Por María Fernanda González Lozada
«Creo que será verdaderamente glorioso cuando las mujeres sean personas realmente auténticas y tengan todo el mundo abierto a ellas.»
Karen Blixen
La historia detrás del libro, desde sus inicios por medio de los códices o libros pintados –de acuerdo a cada cultura–,1 hasta la llegada del libro impreso, gracias a la invención de la imprenta, ha sido tema de suma importancia dentro de los estudios historiográficos. Críticos como Tomás Granados o Gregorio Weinberg, recuerdan a: Juan Cromberger, Giovanni Paoli (más tarde sería conocido como Juan Pablos), Pedro Ocharte y Bernardo Calderón; figuras insignes en el medio de la impresión en Hispanoamérica. Sin embargo, la cuestión que motiva el presente estudio es: ¿dónde están las mujeres en la historia del libro? Poco se escucha hablar de ellas, dado que, su labor y conocimiento se ha visto ofuscado a causa de la relevancia que se les ha brindado a los hombres. Es momento de esclarecer y reconocer el trabajo de las impresoras establecidas en México y España durante el periodo virreinal.
Si bien, la imprenta innovó la manera de transmitir conocimiento –primero en Europa y más tarde en el resto del mundo–, en un principio se creía que no podría llegar a tener la importancia que adquirió con el paso de los años. Debido a la escasez de información convincente, la historiografía sugiere situar la llegada de la imprenta a México en 1539, año en el que se tiene registro de la primera obra impresa: Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana,2 autoría del obispo Juan de Zumárraga y salida de las prensas de Juan Pablos.
Con el tiempo, diversos impresores decidieron establecer sus imprentas, ya que era muy común que familias enteras se dedicaran a la impresión es posible que cada uno de los integrantes tuvieran conocimientos, amplios o específicos, sobre las tareas a realizar dentro de los talleres de impresión. Al mencionar “familias enteras” implica también la participación de las mujeres, y a pesar de que muchas de ellas intervinieron en las labores del oficio se cuentan con muy pocos registros que consideren su trabajo de impresoras, puesto que los bibliógrafos e historiadores han ignorado completamente su presencia en los talleres tipográficos, como ya lo ha señalado Marina Garone Gravier y Albert Corbeto López (2011, p.104).
Resulta crucial aclarar dos aspectos, en primer lugar la expresión “impresoras” abarca una gran cantidad de tareas desempeñadas en los talleres de impresión, realmente no se poseen datos exactos que confirmen la intervención directa de las mujeres en cuanto al funcionamiento de las prensas, en cambio se cuenta con material que confirma su contribución económica e intelectual. Incluso, como es el caso de Isabel de Basilea, –una de las primeras mujeres en el arte de la tipografía en España–, además de las muchas otras tareas que realizaba en su taller, también se dedicaba a la elaboración de tinta para la imprenta.3
Por su parte, no se aceptaba la idea de incluir a la mujer dentro del campo educativo, pero no es sino hasta el siglo XVI que se le contempla dentro de las actividades literarias, no obstante, estas serían limitadas, principalmente porque sólo se tomaban en cuenta las mujeres de familias acomodadas; por otro lado estaban asignadas a la sola tarea de la lectura, más no al de la escritura. Además, sus lecturas estaban confinadas al dominio religioso y del entretenimiento, a manera de fortalecer su espiritualidad, conservarlas y restringirlas dentro del espacio privado o doméstico, para evitar el descuido de sus hogares. Sin embargo, se tiene información de mujeres inmersas en el trabajo de impresión desde el siglo XV.
Durante el periodo existió una gran tendencia a establecer los talleres tipográficos en las casas de las familias que se dedicaban a la impresión y de no ser así, por lo menos no estaban muy alejados de sus domicilios, lo que permitía que las mujeres estuvieran activas a las tareas requeridas por la imprenta sin que sus labores domésticas se vieran descuidadas. Muchas de estas mujeres estuvieron en constante contacto con las labores tipográficas desde que eran pequeñas, si bien muchas heredaron los negocios de sus maridos, otras más crecieron en familias expertas en el oficio y heredaron los talleres de sus padres.

