Bajo el sol del mediodía, como cactus, sin poder
moverme por exceso de calor.
Sobre la tierra, encajada como piedra, sin esperanza
de quedar libre para rodar.
Frente al mar, perdida entre las arenas, una sola,
pequeña, sin saber nadar.
Al lado de la montaña, sin raíz, en un añejo tronco
húmedo de invierno que ya no cobija y que por las
noches suele crujir.
Dentro del agua que llueve, a ratos descalza, a ratos
inmóvil y a ratos cansada.
No atino a mover los pies para echar a andar.
No me responden las alas, no tengo aletas, no
encuentro muletas, no hay una rama que me sirva
como bastón.
Estoy varada
inmovilizada por el miedo, el viento, el agua…
y un diminuto monstruo que se me instaló en la piel.
FLORES ENCENDIDAS: Varada
