Con ternura, para ti | A la hora de la cena.

Por Maria Daniela Ortiz Soriano

Decía la mamá de mi amiga Dulce que el secreto de una familia unida se encontraba a la hora de la cena. “Una buena cena une a la familia, porque al final de los días, lo único que te queda es la familia” o eso solía decirle su mamá mientras Dulce le ayudaba a cocinar. 

A mí me parecía una tradición familiar muy linda y admiraba a su madre por su labor de mantener a la familia unida en tiempos tan difíciles, pero estaba equivocada ya que la familia de Dulce estaba muy lejos de ser una familia unida. La realidad era que ambas, Dulce y su mamá, eran víctimas de un abuso sutil y silencioso: la violencia pasivo-agresiva del hogar. 

Tardé muchos años en notar las heridas emocionales de mi amiga y su madre, ese tipo de heridas no dejan huellas tan visibles como las que dejan los golpes, y mucho menos sospechaba que su padre tan responsable, ahorrador, que fue parte de su infancia y crianza, fuera su agresor. Pero la verdad suele ser así de increíble. 

El padre de Dulce era un hombre admirado entre sus colegas de trabajo, pues toda su quincena se la entregaba íntegra a su esposa y dejaba que ella administrara el dinero para el hogar y crianza de su hija. “Un hombre responsable, serio y buen padre” y esa era la imagen que yo también tenía de él.

Admiraba la figura paterna que mi amiga había tenido, porque era un padre que no la había abandonado y que tampoco gastaba parte de su quincena en alcohol o demás vicios, como suelen serlo la mayoría de los padres en México, mi país. Pronto entendí, al escuchar la historia de mi amiga, que cumplir con las obligaciones paternas básicas no debe ser razón de enaltecimiento y justificación de demás abusos cometidos. 

El padre de Dulce nunca le levantó la mano y mucho menos la voz, pero si la inmovilizaba con la mirada helada que poseía, con la sutil manipulación que ejercía sobre ella y su madre haciéndolas dudar de su propia inteligencia, las llenaba de inseguridades con discursos donde las culpaba de su mal humor y las castigaba con la “ley de hielo” donde fingía que no existían si alguna de ellas se atrevía a defenderse de sus insultos, expresar que no estaba de acuerdo con él o mostrar alguna lágrima. Mi amiga Dulce aprendió de su padre que no puede confiar en ella misma porque es demasiado torpe y que si llora no es digna de respeto. 

Así es la violencia pasivo-agresiva, parece una simple discusión con alguna persona terca, pero en realidad es una manipulación tan peligrosa que puede llenarte el alma de ansiedad, como le pasó a mi amiga Dulce, o puede consumir tu vitalidad y hacerte sentir responsable de la felicidad de todos, como le pasó a la mamá de mi amiga, que noche a noche insistía en sentar a los miembros de su familia (Dulce, su madre y su padre) a la mesa para continuar la farsa de “la familia unida hasta el final de los días”, negando la violencia que día a día las golpea emocionalmente y consume su luz. 

Mi amiga Dulce calló su dolor muchos años, porque creía merecerlo al sentir un odio hacia su padre y la forma en que la hacía sentir. En su pensamiento no cabía la idea de odiar a un miembro de su familia ya que “al final de los días, lo único que te queda es la familia” como le recordaba su madre, cuando le ordenaba tratar siempre con ternura a su padre. La culpa de no querer fallarle a su familia se apoderó de mi amiga tantos años, que aún con ayuda psicológica, cree ser merecedora de ese dolor. La violencia pasivo-agresiva te llena de culpas e inseguridades.

Cuando mi amiga buscó ayuda, lo primero que le dijeron fue “aléjate de las personas que te hacen sentir mal contigo misma”, entonces entró en una encrucijada: cuando es tu propio padre, el que un día se alegró por tu nacimiento, o cualquier otro miembro de tu familia al que amas, ¿cómo puedes alejarte de ellos sin que se te rompa el alma? Tal vez no haya una respuesta que no implique un proceso largo y algo doloroso, pero sí creo que nada justifica que te hieran, y también creo que cumplir con sus responsabilidades, no exenta a los padres de ser responsables del abuso emocional, físico o psicológico que lleguen a ejercer a sus hijos, ni te obliga como hija demostrar ternura, respeto y sentarte a cenar con quien te hace sentir insuficiente. 

