por Irene Gonzalez
Mujeres que jamás debieron envejecer” era el título de un Tik Tok que me apareció hace algunas semanas. De entrada sí, he de reconocer que soy una de esas millenials que tras pasar todo el 2020 asegurando que no descargaría jamás la aplicación porque – inserte tono inventado de superioridad- no soy una niña de 12 años, ahora me la paso riéndome con las tarugadas que me encuentro por ahí. Gatitos, sobre todo. En la lista figuraban mujeres como Liv Tyler y Jennifer Connelly.
Sentí alivio de encontrar entre los comentarios frases como “¿y qué se supone que debían hacer entonces?”. Es exactamente lo que yo me pregunto. ¿Qué se supone que debemos hacer? Yo no sé si en algún momento Aubrey de Grey tendrá razón cuando asegura que muy pronto existirá a nuestra disposición la ciencia de ralentizar el envejecimiento al grado de poder vivir cientos de años, incluso una existencia indefinida, como afirma este gerontólogo. Lo que sí sé, al día de hoy, es la enorme presión y el miedo que existe en torno a la idea de volvernos más viejos.
Yo no soy ajena a esa presión. Como diría Patricia en Betty la fea, los treintas me respiran en la nuca. También la pobreza, pero ése es otro tema. Es un miedo que no es exclusivo de ningún género o grupo y la presión por lucir de cierta manera también nos afecta a todos. Sin embargo, hablando de mi propia experiencia como una mujer a punto de iniciar la treintena – y no he conseguido teclear eso sin rechinar los dientes un poco- he notado toda una nueva oleada de mensajes, pensamientos y nuevas preocupaciones interrumpiéndome a diferentes horas del día. ¿El botox es el secreto de Alisa Milano? ¿Debería empezar a informarme sobre ello? ¿Cuántas cremas tendría que estar utilizando a esta altura? ¿Son suficientes vitaminas o necesito más suplementos? ¿Seré la más vieja del grupo si me inscribo a este curso? ¿Se me nota la edad o será que puedo aparentar añitos de menos?
Vienen a mí antes de que pueda interceptarlos. A los 29 me encuentro con una Irene mucho más dura consigo misma. Una Irene que cuestiona si tiene el mejor físico y la mejor apariencia que podría tener a esta edad, pero que pone también bajo la lupa otro tipo de cuestionamientos. ¿Han sido suficientes logros? ¿O tal vez no he tachado las suficientes cosas de mi lista de cosas que hacer antes de morir? Como si los treinta fueran una especie de marca límite, un punto de chequeo en el que un juzgado imaginario va a tomar mis medidas, contar mis arrugas, revisar el blanco de mis dientes, pesarme, enlistar premios, trabajos, experiencias, y decidir si valgo o no la pena como persona. ¿Y quién es ese jurado a todo esto? ¿Soy únicamente yo, la voz más dura de todas, proyectándome en la sociedad como si la expectativa fuera ajena? ¿O son voces externas que consiguen colar su mensaje en mi cabeza? Probablemente las dos cosas.
Envejecer da miedo. Como mujer, a los treinta se dejan venir inevitablemente ciertos juicios sociales; a las solteras les preguntarán con renovada energía por qué no tienen pareja, a quienes ya la tengan que para cuando la boda, y si estás casada arráncate porque ahora sí urgen los bebés, ya ven que el reloj biológico hace tic tac tic tac. Si vives con tus padres que para cuándo la casa, en el trabajo ya deberías haber alcanzado cierta posición, tal vez deberías empezar a leer acerca de congelar óvulos y no se te olvide que tu cuerpo disminuyó la producción de colágeno a los 25.
Vemos mensajes que promueven un aspecto eternamente joven por todos lados, como si realmente existiera tal cosa o no estuviéramos enterados de la función que tienen los filtros y el Photoshop. Criticamos duramente a las mujeres por el hecho de aparentar su edad – ¿cómo osan envejecer?- y luego tenemos el descaro de criticar también a las que se hicieron un arreglo demasiado notorio. Pero es que René Zellweger ya ni parece ella misma, y ¿qué le pasó a Demi Moore en la pasarela Fendi? Entonces hay que lucir siempre jóvenes sin que se note que recurrimos a métodos anti naturales para ello. Apuntado.
Si Jennifer Connelly y Liv Tyler, mujeres que además de ser muy talentosas son absolutamente hermosas, no escapan al duro escrutinio de los medios… ¿en dónde queda una? Y si a Jennifer Anniston todavía la critican por su elección de no tener hijos… ¿cómo le hacemos para que dejen de encasillarnos en un rol a cierta edad?
Las redes sociales son una trampa en ese sentido. Viajes, bodas, hijos, casas nuevas, empresas exitosas. Es increíble ver a nuestros contactos triunfar, pero al mismo tiempo vuelve más notorio el hecho de que a partir de cierta edad comenzamos a avanzar a ritmos extremadamente diferentes, a vivir a latidos distintos. Y eso está bien, aunque no siempre lo recordemos o lo creamos.
Voy a cumplir 30 y no he hecho nada de mi vida. Procede a googlear lista de mujeres que hicieron algo importante después de esa edad. No se convence así que se tira al sillón a sorber mocos y pensar que está fracasando en la vida, que envejecerá como un fracaso, respira, traga, suda, fracaso, y luego le deposita a la terapeuta porque claramente necesita esa siguiente cita.
He estado en ese bucle de pensamiento probablemente desde que cumplí 25 años. Lo único que cambia es la edad, y que este año decidí hacerme responsable de mi salud mental y acudir a terapia. Nada más adulto que tener un apartado rotulado “para el terapeuta” en el desglose financiero mensual. Pienso que no existe peor juez que una misma, pero también que nos empapamos de información externa, de la presión social y los roles que deberíamos estar supuestamente cumpliendo, y utilizamos todo esto como armas en nuestra propia contra, para ser todavía más duras, echarnos más cosas a la cara y reclamarnos por no “dar el ancho”.
La crisis de los 25, 30, 40 o los que sean, será tan real como nosotras mismas permitamos. Está bien cuidar del físico, al final del día amar tu cuerpo también es apapacharlo. Pero vamos olvidándonos de los supuestos roles, de mirar la vida como si fuera una lista del súper que hay que ir tachando. No somos nuestros logros, ni somos nuestros diplomas. Una cana o una arruga no nos definen. Tendamos redes todavía más sororas donde ya no exista la crítica a la apariencia ajena. Hablémonos a nosotras mismas como le hablaríamos a nuestra hermana o mejor amiga y disfrutemos de cada año con una perspectiva un poquito más hedonista, con mucha más amabilidad y muchísimo menos juicio.

Irene González
Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de
Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.
Instagram: @r.irenegon

Estoy enamorada de este texto.
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Buen post! Acá me veo leyéndolo a horas de cumplir 29. Sin dudas hacemos un párate y comenzamos a cuestionar nuestros logros y proyectos. Pero termina el mismo con tu CV y a sabiendas de tu edad jajaj
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