Como ya se menciona, el campo laboral de las impresoras era muy amplio, se dedicaban a la encuadernación, la ilustración, incluso se cuentan con algunos prólogos realizados por ellas. Es el caso de Jerónima Galés, mujer que poseía un amplio bagaje cultural y que intervino arduamente en la dirección de su imprenta en Valencia y de la cual salieron obras de suma importancia como Crónica del Rey En Jaume, impresa aproximadamente en 1557, dicho libro fue considerado “uno de los modelos más perfectos y magníficos de la tipografía del siglo XVI.” (Garone, 2011, p.111). Asimismo, de ella se conoce un prólogo de un libro; como también un soneto que publicó en los preliminares de la obra El libro de las historias del autor Pulo Jovio. (Figura 1)
Ahora bien, otra situación recurrente en cada una de las impresoras era que la mayoría firmaban como “Viuda de…”, “Taller de la viuda de…”, “Herederos de…”, y eran inusitados los casos en que las impresoras firmaban con su nombre propio, probablemente estaría relacionado con la importancia de mantener el nombre de sus maridos para obtener un mayor reconocimiento en las relaciones comerciales. No obstante, la crítica también ha sugerido que puede deberse a las condiciones sociales en las que se colocaba a las mujeres durante el Antiguo Régimen.
María de Sansoric o Sansores, es un ejemplo de las impresoras que tuvo complicaciones en el ámbito tipográfico debido a su condición de mujer. Se considera que lideró la imprenta de su marido Pedro Ocharte (tercer impresor en Nueva España) en dos periodos: el primero fue en 1572, cuando este junto con Juan Ortiz fue encarcelado durante dos años debido a que la Inquisición los acusó de luteranismo. Posteriormente, en 1592 a causa de la muerte de Ocharte, María de Sansoric vuelve a estar al frente de la imprenta. Se conoce una carta del primero de marzo de 1572, redactada por Diego Sansores –hermano de María de Sansoric y quién la habría apoyado a sustentar la imprenta durante la ausencia de su cuñado–, en la cual, dirigiéndose al inquisidor solicita su apoyo para intimidar a los negros que ayudaban en la imprenta, justificó su petición con lo siguiente: “porque como ven a mi hermana sola, se dan poco por ella por ser mujer.” (Cit. por Marina Garone Gravier, 2006, p.8. El resaltado es mío).
En cuanto a las pocas mujeres de las que aparece su nombre en los colofones de los impresos salidos de sus prensas se encuentra: María de Quiñones, de la cual se tiene un registro de doscientas obras impresas en su taller, entre ellas destaca la primera edición del Quijote (1605), entre otras obras de Miguel de Cervantes. En un principio aparecía el nombre de su esposo Juan de la Cuesta; sin embargo se considera que la participación de su marido fue muy breve, ya que pronto –a finales de1607–, renunció a la dirección de la imprenta y salió de la ciudad; a pesar de ello, su nombre siguió imprimiéndose en los colofones hasta 1627. Más tarde, en 1633 es cuando comenzó a aparecer el nombre de María de Quiñones hasta 1666, tres años antes de su muerte. De igual manera es importante reconocer a María Ramírez, pero su nombre solo se verá en Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras, impreso en 1600, de ahí en adelante firmó como viuda de Juan Gracián.
Paula de Benavides, quien junto con su marido Bernardo Calderón fundó la dinastía de impresores más conocida en México: los Calderón-Benavides, que más tarde, con el matrimonio de María de Benavides –hija de Paula de Benavides y Bernardo Calderón– y Juan de Rivera, pasarían a ser Rivera-Calderón. Más tarde tendrían dos hijos Miguel y Francisco de Rivera Calderón. Ahora bien, al fallecer el primero de los Calderón la labor de Paula de Benavides fue muy importante, en 1641 comenzó a firmar las obras; obtuvo grandes logros y privilegios en el mundo tipográfico como: la impresión de cartillas y doctrinas, tanto en la Ciudad de México como en Puebla. A partir de 1649 fue impresora del Santo Oficio; estuvo activa hasta 1684, año en el que la muerte le arrebato el entusiasmo con el que trabajó la imprenta durante cuarenta y tres años.
