Por: María Daniela Ortiz Soriano.

El año en que Monse cumplió 15, fue el año de su primer beso. Sus compañeras de clase a veces le hacían comentarios hirientes por ser la única del grupo que no había besado nunca a un muchacho y, aunque a Monse la idea de besar a un chico la tenía sin cuidado, las fugaces burlas y juicios de “rara” o “mojigata” si le molestaban, ¿Por qué importaba tanto si besaba o no a un chico?
Pero Monse solo era una niña de 14 años. A ella le gustaba más la Biología y bailar que buscar novio entre sus compañeros de escuela, sin embargo, ella soñaba con enamorarse. Veía las telenovelas en casa de su abuelita (todas las tardes, después de hacer la tarea, ella bajaba a casa de su abuelita a cenar) y suspiraba con la idea de un romance. ¿De quién se enamoraría? Quién sabe, eso también poco le importaba.
Así llegó el fin de la secundaria para Monse. Además de las emotivas despedidas entre los estudiantes, llegó el momento de prepararse para los exámenes de admisión a la preparatoria, trámite que se realiza aquí, en México. A pesar de ser una buena estudiante, Monse decidió tomar cursos de regularización escolar y ahí, fue donde conoció a Sarahí.
Sarahí era, en palabras de Monse, un “fenómeno” pero en el sentido extraordinario. Ella era ruidosa y su cabello esponjado y negro, pintaba sus ojos con delineador negro y usaba pulseras y gargantillas, además olía a frutas y caramelo. Tenía una apariencia que tal vez definan “intimidante” pero su carácter era abierto, franco, empática y cariñosa. En cambio, la apariencia de Monse era promedio, no destacaba de las demás, pero en palabras de Sarahí, Monse tenía un aroma a naranjas dulces que notó desde el primer día del curso. Ambas se hicieron amigas, no de inmediato, pero si en los primeros días.
Hacían la tarea del curso juntas y apoyaban las participaciones de la otra durante clases, cuando era la media hora de receso, bajan a la tienda a comprar golosinas. Sarahí era muy glotona y compraba cualquier dulce, pero Monse no, y fue con su nueva amiga con quien probó por primera vez las frituras y dulces empaquetados que su madre le tenía prohibido. Entre los 10 y 15 minutos que les sobraban después de comer, Monse le enseñaba a Sarahí de la música que bailaba y Sarahí aprendió a bailar.
Cuando terminaba el curso, una esperaba a la otra hasta que llegaran sus padres y las recogieran y, como no había redes sociales en esos años, esperaban hasta el otro día del curso para volver a platicar de lo que vieron en la tele, cenaron, hicieron en la escuela, etc.
Ambas comenzaron a quererse más más allá de su amistad. Sarahí fue la primera en sentirlo cuando el primer día del curso, olió el perfume de naranjas dulces en el cabello de su amiga, provocando su primera atracción hacia una chica. Monse, en cambio, nunca sintió ese arrebato, pero sentía una enorme ternura hacia Sarahí una vez que la conoció más allá de su apariencia vibrante; entre más dulces compartían, entre más pasos de baile le enseñaba o secretos se confiaban, más crecía la ternura en el corazón de Monse, hasta sentir un gusto mayor por el aroma a frutas y caramelo de su amiga.
A veces Sarahí se acercaba tanto al rostro de Monse en busca de un beso, pero Monse al principio no entendía su coqueteo, lo que hizo pensar a Sarahí que su amiga no sentía lo mismo por ella y que tal vez, estaba mal sentirse enamorada. En cambio para Monse, día a día crecían sus ganas de mirar más de cerca los ojos de Sarahí, de conocerla y pasar más tiempo juntas; cuando ambas se hicieron inseparables, al grado de ir juntas a su examen de admisión para darse valor, se dio cuenta que le gustaba su aroma, sus manos y la forma en que su amiga se acercaba a su rostro como ocurría en las telenovelas que veía con su abuela.
Se querían y se amaban. Sarahí se sintió atraída primero y Monse lo hizo cuando su amistad era un lazo más fuerte. Pero llegaron los resultados de los exámenes y ambas fueron seleccionadas en escuelas diferentes, no pudieron estar juntas. El último día que se vieron, fue cuando presentaron los exámenes, donde se despidieron intercambiando números telefónicos. El último día que hablaron, fue por teléfono en la mañana que vieron los resultados. En esa llamada, Sarahí le confesó a su amiga que la amaba y que le gustaba desde el primer momento que hablaron; Monse correspondió sus sentimientos y lloró un poco, porque no podría ver a su amiga en el nuevo ciclo escolar. Antes de colgar, Sarahí besó el teléfono para que Monse lo escuchara. Ese fue su primer beso.
La verdad, no sé si Monse y Sarahí se volvieron a encontrar. Pero estoy segura de que Sarahí aceptó que le gustan las mujeres y Monse que está bien no sentir atracción física hasta no forjar un vínculo emocional. Su primer beso les enseñó mucho sobre querer y amar (se). ¿Y el tuyo?
Con ternura, para ti.

Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.
«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.»
