Con ternura, para ti: Resiste, árbol de Huizache.

por María Daniela Ortiz Soriano

Cuando mi amiga Xime me invitó al pueblo de su infancia, yo estaba acurrucada debajo de mis cobijas. “Paso por ti mañana tempranito, serían 6 horas de camino, hace mucho calor y regresaríamos al otro día”, decía su mensaje. Una pequeña voz en mi cabeza me decía que lo hiciera, así que al otro día desperté, recibí la bendición de mi mamá y al salir por la puerta de la casa familiar, ahí estaba mi amiga esperándome. El auto emprendió su viaje. 

Llegamos a la natal tierra caliente de mi amiga: Michoacán. La temperatura subió de golpe y mi cuerpo comenzó a sentir los cambios de presión. Pero lo que en verdad quiero relatarles de ese viaje (mi primer viaje sin familia o chaperón familiar) es sobre el paisaje que nos rodeó en la carretera.

Para Xime todo el camino era algo hasta cotidiano, puesto que iba seguido al pueblo que la vio crecer, pero para mí, fue como adentrarme en las tierras perdidas de algún relato de Juan Rulfo. “Parece que me trajiste a Comala” le dije entre risas. “Te dije que hacía mucho calor” me dijo mi amiga. Estábamos a casi 43 grados y la fauna de la carretera lo reafirmaba: todo estaba árido, la tierra rojiza levantaba árboles secos con ramas quebradizas, los cerros que nos rodeaban eran grises, todo el monte estaba tan muerto que, al contacto constante con los rayos de sol, los pastizales desérticos se incendiaban casi espontáneamente. 

Ahora estaba en tierra caliente. “Te dije que hacía mucho calor” me dijo Xime, “Pero es la primera vez que veo todo tan seco y muerto”. Ambas nos miramos y comprendimos que muchas cosas dentro de nosotras comenzaban a secarse como la fauna a nuestro alrededor y corrían el riesgo de incendiarse al más mínimo pensamiento caluroso que insistiera sobre nuestra árida esperanza. 

El año pasado nos golpeó como la onda de calor que cae sobre tierra caliente y nos dejó igual de desiertas. Tuvimos miedo, porque todo en lo que creíamos y sostenía nuestra frágil estabilidad emocional, fue derrumbado y parecía que nos quedamos sin apoyo ni esperanza. Incluso nuestras lágrimas se secaron. Ninguna de las dos sentía que algo creciera dentro de nosotras después del abrupto 2020, áridas como el monte de tierra caliente, solo esperábamos el momento en que iniciara nuestro incendio, y sabíamos que no éramos las únicas en pasar esa desertificación, en ser cenizas. 

Mientras más avanzaba el auto por la carretera, tenía miedo de que este viaje con mi amiga, en vez de ser un Road Trip de película donde reiríamos y cantaríamos a todo pulmón, se volviera en otro desestabilizador emocional. La natal tierra caliente de mi amiga parecía aplastarme… pero no lo hizo. Ante mis ojos apareció como una aparición, un manchón de color verde en medio del monte: era un árbol verde y vivaz, cada rama tenía una hoja colorada del verde vida, ofrecía una sombra a sus pies donde pequeñas hierbas igual de verdes crecían. Lo más sorprendente era que ese árbol estaba ahí, de pie, orgulloso y vivo en medio de la desertificación, incluso cerca de un incendio producido por los 43 grados bajo el sol. Era un árbol vivo, que resistía, y la sombra que producía permitía la vida a su alrededor. 

“Se llama árbol de Huizache, creo” me dijo mi querida amiga al ver mi asombro. Era un árbol de Huizache que resistía a las condiciones límite que lo rodeaban y aún así enverdecía orgulloso, digno de vida. 

El árbol de huizache es común en la flora de esa zona, según me contaron, los agricultores suelen tener problemas con ese árbol: resiste a todo tipo de extracción, porque no importa cuánto lo cortes, vuelve a crecer y enverdecer, sus semillas viajan en el viento y si no logra crecer en el mismo punto, crece en otra tierra. También a su alrededor por la sombra que proporciona, permite crecer más hierbas u otro tipo de árboles, e incluso tiene usos como el medicinal contra el dolor de cabeza. 

El huizache es un árbol verde con espinas y pequeñas flores amarillas, se levanta orgulloso en tierra caliente, resiste a las condiciones de sequía e incendios que el monte posee y crece en toda tierra donde el viento lleve su semilla. 

Durante el resto del camino, justo en medio de toda la sequía, ahí estaba el árbol de huizache de pie y orgulloso de su verdor, de sus flores, sus espinas y la sombra que otorgaba, y cuando yo miraba dentro del auto, sentada a mi lado, veía a mi amiga igual de verde que el huizache. Ahora las dos éramos árboles de huizache, con espinas, con flores, orgullosas que resistían. 

Mi pequeño viaje a tierra caliente me enseñó que muchas veces no somos pastizales secos como creemos sentirnos, que somos en realidad árboles de huizache que florecen y son medicina, resistimos a la desertificación y volvemos a enverdecer orgullosas, ofrecemos sombra para que crezcan con nosotras y damos vida frente a la muerte.  A ti, querida lectora o lector, puede que ahora tu panorama sea desierto a punto de quemarse, pero recuerda que puedes resistir como el árbol de huizache lo hace en la carretera de tierra caliente. 

Al regresar de ese viaje, mi amiga y yo nos abrazamos muy fuerte y sabíamos que hacer ahora: resistir, enverdecer y florecer. 

Resistamos, árboles de huizache.

Con ternura, para ti.


María Daniela Ortiz Soriano 

Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas. 

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

Un comentario en “Con ternura, para ti: Resiste, árbol de Huizache.

Deja un comentario