Por Vanessa Arvizu.
Cuando morí, esperé ver mi espíritu levantarse del cajón de mi sepulcro, mientras mis dolientes me daban la última despedida a través de sus oraciones con las cuales iría ascendiendo al cielo y olvidaría todo lo que había dejado en la Tierra. No sucedió.
También esperé escuchar a los ángeles con sus trompetas en una tierra de nadie, donde Dios y el diablo debatirían a quién pertenecía mi alma, poniendo en una balanza mis buenas obras y mis pecados. Pero tampoco ocurrió así.
En cambio, estaba en un cuarto casi vacío, a no ser por un pupitre en el centro y una figura humana que esperaba unos pasos delante de mí. Tenía en sus manos un lápiz y una libreta muy gruesa, me llamó por mi nombre y me acerqué. Me explicó que era mi guardián y me invitó a tomar asiento. Luego, me contó de qué trataba todo eso.
¿A dónde vamos después de morir? ¿En dónde se quedan nuestras memorias? ¿Se premian o se castigan nuestros actos? En mi caso, tenía dos encomiendas ya de muerta: rememorar y añorar. Mi guardián me dijo
-Voy a pedirte que recuerdes, uno a uno, los momentos de tu vida. Cada que termines un recuerdo, tendrás que anotar lo que te diga-. Y me extendió la libreta y el lápiz.
Los recuerdos llegaron de principio a fin. Aparecieron los instantes más gratos y los que me hicieron quebrarme: cuando mi madre me regaló el vestido rosa que tejió con hilo de acrílico; el viaje a Dolores Hidalgo cuando mi abuela me compró los jarritos de barro; la vez que parí un niño sin huesos que sólo sobrevivió dos días; cuando vi a mi padre ahogarse con una rama de orégano. Apenas terminaba de mencionarlos cuando mi acompañante me dictaba números:
-11 49 03.5, 13 35 07.9, 17 26 12.4…-
No entendía por qué los números ¿Serían pasajes bíblicos? ¿Una escala para determinar el castigo eterno? Y no tenía mucho tiempo para pensarlo porque mientras iba llenando las hojas de la libreta, más recuerdos aparecían. Hasta que me vacié. No había más de mi vida que los números escritos en ese cuaderno.
Aún me quedaban la mitad de las hojas y fue cuando mi guardián me dijo:
-Ya quedaste vacía, ahora tendrás que llenarte. Pídeme, todas aquéllas cosas que te hubiera gustado vivir si no hubieras muerto._
Empecé con lo que no pude ver. La mano de mi bisnieta sujetar la de su padre, los perros que dejé solitarios tomando el sol en mi patio, las rodillas de mi esposo haciéndose pedazos por el desgaste, el cáncer avanzado de mi hija… Lo malo, lo triste, lo bueno, lo alegre, no reconocía nada y, sin embargo, me dejé llenar por las cosas de los vivos. Todo escrito con números.
Cuando la libreta se llenó, mi guardián me llevó a otro lugar. No era el cielo, no estaban ahí quienes quise y habían muerto, no había presencia de Dios, de ángeles o demonios. Era un cuarto oscuro con una ventana sin cristal por la que entraba luz. Frente a la ventana había un telescopio. Y en aquélla oscuridad que me inundaba, pude ver el universo que se extendía delante de mi ventana.
Esto fue lo que ocurrió después de muerte. Los números de mi libreta son coordenadas que me enseñaron a colocar en el telescopio y apuntar al lugar exacto, si uno lo hace bien, puede jugar con el tiempo para ver el pasado y el futuro. Así, me volví el ojo presente que recorrió mi vida y fui acompañante cuántas veces quise. Puedo regresar y observar las escenas a detalle, verme no sólo a mí, además al viento, la luz, la humedad y todas aquéllas presencias en el mundo. He sido testigo del deterioro del cuerpo y mente de quienes amé y a quienes no pude conocer. He estado ahí con los que me extrañan, he vuelto una y otra vez.
Después de todo es cierto que cuando uno muere se queda en los senderos por donde anduvo, en la esencia de las personas, en la soledad de sus animales y plantas. Y sólo después de eso aprendí la vida y fui la vida. Y no importa cuantas veces lo observe, siempre encuentro algo bello en ella.

Vanessa Arvizu, (Ciudad de México, 1985) Socióloga, comunicóloga, feminista y madre. Egresada de la licenciatura en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Sociología con especialidad en Sociología de la Educación Superior por la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que actualmente cursa el doctorado en Sociología. Ganadora del premio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) por la mejor tesis de maestría en 2016. Obtuvo mención honorífica en la categoría ensayo del Premio Dolores Castro 2019.
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