De las amistades intergeneracionales, las etapas de la vida y lo que pesa la edad

Por Fernanda Loé

A pesar de que muchas personas dicen que la edad solamente es un número, pareciera que la cantidad de años que tenemos sirve de credencial para identificarte ante el mundo. La realidad es que pocas personas pasan por alto preguntar la edad en una primera cita, al hacer amigos o incluso al presentarte en algún lugar o círculo nuevo. Y a partir de esa respuesta, un juicio se inserta en los lentes con los que te miran.  

La cuestión de la edad absorbe muchos de mis pensamientos y energía. Cada año que pasa presto más atención a mi edad y a lo que rodea al número eternamente creciente. Nunca como en esta etapa de mi vida me había pesado tanto. En el trabajo me miran a través de ese número, está pegado a mí en todo lo que hago, en cómo se relacionan las personas conmigo, en lo que creen que puedo y quiero hacer, en lo que dan por hecho. Como ya saben cuántos años tengo entonces creen que lo saben todo sobre mí. Pero el gran problema no recae en eso sino en que estoy empezando a creérmelo.

Toda mi vida he convivido con personas más grandes que yo. No tengo primos de mi edad, en mi familia las únicas niñas pequeñas éramos mi hermana y yo, así que crecí siendo una niña rodeada de adultos. Después, conforme fui creciendo empecé a notar que muchos de mis gustos, los programas que veía, la música que escuchaba, los famosos que ubicaba, las cosas de las que hablaba, etc. no coincidían completamente con los temas “acordes a mi edad”.

Gran parte de las amistades que iba formando se daban con personas de diferente edad a la mía. En su mayoría, gente más grande que yo. Recuerdo que gracias a actividades que organizaba para personas de la tercera edad, me hice amiga de un señor de unos 80 años. Era mi vecino, vivía a dos cuadras de mi casa. Nos hicimos amigos porque él solía hacer el periódico de la zona en la que vivo, se dedicaba a juntar noticias, anuncios y fotos para crear una revistita que repartía gratis en la colonia.

Me contaba sobre cómo antes montaban obras de teatro con los niños de los vecinos, organizaban fiestas grandísimas para septiembre y no dejaban pasar año sin hacer posadas. También, de cuáles calles solían estar empedradas, qué vecinos se habían ido a vivir a otros lugares o cuál fue la primera casa que modernizaron en la colonia. Él tenía con quién platicar y yo, mucho interés en todo lo que me contaba. Pensaba ¿quién más va a saber las cosas que él sabe si no logra contárselas a alguien más? Nos hicimos amigos porque él quería ser escuchado y yo, escuchar.

No todas mis amistades han sido mayores. En una clase de piano conocí a un niño de unos 8 o 10 años. Estábamos en el mismo horario así que nos veíamos cada semana. La dinámica de la clase consistía en que en una misma sesión podía haber niños, jóvenes e incluso adultos mayores, siempre y cuando los instrumentos que tocaran no se opacaran entre sí. Cada quién trabajaba en su pieza, pero de vez en cuando todos tocábamos la misma canción.

Un día su mamá tardó muchísimo en pasar a recogerlo. Como yo me quedaba más tiempo, lo observé esperando, sentado debajo de la bugambilia que había en el patio, todo aburrido. Le ofrecí unas galletas y en 40 minutos me contó sobre todas las cosas en el mundo que le gustaban, desde caricaturas hasta comida. Era muy divertido ver que para un niño de 10 años, las prioridades son otras, además me hacía sentir bien que él estuviera en una etapa donde pensaba que el mundo era exactamente como tenía que ser, confiado en que todo funcionaba y funcionaría siempre.

Me gustaba ir a las clases a esa hora porque él aprovechaba para ponerme al día en cuanto a los nuevos programas para niños, películas de superhéroes o videojuegos. Yo le contaba qué se sentía regresarse sola de la escuela, cómo en la preparatoria ya no tenías que usar uniforme y que todas las cosas que decían los profes para asustarte resultaban ser mentira.

