Voces Tejidas | Monólogo del pesimismo

Por Leslie Urbina

Mi casa está vacía y llena de polvo. Mis manos tienen callos y la vista me falla. Mi andar es torpe y lento. Mis sueños están rotos y mi corazón está apagado. Hace algunos años siento que nada de lo que hago importa. Mi vida es monótona y triste. Sé la razón, conozco muy bien por qué todo me resulta sinsentido.

La tragedia comenzó cuando nací. Mis padres me recibieron felizmente, creo que esperaban que fuera una persona importante al crecer, tenían la ilusión de verme convertido en un triunfante hombre con decenas de reconocimientos y premios. Los decepcioné, esa es la verdad.

Desde que abrí los ojos aparecieron los problemas. Los médicos dijeron que se llamaba heterocromía. Dos iris, cada uno de diferente color: verde en el izquierdo, amarillo en el derecho. Cuando tuve consciencia de mi anomalía inició el odio hacia mis ojos. Los niños me miraban con curiosidad y temor. Se apartaban y expresaban la asquerosidad que les infundía con sólo mirarlos.

Así desarrollé el hábito de morderme las uñas. Lo cual, si alguien me pregunta me gusta hacer incluso hoy, encuentro alivio en ello, y por instantes hace que desaparezca lo malo que me rodea. Luego, la genética me dio una discapacidad visual que agradecí. Podía ocultar mi rareza detrás de mis grandes lentes de pasta dura. 

He estado acostumbrado a que la gente me pisotee, a que me despedacen con sus comentarios crueles y me hagan sentir inferior por mi físico. Tuve que optar por ocultarme, pasar desapercibido y ahorrarme todo el sufrimiento y vergüenza que conlleva ser yo. 

Al principio me agradaba la idea de estar solo. Era habitual encerrarme en mi habitación y no hacer ningún ruido en todo el día. Ni siquiera deseaba hablar con mi familia, me irritaba que me bombardearan con preguntas y que intentaran hacerme reír con sus bromas de mal gusto. El aislamiento me hacía sentir bien. No tenía que pasar por el escudriño de personas superficiales con intereses banales.  Pero… se volvió difícil lidiar con mí persona. Y cuando me di cuenta ya no podía salir de ahí.

 «La soledad es insoportable, a solas conmigo mismo, a solas con mis pensamientos. No sé cómo distraerlos, como atontarlos para que no me atormenten. Surge entonces la rabia ante la impotencia, y la agresividad es un pequeño paso que doy en ese estado”. 

Cuando leí a Cioran pude sentirme identificado. Memoricé algunas de sus palabras y las hice mías con mi manera de vivir. 

El pesimismo se apoderó de mi cabeza por un largo tiempo, hasta que recobré el vigor y abrigué la esperanza de ser feliz. Aunque sea por única vez en la vida debía darme la oportunidad de demostrar que podía alcanzar mi mayor anhelo: convertirme en defensor de las leyes. 

A decir verdad, no estuve asustado en su momento. Los desafíos académicos me llenaban de vitalidad y me impulsaban para ser mejor. Estaba seguro de que mis altas notas durante mi trayectoria estudiantil no habían sido en vano. Destaqué de entre mis compañeros en cada nivel educativo. Mi rareza y baja autoestima no impidieron que los maestros vieran mi potencial. 

Así que decidí anotarme en la universidad, presenté el examen de ingreso y esperé ansioso los resultados que me llevarían a disfrutar de mi nueva vida. 

Recuerdo ese maldito sentimiento de impotencia, rabia y tristeza que me invadió cuando fui rechazado. Jamás me sentí más humillado en mi vida. 

Reaccioné como cualquier ser humano lo hubiera hecho ante la noticia de que su único sueño era imposible. Lloré hasta que mis párpados fueron dos bolsas hinchadas. Me resigné a una vida rota. A mis 18 años supe que el tormento de estar vivo apenas comenzaba. 

Me amargué, me frustré, me rendí.

Estaba encaminado a la mediocridad. 

Una vez más estaba cayendo, y junto a mí se esparcían piezas de mi corazón ya muertas. 

“Nuestro rencor procede del hecho de haber sido inferiores a nuestras posibilidades y no haber podido alcanzarnos a nosotros mismos. Y eso nunca se lo perdonaremos a los demás”.

Entonces me fui de casa, necesitaba salir lo más pronto posible del castillo de mis fracasos. Me refugié en la soledad, volví a ella y me recibió con los brazos abiertos. 

Completamente solo y en medio de cuatro paredes encontré la comodidad. Ningún alma seria ya testigo de mis fracasos. Para el resto del mundo sería una sombra circundante de esta ciudad pequeña abarrotada de personas con trabajos miserables y rostros tristes. 

Y así fue. Me limité a trabajar en una oficina archivando documentos, y a visitar a mis padres una vez cada tres meses. Mis días libres estuvieron dedicados a la felicidad momentánea que adquiría al consumir bebidas alcohólicas. Cuando estaba sobrio evitaba mirar en retrospectiva. El pasado es doloroso. Y para ser sincero ¿Quién quiere sentirse más desdichado de lo que ya está?

Después de 22 años del suceso más trágico de mis días pienso en las oportunidades que malgasté por estar tan enfrascado en lo que perdí. En este momento asumo la culpa por mis acciones, me responsabilizo del error que me llevó a la desilusión y a la derrota.

«La única, la verdadera mala suerte: nacer. Se remonta a la agresividad, al principio de expansión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor. No es de extrañar que todo ser venido al mundo sea un maldito».

Faltan unos años para llegar por fin, al esperado día de mi muerte. 

El único sueño que no puede serme arrebatado. La culminación de mi existencia.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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