Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Arboleda en una tarde veraniega.

Por Arizbell Morel Díaz.

Árboles sin nombre.

En una tarde de verano Lola se encontraba sentada con el único objetivo de observar las hojas caer. Aunque siempre había soñado con dormir bajos cerezos y almendros que perfumarán sus cabellos, en su ciudad solamente existían árboles tan comunes que ni nombre tenían. Pero a ella le gustaban; eran así: Olmos criollos que decoraban las aceras y evitaban que el sol calcinará sus brazos desnudos cuándo caminaba bajo su sombra. 

Escuetos a los costados de las banquetas, sus árboles la miraban y le contaban los secretos que solo las niñas saben ver. Porque ellas se detienen a ver el mundo pasar y las hojas caer, una a la vez. 

Ésta es la historia de uno de esos secretos. 

El más novedoso de todos, aquel cuento que Lola comprendió en la víspera de un atardecer dorado con los rayos de luz en la cara y la brisa corriendo entre sus cabellos.

Resulta que había un árbol enamorado. Uno que había crecido algo torcido por la fuerza de las gotas de lluvia al caer sobre su tronco cuando a penas era un brote. Este árbol, que no era como los otros, nunca se enderezó pero sí se adaptó a su nueva forma. Con la sabiduría de su tallo supo integrar las curvas que el paso de la vida integró en su ser; su savia fluía cual espiral de caracol y lo mantenía vigoroso aún cuando el verano era solamente un recuerdo en sepia que le brindaba fortaleza en el crudo invierno que siempre dura más que las bellas estaciones aunque la primavera se anuncie vigorosa. 

Este árbol, que bien podría ser un naranjo o uno lleno de olivas, desde su lado del parque veía a otro, a otra planta, que le llamaba la atención entre las múltiples arboledas que lo rodeaban. El otro árbol —el de ella, el árbol dónde Lola solía pasear—, era más joven que el enamorado, tan solo por un par de primaveras. Como su observante, no tenía un pedigrí claro: Sus frutos jugosos no parecían comestibles y sus flores cambiaban de color con cada estación al igual que sus hojas. Para esta planta, siempre era otoño. 

Tal vez por eso el primer árbol la amaba, porque nunca era igual por más que las estaciones pasaran. Esta planta joven tenía un ciclo interminable de variaciones que la hacían ser especial ante las raíces del otro, aunque no fuera un almendro.

Al notar la mirada del árbol (¿cómo pueden verse las plantas?) el segundo árbol camaleónico notó su fuerza, la resiliencia que brotaba desde sus raíces a sus ramas y se enamoró también de él. Pero ninguno de los dos hablaba, mudos cuál plantas que eran sabían que para cosechar había que esperar (¡y es que los vegetales saben de paciencia!).

Debajo de los árboles, debajo de la tierra, existen los micelios que son un montón de venitas que comunican a cada planta con la otra por más lejos que se encuentren. Ellos comenzaron a mandarse mensajes por esta red subterránea e idearon un plan: unirían sus raíces a la distancia aunque sus corolas jamás pudieran tocarse. 

Tomó varios ciclos solares pero lo lograron…una puntita de sus raíces se entrelazaba con la otra, unidas en una flor rugosa que nadie podía ver. De esta flor de ramas cubiertas surgió una semilla tan mestiza como ellas. Y cuando Lola se enteró de este relato la semilla de ahuehuete mulato se encontraba plantada en la tierra mojada por la lluvia. Tal vez, un día de verano, pueda germinar.  

Fotografía: Shu Villegas.

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 y 2022-2023 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

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