Por Verónica Alejandra Cruz Casas.
Mi madre había enfermado extrañamente, su comadre dijo que alguien le había hecho “mal de ojo”, porqué de la nada había comenzado a sentirse mal, quedando casi sin fuerzas; tanto que en una semana se había ido consumiendo poco a poco, se veía avejentada, seca, triste, realmente enferma, ya no se podía mantener en pie y lo peor fue que hasta dejó de hablar, su hermosa sonrisa había desaparecido y el brillo de sus ojos se había opacado.
Su comadre le había llevado varias hierbas para un té y un amuleto que le colgó al cuello, pero no mejoraba, decía que necesitaba que la curandera la viera, que iba a ir a hablar con ella para que al día siguiente visitara a mi mamá, yo no puede resistir verla así un día más y ese mismo día la llevé al hospital.
Los médicos la auscultaron y dijeron que tenía una deshidratación terrible además de que debían hacer análisis para saber qué otros males le aquejaban. Cuando llegaron los resultados del laboratorio me informaron que mamá estaba anémica en grado extremo además de tener muy bajos muchos niveles, por lo cual estaba descompensada. No lo podía creer, mi madre siempre se alimentaba muy bien y sobre todo adoraba las espinacas y otros vegetales, siempre había sido muy saludable, hasta ahora. ¿Y la deshidratación? Si ella era la que más agua bebía en la casa. ¿Cómo era posible que hubiera llegado a este estado así tan repentinamente?
Le pusieron suero con muchos medicamentos e incluso le dieron una transfusión sanguínea. Al segundo día del tratamiento le comenzó a volver el color a la cara y al fin pudo volver a hablar un poco.
Su comadre me dijo que cuando la fue a visitar, mi madre le habló muy bajito al oído:
—Por favor lleve la muñeca a la curandera, dígale que vea si ahí está el mal. Pregúntele a mi hija, que le indique donde esta; pero cúbrala bien. ¡Por lo que más quiera, no la vea a los ojos o puede caerle el mismo mal que a mí!
¿De qué mal hablaba mi madre? No lo sabía, pero conduje a la señora hasta su habitación. Al entrar sentimos mucho frío, era extraño, esa habitación siempre había sido la más cálida de la casa y no era época de frío. La luz de la vela que nos guiaba comenzó a danzar extrañamente, de pronto la llama creció muchísimo en una llamarada y así como creció un viento que no sé de dónde salió, la apagó. Como las cortinas se encontraban abiertas la habitación no quedó completamente a oscuras ya que entraba la luz de la Luna. Sobre la silla de la esquina se encontraba sentada una hermosa muñeca de porcelana antigua. Su cara era muy bonita, estaba pintada a mano, su cabello rubio y rizado estaba adornado por un par de moños a cada lado de la cabeza, tenía un vestido muy elegante con encaje de guipur francés. Había sido un regalo, no supimos de quién, llegó días después de que mi padre muriera repentinamente. Había estado guardada en una caja, pero apenas la semana pasada mi madre la sacó y al ver que era tan bonita la puso en su habitación.
La comadre le arrojó un rebozo encima, la envolvió con él y la metió en una bolsa con muchas hierbas y se la llevó. La entregó a la curandera quien no la quiso ni destapar, después de que la comadre le contara todo lo sucedido, la puso en el piso rodeada de pétalos de flores, cuarzos y velas blancas, saco un libro muy grande de donde leía y rezaba cosas extrañas. La roció con un líquido que olía a hierbas, de pronto la bolsa se comenzó a agitar como si tuviera un animal vivo en su interior y a echaba humo. La comadre de mi mamá se asustó tanto que quería salir corriendo del lugar, pero la curandera no se lo permitió, la tomó del brazo y le dijo:
—¡No! ¡No te muevas, no salgas de la zona de protección o el mal puede entrar en ti y consumirte como lo ha hecho con la pobre de Gertrudis! ¡Resiste, esto pronto va a terminar! —Ella no lo había visto pero estaban paradas dentro de un círculo de sal.
La curandera seguía haciendo oraciones mientras su ayudante aventaba líquidos, quemaba copal. La bolsa que contenía a la muñeca continuó echando humo, el cual fue en aumentando hasta que de pronto brotaron grandes llamas que la consumieron por completo junto con el rebozo, quedando al descubierto la muñeca sin el mínimo daño.
—¡Qué horror! — gritó la comadre
—¡Cierren los ojos! ¡No la vean! —Ordenó la curandera.
Le echó un líquido encima, era un preparado de hierbas con agua bendita y algunas partes de animales e insectos, mientras su ayudante continuaba con los rezos. La muñeca giraba rápidamente sobre sus pies, haciendo un ruido extraño como un chillido, las cosas que estaban colgadas en las paredes comenzaron a caerse. Los vasos que contenían a las veladoras se estrellaron y saltaron trozos de vidrios por todos lados. Intensificaron los rezos hasta que de pronto la muñeca se rompió en muchísimos pedacitos que salieron disparados, como si hubiera explotado. La curandera vertió un poco más del líquido sobre el polvo que quedó en el piso y este se fue desvaneciendo.
—Al fin nos hemos deshecho del mal! —La curandera había quedado exhausta. Ella sentía que había triunfado. Pero no fue cierto, ya que el mal no se había ido solo, se llevó a mi madre con él. La pobre falleció en el mismo momento que la muñeca se esfumó de la casa de la curandera.
Cuando el doctor me llamó a la habitación para decirme que mi madre había fallecido hacía unos minutos, no pude contener un grito de terror, ya que, al entrar a verla, encontré a mi madre tendida y entre sus brazos tenía a la muñeca.

Verónica Alejandra Cruz Casas, Ingeniera Geóloga mexicana. Autora de relatos, cuentos y minificciones de terror y fantasía como son “Fluido Vital” publicado por “La Sangre de las Musas”, 2016 en la “Antología Mexicana de Vampiros, Lobos y Zombies”. “Zombie americano en Haití” en la colección de cuentos de Terror “RelatoZ” de editorial NECRO, 2017. “Lo que el sismo nos dejó” en la Antología de relatos de Zombies en la CDMX “RelatoZ II” de editorial NECRO, 2020. “El gato y la aprendíz de bruja” en la antología “Perros y Gatos en un costal” en proceso editorial.
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