Fragmentos sobre nuestro nombre secreto

Por Nitz Lerasmo

I

Una sentencia tatuada en las entrañas de un fruto agridulce y prohibido. Degustar aquel fruto nos inició en las visiones del saber esotérico, del conocimiento oculto. Desnudas, nos arrojó a la envidia y a la maledicencia que sufren todas las iniciadas en una aldea de profanos.

II

Grabaron en nuestra memoria la sangre como un castigo. Pero el rubí líquido era un don de vida que fluía, río indómito, entre los muslos.  No quisieron mirar de qué leche se nutrieron y por eso, tras veladas sedas, ocultaron nuestros senos.

III

El odio que otros nos profesaron se volvió una costumbre que terminó por asentarse en nuestras cabezas. El Dios de nuestros amos nos declaró obscenas y voluptuosas. Tuvimos que cubrir nuestros cabellos frente a ellos para no despertar su lujuria. Poco a poco, nuestro cuerpo emuló la forma de la jaula en la que estábamos encerradas.

IV

Hartas de la inmundicia y perversidad que nos adjudicaron, renegamos y maldijimos nuestro cuerpo de mujer que sólo servía como receptáculo de simientes. Piedra en mano, rompimos el espejo que reflejaba nuestra nítida imagen.

V

Soportamos el miserable ultraje y la humillación que lacera la carne del alma. Soportamos, aprendices de aves fénix, las llamas que calcinaron nuestros duros huesos. Soportamos la culpa imputada a la inocente. Y contemplamos la coronación universal del culpable.

VI

Mudas, retornamos a nuestras alcobas para adornar con lágrimas el espejo fragmentado.

Tratamos de unir las piezas, de reconstruir lo destruido. Pero ninguna pieza encajó porque ya habíamos aprendido el varonil arte de despreciarnos entre nosotras.

VII

Las raíces del tiempo se expandieron en todas las direcciones, y el mundo continuó su cortejo fúnebre. Mientras tanto, fuimos vejadas una y mil veces más, calumniadas y ahorcadas por las manos de hierro que nos esposaron. Morimos plagiadas y anónimas, sepultadas en una tumba sin fecha, en un cementerio custodiado por el cielo nocturno.

VIII

Pero cuanto más fuimos odiadas, más nos volvimos temerarias y desobedientes. Nos convertimos en sirenas devoradoras de náufragos. Y entonces, en la oscuridad de la sospecha, aprendimos a adorarnos como se adoran a las antiguas diosas de arcilla desenterradas y redescubiertas.

IX

Con la goma de las estrellas caídas, unimos las piezas del espejo fragmentado. Reconstruimos la imagen, emblema de nuestro rostro. Nos empeñamos en resucitar la memoria. Incendiamos la bandera del olvido que se había erguido en el territorio de nuestro cuerpo. Emprendimos la búsqueda del nombre que nos arrebataron.

X

Y cuando el espejo estuvo listo, acariciamos nuestra imagen reflejada. Besamos aquellos senos y el consagrado monte de Venus. La imagen cobró vida y salió del espejo para amarnos cuerpo a cuerpo, entre iguales. Para amarnos entre cómplices del útero primigenio, el anhelado fruto que porta nuestro nombre secreto.

Publicado por Nitz Lerasmo

Autora de Miniaturas para una casita de muñecas (La Tinta del Silencio, 2021).

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