Por Arizbell Morel Díaz.

Era inevitable, la música del rock le recordaba a sus días de juventud temprana en una colonia de tercera dentro del ombligo del mundo.
Las calles plagadas de vírgenes de Guadalupe, el olor que no era incienso, el tráfico, el clima, el metro y los payasos de semáforo sobre al asfalto rodaban por su memoria como las vías del tren en una vieja novela policíaca de esas que todo mundo dice que acaba de leer.
Y es que los libros que crees conocer (aunque solo sea como colección de portada) llevan un lugar especial en el corazón.
Ahí, junto a Ana Karenina y el Quijote soñador se encontraban las baladas que nada tenían que ver con Bunbury, las melodías para barítonos desafinados, la rebeldía estereotípicamente juvenil que apesta a un espíritu a punto de pudrirse.
Y es que ella sabía de los amores perdidos en un par de compases desentonados, sobre todo en Día de Muertos.
Este año, pleno 2022 post-pandémico, la festividad estaba plagada de nostalgia por sus veintes que se habían gastado en cuatro paredes y una pantalla.
El rock y el culto a la muerte eran como gasolina en medio de una fogata para su ser; siendo tan joven había nacido con una herida mortal, con un perpetuo anhelo por subsistir entre la podredumbre.
Su corazón era como un camote: duro en apariencia, salado y dulzón, redondo, absolutamente redondo, poroso, lleno de pliegues y marcas, de cicatrices de la ansiedad que la perseguían.
Y también retoñaba en octubre, con las flores de cempásuchitl y las nubes color hueso que acompañan a las ánimas en su regreso por la tierra.
La música que escuchaba sabía a cosecha, a ceniza fresca, canto cardenche* al unísono de cuatro voces. Era la voz de una generación atormentada por el desánimo continuo que causa la indiferencia ante el mérito.
Nada la emocionaba, nada la impresionaba…
…salvo poner un altar para dos: la que había sido y la que sería.
Es decir, para sus dos personas favoritas.
Quiénes eran, no importa en estos momentos. Éste no es un relato sobre las muertas, es la historia de una chica quien con una banda de rock en el fondo buscaba convocar al más allá gracias al do mi sol.
Llegó entonces el día de colocar el altar para dos…
Todo estaba listo…
El papel picado, las mandarinas, el camote, los retratos en tono sepia, el incienso, el copal…
Velas, porque una ofrenda es una invocación.
Comenzó el acomodo al ritmo del cuatro cuartos y la voz de Freddie resonando con una pasión por la vida terrenal que lo habían llevado al más allá…
Pronto se dio cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles (tan inútiles como la vida misma) y desistió.
Recostada sobre los veinte mil pétalos de cempásuchitl dejó que en sus huesos resonaran los intervalos irregulares del vocalista…
Irara…Boo, boom, ba, bay….
Rítmica constante sin sentido que en su sonoridad atrapaba una época.
Another one gone, and another gone…
Mercury comprendía (como nadie podría) el desazón de saberse viva, de la lucha constante por subsistir cuando la existencia te ahoga el cuello, te hiela la sangre y evita que el corazón comience a latir…
Una vez más, tomó los adornos para crear una composición con sus formas y texturas.
Pero algo siempre faltaba.
No se parecían en nada a las hojas amarillas a punto de caer sobre los árboles de la Avenida Reforma.
Les faltaba la magia de la estética, carecían de la ternura de aquello que es bello y que reconocemos porque nos obliga a mirarlo de frente y sin dilataciones.
Es decir, no era especial, era una ofrenda como cualquier otra que ha existido en este planeta.
Sus anhelos de grandeza la iban a aplastar, tarde o temprano y lo sabía.
Pero antes quería terminar su altar para dos.
En las velas estaba la clave…
El tono de todo lo daban los candelabros faltantes y no las calaveras de azúcar que había olvidado comprar.
Al lado, los camotes y la promesa del cambio temprano.
Afuera, el viento que no puede dejar de soplar en un relato otoñal.
Y alrededor, las vueltas a la melodía contra el hastío.
Un altar para dos sin ton ni son.

Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
