Por Arizbell Morel Díaz.

pensar que estar es ser
ser es hacer en pensar que es estar…
Sobre mis hombros pesa una corona de rosas lilas que no he decidido llevar. Como todo lo que es impuesto, me molesta, me la quiero quitar.
Esta corona se ha pegado a mi frente como se pega una babosa de mar a una estrella. Improbable, inimaginable, pero indudablemente unidas por la casualidad.
Bajo las escaleras que he recorrido toda mi vida, ahora con el olor de las rosas infectando a mi nariz. Si me pudiera dar gripa del perfume, no volvería a sentir placer en la vida. El murmullo de las abejas mudas de Isabel me persigue. Soy como una jacaranda, al caer mis lágrimas como rosas de mayo los insectos se amontonan a inspeccionarlas.
Pero nadie se queda.
Nadie permanece mucho tiempo en ellas.
Todos ven las aguas saladas que brotaron de mis ventanas al alma y siguen de largo.
Aunque recorren de flor en flor, la sensación de abandono y soledad es la misma cada vez que decido callar y soltar a mis hijas vegetales sobre el suelo.
Soy un árbol de rosas (sí eso existe) en el inmenso jardín con fresas que rodea las colinas de la existencia.
Soy sola yo y no me lo puedo sacudir de las entrañas, de mis costillas de las que no brota vida por más que los libros sagrados digan que así fue en una primavera perenne que demostró que el ser eterna es más castigo que milagro, que las manzanas y los frutos están prohibidos como la fertilidad de las ideas de crear.
Toda yo, sumergida en mí misma como en un pozo finito que ya he navegado en ocasiones anteriores. Nada nuevo. Atrapada en esta jaula que soy yo, en la carroza de calabaza que Cenicienta alguna vez usó, las horas son más lentas que un cuenta gotas en medio de la enfermedad.
La vida no debería de ser así; existir por goteos es una tortura porque revela la incertidumbre de la duración que espera.
Incertidumbre y angustia que desea no serlo sin poder evitar su destino.
Soy el principio y el fin de mis dolencias.
Soy la emperatriz de mis ideas.
Las cartas del tarot ya no me las lean, ya las conozco.
Soy oruboros que se devora a sí misma para existir.
Ver las estrellas a veces me funciona; a veces encontrar figuras en el manto de la Luna me da consuelo. Pero eso solo pasa a veces…
Pero la mayoría de las ocasiones mi anhelo es salir de este círculo sin fin.
Deseo (como no sabía que podía hacerlo) estar y ser más allá de mí misma.
Por instantes, lo he logrado.
Por fugacidades del tiempo he podido levantar la cabeza, salir del agua y respirar las alteridades que me rodean.
Aunque nunca dura lo suficiente…
Es siempre tan pequeña la eternidad que no la alcanzo a ver en la palma de mis manos, ni siquiera con la ayuda de mil estrellas alumbrando mi camino por la existencia.
La corona de rosas pesa mucho y los pedestales en los que me han colocado me aíslan demasiado de aquello que he llegado a conocer.
¿Dónde quedan las horas fuera del jardín en lo salvaje, en lo caótico de existir?
Tal vez algún día logre destejer estas flores que me aprisionan y me rodean. Tal vez, alguna hora, puedan mis pies tocar el suelo frío aunque se encuentren llenos de llagas por el sol sobre el que han vivido. Quizá mis manos puedan tocar la redondez del mundo (que ya no es plano) acompañadas de algún emisario de quien me ha aprisionado.
Solo los pájaros saben lo mucho que he llorado.
Solamente estos seres han escuchado mis lamentos silenciosos en medio de la belleza en la que se me ha colocado.
Acaso alguien se detuviera a comprender sus canciones sabrían dónde me hallo.
Ojalá que las personas recuperen el tiempo perdido observando su entorno. Quiera aquello que llamamos La Providencia mostrar piedad de las humanidades y acariciarlos con el don de la contemplación que les ha vedado los últimos siglos.
Mientras eso ocurra, yo estaré aquí, en mi pozo con fin.
Sin finitud no se podría existir.
Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” desde el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
