Los hechos reales que inspiran esta cinta no sólo son las historias de Karla y Azul, son las de muchas mujeres mexicanas; la mayoría, según las estadísticas. Este desafortunado hecho es el que nos permite conectar con la película, porque aunque no seamos atletas de alto rendimiento o actrices famosas, podemos reconocernos en las experiencias contadas. Y esto sucede porque la película no sólo relata los abusos mismos, sino todo aquello que los permite: el silencio, la censura, la revictimización, el poder y la complicidad.
La conexión con la cinta también es posible por la intención que tuvo el equipo de creadoras por contar la historia desde la experiencia de las mujeres. De esta manera, nos acercan a la preocupación y amor de una madre, a la represión de los recuerdos de la protagonista y a la vulnerabilidad de la más reciente víctima del abusador. El centro son las emociones y vivencias de ellas, quienes responden desde herramientas y recursos propios ante la violencia sufrida. En la historia podemos ver distintos modos de afrontamiento, como la represión y la negación, sin embargo, estos son plasmados sin juicio y sin insinuar que estas son respuestas innatas, esperadas o las únicas válidas, pues contextualizan lo suficiente para comprender por qué las protagonistas recurren a ellas. Así, sin decirlo explícitamente, la película valida cada una de estas respuestas, reconociendo que todas tenemos diferentes formas de afrontar situaciones violentas. El guion, además, está cuidadosamente construido para no caer en la revictimización y la ejecución evita generar morbo, no lo necesita.
Lo anterior no significa que la historia exente al abusador, si bien no es necesario darle tanta exposición a un hombre que en realidad puede ser cualquiera, sí brinda el suficiente espacio para visibilizar los mecanismos que él y muchos de los abusadores, si no es que todos, utilizan: la manipulación, el abuso de poder, la complicidad con otros. No vemos una historia que se centre en ellos y mucho menos que los justifique, pero sí señala y denuncia cómo esos mecanismos están construidos y protegidos socialmente, en este caso en el ámbito deportivo, pero que sabemos que en otros espacios operan más o menos de la misma manera para asegurar la impunidad de los perpetradores.
Y aquí me detengo en otro de esos mecanismos plasmados en la cinta: el “bien mayor”. Todas aquellas razones que se les imponen a las mujeres para no denunciar: la carrera deportiva, la estabilidad familiar, el empleo del abusador, su reputación; todo parece ser más importante que el bienestar de las víctimas, la obtención de justicia, la reparación del daño y el aseguramiento de la no repetición. Con frases como: “piensa en su familia” o “no pongas en riesgo tu carrera” se generan discursos que depositan la responsabilidad en las mujeres y que, muchas veces, no se quedan únicamente en palabras, sino que se transforman en acciones reales, tales como la exclusión de su familia, la terminación de contratos laborales, y por supuesto, las consecuencias físicas y emocionales que conlleva asumirse como la culpable de la situación.
La película es capaz de mostrarnos la sutil pero agresiva forma en la que opera este sistema, como una sombra que acecha a las mujeres y protege a los perpetradores. Sombra que sobresale de la pantalla a través del recuerdo de aquellas ocasiones donde nosotras fuimos las presas.
Así, podemos ver que la ficción es, desafortunadamente, la experiencia de muchas. Y aunque a veces pareciera que como sociedad se ha avanzado lo suficiente para generar condiciones más seguras para nosotras, la realidad es que denunciar todavía genera consecuencias para quienes deciden hacerlo, debido a que sus valientes voces son capaces de tambalear a todo ese sistema que encubre y mantiene el abuso, y por lo tanto, el poder.
No hay muestra más obvia de ello que las dificultades a las que se enfrentó Karla Souza para realizar la película, con múltiples rechazos, falta de presupuesto y de voluntad para contar una historia como esta; así como las reacciones que generó. Sin embargo, en mi opinión, esta es una de las grandes razones que hacen a esta obra una insurrección: su capacidad para incomodar a quien debe incomodar, a ellos. A los cúmulos de poder que sostienen sus instituciones con base en nuestro dolor. A quienes tocan y mallugan nuestro cuerpo y nuestra dignidad. A quienes no abusan sexualmente, pero sí se benefician de ello. A quienes con silencio e indiferencia siguen permitiendo que los abusadores sigan en el deporte, en el cine, en la calle, en los trabajos, en nuestra mesa…
Con La Caída se incomoda quien se merecer ser incomodado.
Y qué bueno. Porque estamos hartas de retratos morbosos y justificadores de los abusadores. Es tiempo de que seamos nosotras quienes contemos estas historias
para compartir.
Para denunciar.
Para sanar.
Tal como la propia Karla lo hizo: “La única forma de sobrevivir a todo eso fue canalizarlo a través de mis armas más fuertes, el arte y el cine”2
Así, La Caída resulta una obra valiente, que a través de un excelente trabajo técnico y una actuación impecable de Souza, retrata la vulnerabilidad que representa reconocerse víctima de abusos constantes, pero también (y aquí otra de las grandes razones de su potencia), la agencia que ese lugar nos puede brindar cuando, aunado a ello, también se reconocen las ganas de vivir una vida libre, lo que sea que eso signifique para cada una de nosotras.
La Caída está disponible en Amazon Prime. Recomiendo discreción para verla, puede ser detonante para quienes hayan vivido una situación de abuso.
1 “Violencia sexual” por Mar Guerrera. https://www.elorganismo.com/violencia-sexual/
2 Karla Souza en entrevista con El País. https://elpais.com/mexico/2022-12-19/la-caida-un-filme-para-alcanzar-la-redencion-en-las-sociedades-del-silencio.html?event_log=fa

Selvia V. Kotasek
Defeña de nacimiento y habitante de la ahora CDMX. Psicóloga social que mira al mundo con permanente sospecha. Feminista que se reencontró con sus ancestras, aprendió a alzar la voz, y busca formas de habitar y resistir principalmente desde la cultura y el arte de mujeres. Maestra en Estudios de la Mujer y diplomada en prácticas narrativas. Consultora en temas de género, educación y derechos humanos. Brinda acompañamiento terapéutico a mujeres a través de terapia narrativa con perspectiva feminista, enfocando su práctica en la prevención y atención de violencia machista. Con una constante tendencia a la nostalgia, es escritora de sus historias preferidas y dibujanta que se reencuentra con la niña que fue.
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