Historias de alacenas, vitrinas y macetas I El color amarillo de tus ojos al ver las hojas caer.

Por Arizbell Morel Díaz.

Por siempre recordaré el sonido sordo de las hojas al caer sobre el asfalto. La música del silencio que sobreviene al acercarse el otoño en la ciudad. El amarillento crujir de un millón de mudanzas a la vez; la metamorfosis constante de ver a las plantas perecer. 

Cuando era niña, me gustaba contar las baldosas al caminar:

Una, dos, tres…

Cuatro, cinco, seis…

Era como si al nombrarlas un pedazo de la ciudad me perteneciera, aunque fuera por tan sólo un segundo. 

Tal vez siempre he estado enamorada de lo efímero, fascinada por la fugacidad de una caída prevista. El descender teñido de amarillo, mil soles que explotan en mis oídos. 

Amarillo y no dorado, amarillo como el atardecer visto desde un edificio. Del mismo color que un semáforo cuando te dice que tengas cuidado. El amarillo no es la parálisis del rojo, ni la alegría vivaz del verde. El amarillo es un tiempo de espera, un elogio a la paciencia. Fascinante como las pausas, como los intermedios en donde se encuentra la verdadera vida. 

Fue en uno de estos amarillos días que me conocí. Ahí, en medio de un millar de hojas desvanecidas, junto a la banqueta de un parque, con un perro y un asiento de paso. Me detuve, al final de otra más de mis jornadas, contemplando que yo existía a pesar y por ese color, por el color de los crisantemos y los dientes de león. 

Como si me tratara de una achicoria amarga, el viento acariciaba mis cabellos (que no son dorados) como pidiendo un deseo a los susurros de la vida. Callada, escuchaba la música del silencio atravesar mi cuerpo y desgranarme una espora a la vez. 

Antes había creído que me trataba de un girasol, pero las equivocaciones son parte del ser humana. Los girasoles, a diferencia de mi ser, no se desvanecen sino que se secan cuando se cumple el ciclo de su existencia. 

Yo, con la habilidad de desgranarme en cientos de partículas que compartían y conformaban mi identidad. 

Yo, la única múltiple y repetible que el viento acariciaba para repartir como semillas que contienen la esperanza de crecer. 

Nunca fui un girasol, ahora lo sé.

Porque los girasoles levantan la cabeza buscándolo a él. Los girasoles toman su nombre del mismo astro y su existencia se basa en un seguir acompañado. 

Los girasoles, con todo su esplendor y popularidad, llegan a pecar de ingenuidad. 

Los dientes de león no.

Los dientes de león nos desgranamos sin más razón que los deseos y anhelos de la naturaleza. Nos repartimos con la esperanza de resurgir para volvernos a quemar en un millón de piezas placenteras. 

Aunque es verdad que nadie elige ser diente de león o no. 

Entonces allí me encontraba, sentada o parada con los cabellos sueltos y una bufanda rojiza con caramelo cubriendo mi garganta. Por fuera, yo no era amarilla. 

Por fuera, era de mil colores y de ninguno a la vez. Mi exterior camaleónico como la ciudad que me envolvía en edificios de cristal cual noche estrellada interminablemente diurna. 

Pero en mi interior, yo quería ser tan solo amarillo. 

Amarillo, amarillento, como el líquido de las tazas de café más virgen que pueda existir.

Amarillo que para muchos es enfermedad o locura, pero no para mí.

Porque cuando nací, mi madre me cubrió en una manta de este mismo color que ella había bordado y tejido desde el inicio de mi concepción.

Cuando crecía, el amarillo me iba persiguiendo, solo que yo no lograba escucharlo embelesada por el ruido de mi existir hasta ese momento. 

¿Por qué no podía ser amarillo también el mar, que es siempre tan femenino?

El océano que se revuelve en su interior en ciclos que no tienen finitud pero que cambian constantemente su curso con el viento.

El mar también es un diente de león aunque no lo sepa. 

Por eso, puedo decir que me conocí en una tarde amarillenta en un parque cualquiera. Y cuando pasó, el mundo seguía girando, los perros ladrando, los gatos caminando, la gente bebía café y los niños pedían paletas cuando las niñas jugaban en interminables resbaladillas de plástico y amarillas. 

Así, finalmente, comprendí la diferencia entre un girasol y un diente de león. 

Arizbell Morel Díaz

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora.
También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021) y “Barista” (2021).

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