Mi amiga Dulce y su mamá actualmente se mantiene unidas, curan sus heridas entre ellas, se han dado cuenta que merecen amor y respeto, y que no son responsables de la felicidad ajena.

A ti que estás leyendo estas palabras, te pido que tengas cuidado, porque la violencia pasivo-agresiva es más común de lo que piensas dentro y fuera del hogar. Un amigo que se burla de tus inseguridades para mantenerte a su lado, una pareja que niega el daño que sus actos te causan, o incluso uno de tus padres que te ordene no llorar, puede ser quien te esté violentando, haciéndote dudar de ti misma, llenándote de miedos y culpas, pero no estás sola y eres más valiente de lo que crees.

Recuerda, no tienes que sentarte a cenar todas las noches con quien te hiere.

Con ternura, para ti. 


Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas. 


De recuerdos, aventuras y reflexiones|El resonar de la memoria

Por Tania Farias Sucedió durante una actividad simple, del cotidiano: deslizaba con flojera las imágenes de mi Facebook. Un ícono en lo bajo de la pantalla me informó que tenía notificaciones pendientes. Una de ellas era el recuerdo de un verano pasado. Había sido un viaje familiar en el que tuvimos la fortuna de disfrutar…

Lágrimas de purpurina y dagas de seda: El Evangelio según el Esquema Fenicio

Enola Rue En el universo de Wes Anderson, los personajes a menudo actúan con una rigidez que parece desafiar la espontaneidad humana. No lloran, se marchitan con elegancia; no mueren, se vuelven estatuas de su propio legado, una resistencia contra el desorden del mundo. Sin embargo, en el Esquema Fenicio esa resistencia ha mutado en…

El ojo de Lya | Ascenso y caída: John Galliano

Por Liana Pacheco Se sabe que el mundo de la moda es superficial, consumista, gordofóbico y con otros vicios. Sin embargo, como bien dice Miranda Priestly, nuestras decisiones de vestimenta no nos eximen de la industria de la moda. Personalmente me adentro en los diseñadores: sus conceptos de creación, qué los inspira y lleva a…

La anatomía del cristal y la rabia

Enola Rue La pérdida no es un muro que se levanta de golpe, sino una habitación que, de pronto, se queda sin muebles. Al principio, entras y buscas instintivamente dónde sentarte, dónde apoyar la mirada, pero solo encuentras el espacio desnudo. Al final, lo que perdemos se convierte en una forma de arquitectura interna. Yo…

Domingos en los que no me encuentro…

Por Shaila Ricardez Los domingos son frustrantes porque atraen la nostalgia Se suben sobre la espalda como un débil caracol No les preguntes por quién se ha ido o por quién vendrá Pues bien, callados, se mantendrán.  Los domingos te dejan colgado con los brazos abiertos, Te susurran al oído: “miento, miento, miento”  Jamás te…

NIÑA Y LLUVIA.

Por Patricia Navarro Remanso de húmedos dedos bajan por mi piel, mi rostro, en calma calores viejos, chipi, chipi de andariego. Lluvia…. Mojas a escala emoción, y mis pies entre el pataleo cuaz, cuaz, cuaz de veraneo forman notas de canción. Lluvia… Pareja luz cristalina, flip, flip, flip, de tornasoles tan lejos caen secundinas luego,…

¿Qué piensas?

Por Marina Areta Me pregunto  cuando mis ojos como noches se acercan a tu bosque curiosos, se empeñan en deshojarlo.  ¿Verás mis paisajes? ¿Seré otra piel sin importancia? ¿O haces mapas de mis lunares?  Ya me abriste un dejo de tu follaje, vi la sombra que atesoras, esa que habita un rincón de tu mente…

Mamá Soltera

Por  Justina Melba Benitez Caballero Que importan los rumores Que importa lo que digan Total el cielo y tú saben Que lo hiciste por amor. Nadie dijo que era fácil Ser una mamá soltera Haz de cumplir con dos roles Ser padre y madre a la vez. Debes ser siempre valiente Para enfrentarte al mundo…

Apuntes entre… Chamanes y Miedos

Por Jenniffer Zambrano Leí Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la nueva novela de Mónica Ojeda, y, entre todo lo que ocurre en la narración, hay un momento que permanece en mi cabeza: la imagen de un agujero formado a causa de las balas. Ojeda poetiza al respecto, diciendo que de él brota luz…

Se ha producido un error. Actualiza la página y/o inténtalo de nuevo.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

Deja un comentario