El desborde. Relatos del mundo que habito | Consejo de Sabias


Por: Ximena Moranchel


Las que te mandan por mensaje un “¿Cómo estás?” justo en el momento en el que todo está mal, como si lo intuyeran y supieran lo mucho que necesitas su pregunta para poder decirlo. Las que comparten contigo su ropa, pero nunca pierden la oportunidad de culparte cuando no encuentran algún suéter o un vestido. Las que días después de decir “No creo que eso sea lo mejor, pero igual vas a hacer lo que quieras”, aparecen pa’ curarte las heridas que te hiciste en el camino turbulento que elegiste tomar. Las que viven en la otra punta del mundo con una hora distinta y una rutina diferente, pero siempre se hacen el espacio para una videollamada que es mitad: “Ya no te oigo, a ver, espera, ahora sí, ¿tú me ves?», y mitad: “Te extraño y ojalá estuvieras aquí”. Las que te ayudan a elegir qué foto subir y después te comentan o reaccionan como si nunca la hubieran visto. Las que se emborrachan contigo cuando alguien te ha roto el corazón, aun sabiendo que ese ratito de felicidad durará solamente esa noche, y al día siguiente, además de triste estarás cruda. Las que en ese siguiente día te abrazan, te preparan una michelada y entre bromas te regañan por estar llorando por ese ser idiota que no supo valorarte como la diosa que eres. Las que han estado ahí, desde siempre, desde niñas, con una capacidad asombrosa de adaptarse a los cambios permanentes de la vida. Las que siguen de cerquita todo tu drama familiar con nombres, fechas y hasta fotos. Las que proponen viajes, actividades, pijamadas y cenas recordándote lo mucho que disfrutan de tu compañía. Las que se saben de memoria tu historial amoroso y sexual y hasta chistes internos tienen sobre ello. Las que te prestan dinero porque usaste tu tarjeta de crédito como si tuvieras el sueldo de una artista famosa y a las semanas son ellas las que te piden plata, porque también por un momento tuvieron la percepción de su realidad alterada. Las que te explican por primera vez cómo usar un tampón, cuál es la mejor forma de ahorrar, cómo se siente tener un orgasmo, cómo se saca una cita en el SAT, el paso a paso para hacer una pasta, cómo se usa un vibrador y hasta qué tienes que hacer si te encuentras un tiburón cara a cara. Las que deciden ser madres y gracias a eso te dan el mejor regalo del mundo; un ser pequeñito que se adueña por completo de tu corazón. Las que te apoyan compartiendo tus proyectos laborales y con palabras de orgullo te recomiendan constantemente. Las que te regalan noches y madrugadas llenas de botellas de vino, conversaciones profundas, anécdotas repetidas y carcajadas que te reinician la vida. Las que incluso en la cotidianidad del día a día te convidan de su buen humor. Las que bailan contigo hasta el amanecer y cada tanto voltean a verte con una sonrisa en la cara confirmando lo mucho que sus cuerpos y almas lo necesitaban. Las que además se convierten en las mejores compañeras de casa. Las que te escuchan sin juzgarte. Las que te escuchan y aunque no te juzgan, te hacen todas esas preguntas y comentarios que no quieres oír, pero que sabes que necesitas y por eso mismo es que estás ahí, exponiendo tu caso frente al mayor tribunal y consejo de sabias. Las que en cada encuentro te recuerdan lo mucho que te aman, llenándote de palabras tiernas y múltiples halagos para que al final de la noche mientras estás volviendo a casa te sientas la mujer más hermosa, inteligente, divertida e interesante del puto mundo. Las que alguna vez estuvieron, te dieron su amor y lindos recuerdos y aunque sus caminos ya no coinciden más, siempre formarán parte de tu historia. Las que te sostienen el corazón cuando estás lejos de casa porque decidiste migrar y el mundo se te está viniendo encima. Las que te apapachan el día de tu cumpleaños con palabras y regalos bonitos. Las que te han visto crecer, cambiar, atravesar distintas etapas, y no sólo no se han ido, sino que no serías quién eres sin ellas a tu lado. Las que con una tarde tomando sol en tetas te curan 30 años de complejos patriarcales y absurdos. Las que te cocinan algo delicioso porque llevan el sabor en las manos. Las que te bancan en cada decisión que tomas aunque no estén de acuerdo porque lo único que desean es que seas feliz. Las que no ves tan seguido como quisieras, pero cuando se juntan es como si el tiempo nunca hubiera pasado. Las que siempre que volteas están a tu ladito, no importa la distancia. Las que siempre tienen las puertas de su casa abierta para ti, haciéndote sentir que también es tu hogar. Las que te hacen el aguante cuando te enfermas compartiendo sus mejores remedios y dándote su mano pa´ lo que necesitas. Las que te apoyan cuando te embarcas en la inevitable y tortuosa tarea de mudarte de casa. Las que se convierten en tu estilista personal, cortándote y pintándote el cabello y hasta ayudándote a eliminar la comunidad de piojos que decidió invadir tu cabeza. Las que siempre están para ayudarte a resolver tus dudas existenciales. Las que se cagan de risa contigo, después de compartir un porro mientras escuchan a Cerati. Las que te dicen “Avisa cuando llegues” y si por algo te olvidas de hacerlo, te llaman hasta que les aseguras que estás a salvó en tu casa, y te cuelgan sólo después de gritarte por qué carajos no respondes. Las que se emocionan por tus logros y los celebran como si fueran también suyos. Las que te recuerdan que no hay que tomarse la vida tan en serio y que se vale equivocarse. Las que todo el tiempo están en tu cabeza debatiendo y opinando, antes incluso de contarles cualquier cosa. Las que son familia, tu lugar seguro y al que perteneces. Qué ganas de poder verme aunque sea por un instante con los ojos que ellas me ven. Quien dice que la magia y el amor verdadero no existen no conoce a mis amigas.

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

También te puede interesar la primera publicación de esta columna:

Un comentario en “El desborde. Relatos del mundo que habito | Consejo de Sabias

Replica a Sam Cancelar la respuesta