Por Ángeles Serna
Cuando salí de la carrera tenía ganas de hacer todo, menos lo que estoy haciendo ahora: trabajar. Creo que uno de mis miedos más grandes era trabajar de 9 am a 6 pm en una oficina, un horario que te consume la mayor parte del día. Además, sumar las horas de camino, porque sí, ya me di cuenta de que no llego en 20 minutos a cualquier parte, y mucho menos si me traslado de San Nicolás a San Pedro. Trabajar y manejar han sido las actividades que he realizado la mayor parte del año.
Cada vez que platico con algunas amigas y familiares, sale el tema de la duración en el trabajo y sugieren plazos de dos o tres años de experiencia en el puesto, en la empresa. Pero, existen varios factores para tomar en cuenta sobre cumplir esos plazos y obtener la suficiente experiencia. Uno de estos aspectos es la calidad de vida en el trabajo. Cosa que, a mi consideración es uno de los factores principales que detonan la rotación de personal en las empresas.
Esta semana leí Las niñas bien (1991) de Guadalupe Loaeza, dentro del libro, encontré el texto “La mala costumbre de acostumbrarse” en el cual, la autora plasma la imagen de la ciudad colapsada en el tráfico de Ciudad de México en los noventa, donde se afirma que los mexicanos nos acostumbramos a todo; sube el precio de la canasta básica ¿y qué importa? si hay que comprar la comida; sube el costo de la gasolina, sólo exclamamos un “¡Ya está en veintitantos!” y llenamos el tanque; sube el costo del transporte público y prácticamente es lo mismo, lo terminamos pagando, porque no hay de otra.
¡Qué buena onda somos los mexicanos, a todo nos acostumbramos! Ya aprendimos hasta vivir con la crisis, con la inflación. Cuando leemos que sube el arroz, el frijol, el huevo y el aceite, nos enojamos, nos indignamos, “ya ni la muelan” decimos furiosos, pero algunas horas después, los que tenemos con qué pagar ya ni nos acordamos, nos resignamos y tan tranquilos, seguimos comiendo rico moros y cristianos con huevos rancheros bien grasosos.
(Loaeza, 1991, p. 81).
“Nos resignamos” es lo expone Guadalupe en el texto, una idea que a mi parecer es bastante atemporal. En los primeros meses de trabajo le contaba a mi mamá que era bastante agotador lidiar con los problemas de la oficina, las malas actitudes y trato de mi jefe y el tráfico de dos horas para llegar a mi casa. No tenía ganas de hacer nada, ni de leer ni de ver series ni de sacar a Bruno a pasear –Bruno es un perrito de dos años–. En el tráfico de Morones Prieto pensé “¿Esto es lo que me espera durante dos o tres años?, ¿esto vale la experiencia laboral?, ¿a esto es a lo que me tengo que acostumbrar?”.
Los fines de semana también era vivir en una constante preocupación, por esos pensamientos de autosabotaje que me decían “no ser suficiente” o la preocupación diaria de dar más. Por lo que, el desarrollo personal y social era completamente nulo, durante estos meses tuve un distanciamiento hacia mis seres queridos por esa búsqueda de dar más en mi trabajo, porque ahora a eso debía “acostumbrarme”. Acostumbrarme a un mal trabajo, a los malos tratos, a la falta de reconocimiento y a la falta de derechos laborales.
En el artículo Derechos laborales: una mirada al derecho a la calidad de vida en el trabajo (2015) de Juana Patlán Pérez presenta el concepto de calidad de vida en el trabajo (CVT) como:
Un constructo multidimensional y complejo que hace referencia principalmente a la satisfacción de una amplia gama de necesidades de los individuos (reconocimiento, estabilidad laboral, equilibrio empleo-familia, motivación, seguridad, entre otros) mediante un trabajo formal y remunerado.
(p. 121).
Esto me hizo analizar mi empleo y cuestionarme si realmente estaba obteniendo este marco laboral que plantea Pérez. La respuesta es sencilla: no. Durante este tiempo, en charlas con compañeros y amigos de otras empresas, les preguntaba sus experiencias laborales. Me contaban situaciones complicadas, donde no tenían esa calidad de vida en el trabajo. Algunos destacaban cierto aprendizaje que lleva al crecimiento laboral y otros solo comentaban que aprendieron a buscar mejores empleos.
Ahora, Nuevo León es el estado que durante el primer semestre del año tuvo el mayor aumento en generación de empleos –gracias a la Inversión Extranjera Directa (IED). No obstante, tener mayor inversión y generar más empleos no es suficiente para tener una mejor calidad de vida –que a mi consideración tener calidad de vida en Nuevo León es muy cuestionable–. No solo es necesario revisar la generación de empleos y el crecimiento de la oferta laboral, también es necesario revisar las condiciones con las que se crean estos nuevos espacios laborales.
Claro que dentro de este panorama debo de mencionar un factor que Loaeza expresa en su texto: “¿Protestar? ¿Para qué? Híjole, para protestar se necesita mucha energía, conciencia, solidaridad, organización y ¿qué más se necesita? No sé” (1991, p. 82). También se necesita tiempo y dinero, recursos que la mayoría de la población no tiene y, muchas de las veces, no se pueden dar el lujo de disminuirlos porque son responsables de una familia.
Para terminar, reconozco que estas primeras experiencias laborales no fueron las óptimas. Por varios meses pensé que así tenía que ser, que con el tiempo se vuelve más fácil, pero ahora me doy cuenta de que no necesariamente. Así que, negada a adentrarme por completo al mundo laboral y que mi único objetivo sea el beneficio económico. Decidí no acostumbrarme. Porque con el tiempo no se vuelve más fácil, se vuelve costumbre.
Referencias
Flores, Lourdes. (2023). Nuevo León disminuyó 36.6% la población no económicamente activa disponible para trabajar. https://www.eleconomista.com.mx/estados/En-Nuevo-Leon-disminuyo-36.6-la-poblacion-no-economicamente-activa-disponible-para-trabajar-20230723-0005.html
Patlán Pérez, Juana. (2015). Derechos laborales: una mirada al derecho a la calidad de vida en el trabajo. https://www.redalyc.org/journal/104/10446094004/

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Angeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.
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«No solo es necesario revisar la generación de empleos y el crecimiento de la oferta laboral, también es necesario revisar las condiciones con las que se crean estos nuevos espacios laborales» totalmente de acuerdo. Perdimos el sentido de vivir dignamente, por el de sobrevivir con las reglas del capital 😦
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