Memorias de la luna azul | Lágrimas de luna I

por María Fernanda Vázquez Castillo

“Lágrimas de luna” es el título de una recopilación de relatos que buscan evocar sentimientos, en la medida en que se sabe que se trata de emociones complejas, pero a la vez tan simples. Debo, antes que nada, proclamarme una principiante que ama escribir relatos; con esta serie, que yo misma desconozco si será larga o no. Espero ayudar crecer, envolver y suscitar mucho a quien decida leerme. 

Los sentimientos son algo difícil porque se enredan entre ellos dejándonos conocer la capacidad de sufrir y extrañar al mismo tiempo; de sonreír con dolor; de amar, pero también de dejar de hacerlo… 

Lágrimas de luna

I

Escuché la voz lejana del interlocutor en la radio. La interferencia me llevó a años pasados en los que el ambiente se inundaba por la calidez del Sol, que acompañado de la brisa se abría paso entre los sueños de la gente y le daba una bienvenida a la mañana. Extrañé la sensación del viento contra mi nariz, que por consecuencia del frío, se pintaba de rosa; ahora, con el cálido roce del café contenido, mis labios se retorcían anhelantes por el aroma  que nunca volverían a saborear. Escuché mi nombre, después el timbre del extraño teléfono abarcó repentinamente todo el cuarto, donde antes había un vacío reconfortante, ahora se encontraba un nervio acelerado. Fue entonces que recordé. 

Recordé que preparaba su café y que desprendía los olores que ahora me acompañan todas las mañanas; recordé el sabor de la jalea pegajosa entre mis dedos y la risa que llegaba a casa acompañada del tintineo de la campana de viento que yacía oxidada en un rincón entre cajas de recuerdos que se negaban a dejarme; recordé la calidez, la añoranza y locura que adornaban las charlas nocturnas, que solían ser testigo de las nubes de humo que parecía entretejer el ambiente de profecía; recordé que el título de la canción que se anunciaba en la radio como una dedicatoria ya me había sido regalada, entre flores silvestres y un susurro en mi oído, con voz desafinada y nerviosa me dijo que esa melodía era mía. 

De pronto también recordé el cobijo de mis lágrimas en las últimas noches de dolor, la indiferencia que me provocaba escuchar mi canción favorita haciendo eco entre las paredes mientras me cubría el desliz del agua en la bañera. Una presencia que no estaba y dolió, repentinamente regresaba a este lugar intangible. 

Esperaba nervioso escuchar su voz en la línea. A su lado, la radio parecía ser su acompañante intrigosa, juntos aguardaban lo que parecía ser su veredicto final. El sentimiento desbocado se enmarañaba en el centro de su dolor, no era posible señalarlo ya que parecía pasear entre todas las venas de su cuerpo sin descanso. Sonó el tercer llamado y escuchó, después de un chubasco de sentimientos, su voz. Ante un entrecortado saludo, que para el interlocutor no expresaba nada y para el fue el fin de todo, recordó. 

Recordó memorias que regresaban a él en forma de tortura, por un lado, de consuelo, por otro. Sufría una ausencia, pero le deleitaba el dulce sentir que arropaba su mente como un recuerdo irrecuperable que, sin embargo, sí existió; recordó como le preparaba una infusión de menta que ella nunca consiguió igualar, la llevaba a su escritorio discreto, y con un beso en su coronilla partía, ahora quedaban besos entremezclados en esas memorias borrosas que el tiempo tiñó de nostalgia; recordó que ella leía en voz alta, él sólo escuchaba, al principio escondido detrás de la repisa de su estudio; él no sabía que en realidad nunca fue un secreto, ya que lo vio, entre intentos torpes de no tirar nada, desde la primera vez. 

El locutor aguardaba una respuesta, ansiaba decir que lo conocí y de esa forma poder escuchar de nuevo aquella canción que guardé en un cajón etiquetado con la leyenda de “las memorias más dolorosas de una vida”; deseé abrirlo y quemar con lágrimas el súbito ataque de una vida que ya no me pertenecía. Di una negativa al locutor que le había interrogado antes, «No soy ella», articulé.  Colgué el aparato. 

