Por Arizbell Morel Díaz. Para Teatro El Milagro. Liliac sostenía su taza de café con ambas manos mientras contemplaba la mañana por la ventana de su sala. Al frente, el invierno infernal se extendía en todo su esplendor, anunciando otra jornada llena de heladas y un sol tan seco que quemaba los ojos con tan solo abrirlos. En los rincones hasta el polvo se escondía del clima y la llegada de los rayos de un astro que, aunque lejano, no podía más que imponer su dominio en todo aquello que osara moverse. A la bruja no le gustaba el invierno. A diferencia de su madre, ella aborrecía los festejos de Yule, el reposo constante y las reuniones familiares alrededor de las velas. Monotonía esperanzada. Consuelo de los mortales, pensaba. Y los medios días son los peores. Los intermedios entre los festejos que nadie sabe cómo habitar sin importar su afiliación o edad. Todo cerrado, todo esperando el inicio de un nuevo ciclo que se retardaba porque el otro no quería empezar a terminarse. Patético y predecible, ilusiones que cuál espejos rotos solo eran fragmentos de una realidad que ya era defectuosa al existir. Para ser una hechicera joven, Liliac era bastante pesimista. Tomó el último sorbo del brebaje amargo, cogió su bufanda roja deshilachada y salió a caminar. A veces la gente todavía la miraba por usar un sombrero puntiagudo (aunque estuviera helando). Tal vez era eso o su necesidad imperante de destrozar aquellas hojas secas que habían sobrevivido al invierno. Ser el caos era la razón de su existencia. A lo lejos, armonizando sus pisadas, se escuchaban los maullidos de Spooky, su mascota eventual: un gato color hollín con los bigotes chuecos y la mirada inocente de quién sabe que sus travesuras no serán descubiertas. Ambas siguieron el trayecto que ya conocían. Y cuando llegaron al mismo lugar, no pudieron evitar decepcionarse. Un callejón de la vieja Ciudad de los Milagros: los mismos árboles secos y banquetas sucias llenas de puestos de todo aquello que puede existir. Pero en la ventana de una pequeña cafetería cuyo aroma traspasaba la avenida se encontraba algo distinto: un letrero, carmelita color rojo que anunciaba el cierre de un teatro cercano a causa de las festividades (y posiblemente, del presupuesto.) Jamás había estado cerca de un teatro, a las brujas no se les permite la entrada a estos lugares. Pero uno cerrado podía ser una excepción. Así que decidió aventurarse a conocerlo. Como Liliac es una bruja moderna, no tenía escoba y tomó el metro. En el vagón, humeante y repleto como de costumbre, iba pensando qué podía haber dentro de un teatro mientras Spooky se pegaba a sus costillas como un pescuezo se pega al pellejo. Llegaron y entraron por la ventana. Todo oscuro y polvoso por dentro, una vieja casona rojiza por fuera. Ella encendió la luz de una vela. El teatro por dentro era como una caja torácica: todo el costillar que representaba los andamios envolvía a quien estuviera dentro del escenario. Les gustó la sensación y continuaron explorando. En una esquina Spooky encontró un pedazo de madera vieja, un montón de botones y una escoba. Para entretenerse, Liliac creó una especie de muñeco de nieve y madera que las miraba. Te llamaré Yule Boy, dijo la pequeña bruja. Y Yule Boy parecía sonreírle a su manera. Como era una bruja, Yule Boy se convirtió en el espíritu protector del lugar. Dicen, que en las noches y en los días de invierno, puede escucharse su risa en los pasillos del teatro; que sus melodías infantiles recorren las escaleras, los baños y por supuesto, el escenario.

Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” desde el ciclo 2021-2022 al presente (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Integrante activo de la Comitiva de Encuentros “Apuntes” de la Cátedra Bergman de la UNAM desde 2021.
Ha dirigido obras como “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Actualmente se dedica a la producción y dirección de proyectos teatrales y musicales enfocados en la sustentabilidad, las jóvenes audiencias, la perspectiva de género y las comunidades.
También es actriz entrenada en verso y asistente de producción.
Ha escrito narrativa y ensayo. Su primer texto publicado en La Coyol es “Bitácora de una planta en resistencia” (2020).
