Letras revueltas | El amor romántico y la escritura

Por Illari Alderete

Para publicar en la Coyol, me pidieron una muestra de la que sería mi columna, así que este es un intento. No sé a cuántas personas les interese leer mis reflexiones, pero sí sé que yo me he interesado por lo que las otras me han contado desde su cotidianidad. Por eso me gustaría hablar de mi situación actual como “escritora a ratos”, que pierde un poco el rumbo de la vida cuando no escribe y que, sin embargo, lo deja de hacer por un buen tiempo. Decidí pedir que me dejaran publicar en la Coyol para recuperar el cacho de vida que me roba la no escritura. Factores hay muchos. Ya muchas autoras y autores han hablado de ellos. Que pagar la renta, que asegurarse de tener una vejez digna, que sentirse vacío, puedo enumerar las miles de razones y no me interesa materializarlas más.

Es un hecho que para las mujeres es más complicado escribir, cargamos con una larga historia de menosprecio y si a eso le agregamos la clase y la raza, y el signo jeje, quiero decir; el carácter, parece que las cartas están echadas. Me gustaría ser una Gloria Anzaldúa y escribir en todos lados como una resistencia, o como mi amiga Adriana, que aunque tiene muchas cosas en su contra termina publicando un poemario cada dos meses. Yo soy una escritora a cuenta gotas. A veces me tomo muy en serio lo de que no sirvo para este oficio y abandono todo. También suelo asumir la dicotomía de que una profesora no puede ser escritora, me gustaría decir que soy pésima, pero algunos me han dicho, que mala profesora no soy. Y ¿entonces? ¿escritora? Eso no lo sé, sólo siento que en la escritura me encuentro, me oigo, me conozco y puedo percibir mejor el mundo que me rodea.

Este año comencé publicando un cuento en Especulativas que se llama “Para cuando nuestro señor llegué en él se habla sobre los apegos, me gusta escribir sobre terror cotidiano, no sé si ese término exista y pensé que lograría mantener una rutina de escritura. Pero ocurrió algo inesperado, conocí a un hombre, o más bien me mudé con él. Nunca había tenido esta experiencia, años atrás me había acostumbrado a vivir sola, llevaba por lo menos cinco años así. ¿Han escuchado lo de que el amor es el opio de las mujeres? Yo lo tenía en mis mandamientos feministas. Así que este evento me descolocó. No sabía todo lo que cambiaría al vivir con alguien.

Me ha tomado tiempo rearmar todo, encontrar quién soy, porque es bien fácil borrarse a una misma cuando estás en una relación tan cercana. Me peleo a diario con mi educación amorosa y de cuidado. Una está con un vato y de pronto todo gira en torno a él. Entonces hay que detenerse y cortar esas sogas que la familia y la sociedad han construido. Es complicado pensarse fuera de esa estructura y, con ella, para mí ha sido más difícil escribir.

En asuntos del amor suelo recordar a mi abuela Ceci, crecí con ella y sentí tanto amor de su parte, que cuando su alma se cubrió de estrellas fui directo a terapia. Con el tiempo he ido puliendo la idea del amor y he comprendido que mi abuela me amó con ese amor que duele, que lastima, sobre todo a quien lo ejerce. Que siempre ponía a los demás por sobre ella misma, por sobre quién era ella. Esa idea a veces me ronda y picotea. Deseo regresar a mi abuela, revivirla, contruir una máquina que la haga venir y enseñarle que hay un lugar lleno de amor que es capaz de redimirnos a ambas: que no me necesita para sobrevivir, que ese vacío que sentía y por el cual me acorralaba para que no la dejara, lo puede llenar con cosas que le gustaban, con alegrías por sus logros, por la belleza de la vida.

Suena fácil, pero las cadenas, aunque invisbles, persisten. En algunos casos las colocarán las parejas, los hijos, el trabajo, en otros seremos nosotras mismas cuando aceptamos la idea de que no servimos para el mundo intelectual. Quiero pensar que con esta columna podré escapar del mandato, que al fin lograré tomar de la mano a la escritora de 12 años que me impulsó a estudiar literatura. Así que esta columna pretende hablar sobre preocupaciones literarias, feminismos, cárceles y todo lo que se me(nos) atraviesa en la vida.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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