Por Yusimí del Toro Pérez.
¿Qué hay más allá de ese prado brillante? Allá donde las palmas se confunden con el cielo y se vuelve verde el horizonte. -Esa era la pregunta de Marla cada miércoles; pero esta vez sus pasos se perdieron en la espesura.
Tropieza y cae. Toda enlodada reacciona y con algo de esfuerzo logra liberar su zapato, atrapado entre las gruesas raíces de un framboyán. Sobre el fango, una capa de flores rojas esperaba por sus manos. No importa un poco de tierra húmeda; llevó unas cuantas hasta su dorada cabellera y la nueva corona, le dio un toque de ninfa, de niña, de reina.
Olvidando el tiempo se entregó al viento, mientras reía y alzaba la mirada para ver en toda su magnitud al padre de sus rojas flores. -¿Cómo se le ocurrió la idea de tener un bonsái de framboyán? – pensó de repente. -¿Cómo hacerlo y no sentir que hiere sus raíces, que deja trunca las ramas, que limita su florescencia?- Se alegró de no haber iniciado su proyecto y avanzó por el estrecho camino que la llevaba hacia la luz.
Al principio fue cegada por el resplandor del sol sobre las hojas. Era evidente la primavera. Los verdes brotes de hierba, con diferentes matices cubrían el prado; como una manta dispuesta a recibir al viajero cansado. Recordando los campos, donde alguna vez corrió con sus primos, dio largos pasos en círculo; con los brazos abiertos se dejó caer en el mullido colchón terrestre, y cerró los ojos.
¿Cuánto tiempo ha pasado? – se pregunta Marla, cuando el calor del sol molestaba en su rostro. – Debo continuar, quiero llegar al horizonte. Se incorporó de un salto, imitando a los acróbatas circenses y echó a andar. Como no tenía reloj no pudo precisar la hora, pero cuando sus pasos comenzaron a adentrarse en los arbustos, observó que el sol se encontraba avanzando al suroeste y calculó que quedarían apenas tres horas antes que llegara la noche.
Siete palmas reales se alzaban a unos cien pasos de ella. -¡Ah! ¡Bellas!- gritó a los cuatro vientos. – Con razón está en la mayoría de nuestros paisajes, en las pinturas, en el escudo – pensaba, y a lo lejos otros árboles teñían de verde el espacio. Verde horizonte que adentraba sus brazos en el cielo. Verde y azul, como el mar.
Un golpe de aire fresco le hizo ver que era hora del retorno y se dispuso a regresar en una sola carrera.
– Ahora les voy a entregar una hojita para que escriban.
– ¿Una pregunta escrita?
– Exacto. Es para que expongan el objeto de estudio de las ciencias políticas.
El alboroto espabiló a Marla, que seguía con la mirada perdida en la pintura colgada en la pared del aula.
Yusimí del Toro Pérez, escritora.
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