Pensándolo con más atención ahora que lo veo a la distancia, agradezco mucho que nuestro profesor de música nunca le diera importancia a la edad. En los ensayos convivía igual con señoras que ya eran abuelas que con niños pequeños. Nadie ponía atención a la diferencia de años que teníamos, todos nos podíamos hacer comentarios, echar porras, preguntar cosas. Había niños más pequeños que yo que ya eran expertos en piano y que tocaban conmigo para ayudarme.  Yo era muy buena leyendo las partituras, por lo que me ponían con señores más grandes que yo, pero que llevaban menos tiempo tocando, para marcarles el ritmo.

Definitivamente las cosas que puedes compartir con alguien van más allá de la edad, así como las habilidades, los talentos, los intereses. En Mi pobre angelito (1990), Kevin, el niño protagonista, le tiene miedo al “hombre de la pala” pero después descubre que solamente es un viejito solitario e incluso terminan siendo amigos. Lo mismo pasa cuando Luke de Modern Family se hace amigo de su vecino de la tercera edad. Los papás están preocupados porque no entienden qué objetivo tiene su amistad. Cuando el señor muere y ellos le tienen que avisar a Luke se dan cuenta de qué profundo cariño y genuino interés tenían uno por el otro.

Matilda y la señorita Miel son amigas antes de convertirse en familia ya que las dos tienen la ilusión de no sentirse solas. La niña es incomprendida por su familia y a la maestra la única familia que le queda es la peor persona que conoce así que, de cierto modo, las dos están huérfanas hasta que se encuentran. Su amistad las lleva a querer compartir la vida.

Otra película que toca el tema de amistades entre personas de edades distintas es Up (2009). La relación entre los protagonistas, Russell y Carl, se desarrolla a lo largo del viaje que emprenden, mismo que cada quién vive desde su personalidad, edad y objetivos. Carl termina por descubrir que la travesía sí fue valiosa por que cumplió su propósito, pero también porque la vivió con Russell como compañía. A partir de ese momento deja de ser un viejito solitario porque Russell y él se convierten en apoyo uno del otro.

Y el último ejemplo que quiero mencionar pertenece a una película que probablemente no es tan conocida como las anteriores, titulada Como un domingo, como la lluvia (2009). En esta película, una chica llamada Eleanor, la cual quiere dedicarse a la música y tiene diferentes problemas personales, llega a trabajar como niñera de Reggie, un chico adolescente perteneciente a una familia muy rica de Nueva York.

Reggie la mayoría del tiempo está solo así que su carácter no es el más sociable ni agradable, por su parte Eleanor está pasando por una desilusión amorosa y necesita conservar ese trabajo. El principal eje de su amistad es que ambos aman la música.  Ella toca la trompeta y él toca el chelo. A pesar de vivir vidas totalmente distintas, de pertenecer a estratos sociales medio lejanos y lo más importante, a pesar de que por sus años de diferencia están en distintas etapas de su vida, los dos de cierta forma buscan su identidad a través de la amistad que desarrollan. 

Y con esa última idea quiero concluir. Gracias a los ejemplos podemos darnos una idea de que las etapas que atravesamos a lo largo de nuestras vidas, si es que es correcto llamarlas etapas, tal vez no funcionan como el mundo nos hace creer. Claro que en la adolescencia queremos experimentar cosas nuevas porque se está definiendo nuestra identidad pero eso no quiere decir que más adelante, cuando seamos adultos hechos y derechos, ya no es posible pasar de nuevo por la incertidumbre de preguntarte quién eres.

Claro que los adultos mayores tienen la seguridad y sabiduría de haber vivido años, sin embargo, ¿no es cierto que cuando somos niños creemos en las cosas como si fueran certeras? A esa edad nos hacemos preguntas y más preguntas para conocer el mundo y las respuestas que obtenemos las tomamos como un trampolín para ir avanzando. Eso implica sabiduría y seguridad.

Me resulta más esperanzador ver la edad como un dato más, como el tipo de sangre o la CURP, porque de esa manera las personas podemos acercarnos unas a otras como individuos únicos que atraviesan experiencias, sentimientos, dudas e incluso pesares relacionados a quiénes son no a cuántos años tienen. Y considerando que ser humano implica estar en constante cambio, enfrentarse a emociones y situaciones desconocidas, sobrevivir duelos, experimentar momentos de inmensa alegría o al contrario, de profundo dolor, deberíamos intentar no construir juicios basados en cuántas veces hemos gritado “feliz año nuevo”.

Publicado por Fernanda Loé

Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM. Formé parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboré en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participé como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Soy fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros.

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