Por Paola Rodríguez
Tlanquipán del Ausente
Conocida como la ciudad de lo perdido, Tlanquipán del ausente, se encuentra en el pequeño rincón que existe entre los muebles y el olvido. Es a donde va a parar la pieza faltante de un rompecabezas, los centavos que se quedan en el forro de un abrigo descosido y las llaves del auto justo antes de una entrevista de trabajo.
La principal característica de este lugar es su desmesurado turismo. Algunos visitantes solo van de paso y se quedan un par de minutos, pero otros se quedan para siempre. Es muy fácil entrar en esta frenética urbe, basta de un momento de ausencia o desconcierto para terminar en la plaza principal de la ciudad. Sin embargo, salir tiende a volverse más complicado. La Ley de Migración en su artículo octavo estipula: “Los individuos que transitan el territorio de Tlanquipán del Ausente podrán abandonarlo libremente siempre que aparezcan fuera de este”.
La mayoría de los residentes terminan por resignarse a que esta extraña ciudad se convierta en su nuevo hogar al cabo de unos años, incluso algunos lo hacen en un par de meses. Se buscan un espacio entre los calcetines sin par y las agujas bajo los cojines del sillón, y parece que viven más o menos felices. Sin embargo, hay un grupo en particular que siempre está inconforme con las leyes migratorias que rigen el territorio: Las personas.
Desde que arriban en Tlanquipán parecen mostrarse un poco hostiles con el resto de los habitantes, exhibiendo en seguida su desagrado por la ciudad y su deseo por abandonarla lo antes posible. La mayoría gritan exigiendo que se les deje salir o rompen en llanto rogando por un boleto para regresar. Los más tranquilos suelen ser los niños, aunque sospecho que es porque aún no entienden que están perdidos. Hay una niña de no más de cinco años, ella cuenta que fue tras su pelota en el parque, que escuchó la puerta de un carro abrirse y luego apareció aquí.
Las personas suelen usar toda clase de pretextos con tal de saltarse las reglas de migración. Utilizan un gran repertorio de excusas con tal de irse: «Que su madre se preocupara si no llega a casa esa noche», «que están ahí por error, que ellos iban al trabajo», «que alguien los seguía antes de terminar aquí», «que sus hijos los necesitan». Sinceramente a veces dan un poco de pena, pero las leyes son inamovibles.
Las autoridades suelen estar capacitadas para lidiar con ellos, hay un módulo especial en las oficinas de migración. En él les dicen que seguramente su familia los está buscando, que recuerdan haber visto una foto de sus rostros en las noticias… que sean pacientes y los encontrarán, pero aquellos que tienen más tiempo aquí saben que solo les dan falsas esperanzas para evitar más revuelo entre los habitantes. Ellos saben que es más fácil que salga de aquí la aguja olvidada en un pajar que alguno de ellos y que, entre más tiempo pasa, las probabilidades disminuyen, pero prefieren no decirlo. Solos terminarán por enterarse y se resignarán. A fin de cuentas, es mejor estar desaparecido, que buscar a uno.


Biografía del autor. Paola Lizbeth Rodríguez Gómez (Tepatitlán de Morelos, 1999) Egresada de la Licenciatura de Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Algunos de sus textos narrativos han sido publicados en la revista de literatura Al Margen, además de otras pequeñas colaboraciones en revistas independientes y fanzines. También disfruta de la poesía visual y el art-journal.