Tendría que olvidar el sabor de la menta, así como el de todas las cosas del mundo al que ya no pertenecía; esa canción ya no era suya y él ya no la escucharía leer en voz alta. 


“Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, pero ahora vivo en el estado. Actualmente tengo 18 años y soy estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM.

Desde pequeña tuve un interés por la literatura, principalmente por la creación, más adelante por su estudio. Es por ello que con el paso de los años he buscado mejorar mi estilo de escritura para mostrarlo a los demás.”


De recuerdos, aventuras y reflexiones|El resonar de la memoria

Por Tania Farias Sucedió durante una actividad simple, del cotidiano: deslizaba con flojera las imágenes de mi Facebook. Un ícono en lo bajo de la pantalla me informó que tenía notificaciones pendientes. Una de ellas era el recuerdo de un verano pasado. Había sido un viaje familiar en el que tuvimos la fortuna de disfrutar…

Lágrimas de purpurina y dagas de seda: El Evangelio según el Esquema Fenicio

Enola Rue En el universo de Wes Anderson, los personajes a menudo actúan con una rigidez que parece desafiar la espontaneidad humana. No lloran, se marchitan con elegancia; no mueren, se vuelven estatuas de su propio legado, una resistencia contra el desorden del mundo. Sin embargo, en el Esquema Fenicio esa resistencia ha mutado en…

El ojo de Lya | Ascenso y caída: John Galliano

Por Liana Pacheco Se sabe que el mundo de la moda es superficial, consumista, gordofóbico y con otros vicios. Sin embargo, como bien dice Miranda Priestly, nuestras decisiones de vestimenta no nos eximen de la industria de la moda. Personalmente me adentro en los diseñadores: sus conceptos de creación, qué los inspira y lleva a…

La anatomía del cristal y la rabia

Enola Rue La pérdida no es un muro que se levanta de golpe, sino una habitación que, de pronto, se queda sin muebles. Al principio, entras y buscas instintivamente dónde sentarte, dónde apoyar la mirada, pero solo encuentras el espacio desnudo. Al final, lo que perdemos se convierte en una forma de arquitectura interna. Yo…

Domingos en los que no me encuentro…

Por Shaila Ricardez Los domingos son frustrantes porque atraen la nostalgia Se suben sobre la espalda como un débil caracol No les preguntes por quién se ha ido o por quién vendrá Pues bien, callados, se mantendrán.  Los domingos te dejan colgado con los brazos abiertos, Te susurran al oído: “miento, miento, miento”  Jamás te…

NIÑA Y LLUVIA.

Por Patricia Navarro Remanso de húmedos dedos bajan por mi piel, mi rostro, en calma calores viejos, chipi, chipi de andariego. Lluvia…. Mojas a escala emoción, y mis pies entre el pataleo cuaz, cuaz, cuaz de veraneo forman notas de canción. Lluvia… Pareja luz cristalina, flip, flip, flip, de tornasoles tan lejos caen secundinas luego,…

¿Qué piensas?

Por Marina Areta Me pregunto  cuando mis ojos como noches se acercan a tu bosque curiosos, se empeñan en deshojarlo.  ¿Verás mis paisajes? ¿Seré otra piel sin importancia? ¿O haces mapas de mis lunares?  Ya me abriste un dejo de tu follaje, vi la sombra que atesoras, esa que habita un rincón de tu mente…

Mamá Soltera

Por  Justina Melba Benitez Caballero Que importan los rumores Que importa lo que digan Total el cielo y tú saben Que lo hiciste por amor. Nadie dijo que era fácil Ser una mamá soltera Haz de cumplir con dos roles Ser padre y madre a la vez. Debes ser siempre valiente Para enfrentarte al mundo…

Apuntes entre… Chamanes y Miedos

Por Jenniffer Zambrano Leí Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la nueva novela de Mónica Ojeda, y, entre todo lo que ocurre en la narración, hay un momento que permanece en mi cabeza: la imagen de un agujero formado a causa de las balas. Ojeda poetiza al respecto, diciendo que de él brota luz…

Se ha producido un error. Actualiza la página y/o inténtalo de nuevo.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

Deja un comentario