Antes de concluir y dentro de la misma línea genealógica de los Rivera-Calderón, es preciso mencionar el trabajo de María Candelaria de Rivera, hija de Gertrudis Escobar y Miguel de Rivera, quien sucedió a su hermana mayor María Francisca. Trabajó la imprenta junto con su sobrino Jacinto de Guerra, a la muerte de este, en 1722, el taller pasaría a ser dirigido solo por ella. De sus prensas salieron desde obras menores hasta libros científicos como Cursus Medicus Mexicanus, de la autoría de Marco José Salgado y uno de los primeros libros médicos impreso en América. De igual manera, en 1722 imprimió la primera serie de la célebre Gaceta de México.

A saber, no fue posible englobar a todas las mujeres participes en los talleres tipográficos; sin embargo, este estudio tiene el fin de plasmar un panorama al respecto y, así, dar pauta a la apertura de nuevos estudios que reconozcan la labor de todas y cada una de estas mujeres, tanto en el resto de países de América y Europa, como también en diferentes épocas. A pesar de que en la actualidad se han redactado artículos sobre el tema, todavía se cuentan muchos casos aislados, ya que la crítica especializada no le ha puesto la atención requerida; simplemente en cuanto a las impresoras durante el virreinato se contabilizan catorce impresoras (Figura 2) y es posible que las mujeres dentro del ámbito tipográfico sean muchas más de las que se tienen registros.
Notas
1 Dentro de la cultura mexicana, Tomás Granados en su obra Libros sugiere que los llamados “códices mexicanos” no debían ser nombrados de dicha forma, puesto que estos se acomodan en forma de biombo, muy distinto que los códices que se conocían, así que lo más apropiado es llamarlos “manuscritos figurativos” o “libros de pinturas”, por su parte Gregorio Weinberg los localiza como “libros pintados”. V. Granados, Tomás. “Viejos libros de aquí y de allá”. Libros. Pp.25-58.
2 Gregorio Weinberg en su obra El libro en la cultura latinoamericana sugiere un título más extenso: Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana, que contiene las cosas más necesarias de nuestra fe católica, para aprovechamiento de estos indios naturales y salvación de sus ánimas.
3 Estuvo inmiscuida en diversos problemas legales, esto sirvió para demostrar todas las tareas que realizaba en su taller, una de esas situaciones fue la que dejó al descubierto que en el patio de su casa se dedicaba a la elaboración de tinta para su imprenta.
Bibliografía
Beltrán, Luz del Carmen. Mujeres impresoras del siglo XVII novohispano en México”. Fuentes Humanísticas, 48 (2014): 15-28.
Corbeto, Albert y Marina Garone Gravier. “Huellas invisibles sobre el papel: las impresoras antiguas en España y México (siglos XVI al XIX)”. Revista de historia 17, 2 (2011): 103-123.
Garone, Marina. “Herederas de la letra: Mujeres y tipografía en la “Nueva España”. Redacción VTD. (Marzo 2006).
——————. “Impresoras hispanoamericanas: un estado de la cuestión”. Butlleti de la Reial Academia de Bones Lletres de Barcelona LI, (2008): 451-471.
——————comp. Las otras letras. Mujeres impresoras en la biblioteca Palafoxiana. Museo Biblioteca Puebla Palafoxiana, Puebla, 2008. P.80-84.

María Fernanda nació una tarde de marzo en la Ciudad de México, mujer de nombre fuerte. Fue criada bajo el seno de mujeres valientes, quienes la motivaron a no espantar sus sueños con el “yo no puedo”. Actualmente estudia la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana la “casa abierta al tiempo”. Es amante de los gatos, se identifica con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Comenzó a colaborar en La Coyol Revista en mayo de 2021 con el artículo «Yo nací libre: el desengaño del “amor romántico” en el Quijote». Su tiempo libre se lo dedica a la pintura y a la fotografía.
IG: @brujad_elmar
