La Miscelánea | De travestismo, la monja Alférez y Mulán

Por Fernanda Loé

 El travestismo es un tema del que se tiene mucho que decir en la actualidad, por lo que pareciera haber surgido hace no mucho tiempo, sin embargo, eso no es totalmente cierto, aunque lo pensemos así por la importancia que han cobrado en las últimas décadas palabras como inclusión, diversidad y representación. Por lo tanto, me propongo abordar ejemplos más tempranos del travestismo, específicamente de la Edad Media, para que viajemos al pasado y nos demos cuenta de que los temas que hoy discutimos, no nacieron ayer. Como consideración extra es necesario trazar una línea entre el travestismo femenino y el masculino, siendo el primero el que me interesa en esta ocasión. 

Para comenzar hay que partir de la idea conjunta de lo que es el travestismo. Hoy en día lo entendemos, a grandes rasgos, como la acción de vestirse con ropa del género opuesto, por lo que forma parte de la identidad y expresión de género. Sin embargo, esa no es la única definición que la palabra ha tenido. En la Edad Media se clasificaba al travestismo dentro de lo que se conoce como pecado nefando. 

El pecado nefando era cualquier acción (aplicaba también a personas) indecorosa, que puede resultar perversa, abominable o vergonzosa por ir contra las buenas costumbres, la moral y la ética. Dentro del pecado nefando, además del travestismo se consideraban otras acciones como zoofilia, homosexualidad, bestialismo, masturbación y sodomía, cada una con sus subdivisiones. 

Y aunque nos parezca una definición antigua, existen otras actuales no tan lejanas, como la del Manual Merck de diagnóstico y terapia (MSD por sus siglas en inglés) que considera al travestismo como una forma de fetichismo y a su vez un tipo de parafilia más común en hombres que en mujeres. Visto claro, desde la psicología. 

Aunado a esto, en la Edad Media existía otra razón por la que el travestismo era condenado, además de lo ya mencionado. Se creía que originaba confusión en relación al “estado” y a la “calidad”, puesto que el estamento al cual se pertenecía debía ser siempre expresado públicamente marcado por la vestimenta apropiada. 

Es decir, no solo era una desviación a la norma debido al pecado nefando, que abarcaba el ámbito sexual, también representaba una falta al orden de vestimenta, la cual reflejaba la posición social y por lo tanto el nivel al que se pertenecía. Recordemos qué tan importante era esto pensando en las pinturas de castas en las que claramente se hacía una división dependiendo el estrato demostrando lo que podía y debía vestir cada nivel de acuerdo a su poder económico y social.

Una vez que sabemos la definición de travestismo en la Edad Media, podemos entrar de lleno a los diferentes casos registrados de travestismo femenino, es decir, mujeres que se vestían de hombres. La primera es Catalina de Erauso, mejor conocida como la monja Alférez, nacida aproximadamente en 1585. Se encontraba recluida en un convento del cual escapa como puede, para después cortarse el pelo y transformar su hábito en un traje de hombre. A partir de este momento, salvo en contadas excepciones, no volverá a mostrarse como mujer. Viajó vestida de hombre por España, primero con el nombre de Francisco de Loyola y después como Antonio Erauso.

También llegó a América donde recorrió desde Chile hasta Perú y Panamá para finalmente arribar a la Nueva España. Ahí participó en campañas militares que le dieron gran prestigio, lo cual demuestra su carácter valiente e incluso altivo, respaldado gracias a las anécdotas que cuenta en su autobiografía en la cual describe las distintas afrentas que ganó, además de mencionar su afición por los juegos de naipes, las tabernas, las riñas, etc. 

Su historia no termina trágicamente como era de esperarse pues se salva de la muerte al comprobar que era virgen y compensando con todas sus hazañas militares. De hecho, España solicita a Felipe IV una pensión y reconocimiento por los servicios militares prestados a la Corona, así como por la defensa de la fe católica. Incluso viaja a Italia y es recibida personalmente por el papa Urbano VIII, de quien obtiene algo inaudito en aquella época, una dispensa para poder vestirse con ropa de hombre.

Lo que sí acompaña su historia es el rumor de muchos investigadores que concluyen que además del travestismo, pudo haber sido condenada por ser homosexual, debido a que en muchas partes de su autobiografía deja ver su preferencia por las damas sobre los caballeros, como el pasaje donde la encuentran, vestida de hombre, acostada en las faldas de una mujer que la acariciaba y peinaba, aunque esto podría justificarse con la necesidad de mantener su personaje hasta las máximas consecuencias. 

Otra mujer que prefería vestir de hombre era Elena de Céspedes quien se cree nació en Alhama de Granada en 1545. Ella incluso se casó a los 15 años y tuvo un hijo el cual regaló, sin embargo, su verdadera trayectoria comenzó cuando decidió vestirse de hombre. Primero fue sastre y calcetero para después enrolarse en las tropas, es en ese momento que comienza a usar el genérico “Céspedes”, para luego hacerse llamar Eleno de Céspedes. Se convirtió en médico y obtuvo dos títulos, uno para poder sangrar y purgar y otro para cirugía, cosa que, de verse como mujer, hubiera sido prácticamente imposible.

Después, y tras haber tenido acceso carnal a múltiples mujeres a lo largo de su vida, desde casadas hasta solteras, conoció a María del Caño con quien se casó (ahora como hombre) quien la culpó de recurrir a “técnicas” de engaño, cosa que el párroco del lugar comprobó debido a su carencia de barbas, para después tacharlo de capón, es decir, de no tener órganos genitales. Por lo anterior, anuló esa unión al no poderse llevar a cabo la finalidad última del matrimonio que era procrear. A esto se sumó la denuncia de antiguos compañeros de la milicia, lo que la llevó a juicio. 

Para defenderse alegó ser hermafrodito, sin embargo, al no contar con pruebas válidas, en el año 1589 el tribunal inquisitorial de Toledo la condenó a recibir 200 azotes. Además, debería servir sin sueldo en un hospital por un periodo de diez años, es decir, la dejaron de una u otra forma, continuar con su profesión y no terminó de la peor manera posible, muerta. Incluso se volvió tan popular que logró convertirse en un personaje de Cervantes al ser incluida en sus obras Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en donde encarnaría a la bruja Cenotia.

Y aunque estas son historias de éxito, no siempre se corría con la misma suerte, sin embargo, hubo otro espacio donde las mujeres vestidas de hombres podían disfrutar de popularidad, eso sucedió un poco más adelante en la Historia y ese espacio fue el teatro. Un ejemplo de esto es Rosaura en La vida es sueño, que, vestida de hombre, planea cobrar venganza. Y ya lo decía Lope de Vega en su Arte nuevo de hacer comedias, mientras la mujer mude de traje de manera que pueda perdonarse, el disfraz varonil puede agradar mucho. 

 La realidad es que ese es un tema que merecería su propio espacio puesto que implican otras consideraciones, como el disfraz. Lo que sí es digno de mencionar debido a que se relaciona con lo ejemplificado anteriormente, es la habilidad que tenían ciertas actrices para desempeñar papeles masculinos, tanto así, que ese talento podía convertirlas en las mejores pagadas de la compañía a la que pertenecían. Ya sea peleando con espadas, volando en medio del escenario, montando a caballo, etc. lograban liquidar la mayoría de las deudas del autor gracias al éxito taquillero que alcanzaban.

Tanto así que la autora Lola González hace una clasificación de los diferentes casos en los que las mujeres podían aparecer como hombres en el escenario: podía ser para representar a “mujeres hombrunas” (lo cual comprende personajes como amazonas, piratas, etc.), desempeñando alguna actividad exclusivamente masculina o encarnando cierta cualidad o virtud no propia de su género, también por verse obligadas a guerrear en nombre del amor o para seguir al enamorado sin ser reconocidas. 

Y finalmente, es necesario mencionar que estos casos han influenciado lo que hoy en día leemos y vemos. Para muestra el cine, que, a lo largo de la historia, ha mostrado papeles de mujeres que se visten de hombre. En el cine de oro mexicano tenemos justamente la película La monja Alférez (1944), protagonizada por María Félix. También Me ha besado un hombre (1944) con María Elena Marqués y Abel Salazar de protagonistas y Yo quiero ser hombre (1950) con Alma Rosa Aguirre, entre otras. En un panorama más internacional, películas como Víctor Victoria (1980), Los ángeles de Charlie (2000) e incluso Mulán (1198/2020), presentan personajes que por una u otra razón se visten del género opuesto, incluso entrando dentro de la clasificación que mencioné anteriormente de la autora Lola González.  Este es sin duda un tema que nunca deja de expandirse y que por lo tanto puede abordarse desde muchas perspectivas, por ejemplo, la moda, con la presentación de modelos vestidas con esmoquin, el traje más masculino que pueda mencionarse, como es el caso de Coco Rocha para Yves Sant Laurent o actrices usando trajes de hombre como Mia Farrow o Diane Keaton. Sin embargo, es necesario estar conscientes de que hoy en día, hay otros ingredientes en la mezcla, como pueden ser la identidad y la expresión de género, aunque comprobamos que no es un tema tan nuevo como pareciera. Por todo esto, es valioso repasar los antecedentes que he mencionado a lo largo de este texto para entender que el travestismo femenino tiene mucha historia, pasando por sus filas desde una monja hasta un personaje de Disney.


Fernanda Loé. Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM.
Formó parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboró en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participó como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Es fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros.


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Publicado por La Coyol Revista

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