por Elvira Hernández Carballido
¡Que vengan los hilos y las planchas!
¡Los jabones, afeites y cepillos,
el almidón, sobre todo, y el aceite!
¡Ajústenlo todo de nuevo!
¡Que nada rechine!
Necesito levantarme mañana para ser mujer.
Olvidarme que en las noches
La Historia nos aplasta.
-Kyra Galván-
Y cada día, la cocina de Sandra se llena de nuestras voces, de todas las voces, nuestras, rebeldes, sabias, sensibles, voces de mujer. Por eso ella canta, siempre canta, su voz no es nada bella, pero estar en la cocina la inspira. Se levanta, baja a poner la tetera en la estufa y tararea las mil y una noches que pasé contigo. Mientras saca el sartén y pone tres gotitas de aceite, ya su mano izquierda está tomando dos huevos para transformarlos en un omelett gozoso relleno de queso y jamón. Mientras los bate, aprovecha para tararear que las caderas no mienten, como le enseñó Shakira. La palita de madera sirve de micrófono para que cante por un rato esa estrofa provocadora: No estoy loca, no estoy loca, solo estoy desesperada. Coloca con verdadera inspiración maternal su creación en uno de los platos que tienen una imagen del cuadro de las dos Fridas, sabes que la delatan, es y no es quien desea ser, pero las dos sandras se unen por sensaciones, por juego, por el mismo hombre, la misma pasión y hasta el mismo dolor. Trata de imitar la voz de Chabela Vargas mientras repite: “Ponme la mano aquí, Macorina”, cuando empieza a freír los frijoles y canta al mismo tiempo que juega a voltear al aire esa masa de frijolitos apretados. No pueden faltar unas orejitas de pasta hojaldrada, enciende el horno como si sintonizara su estación preferida. Cuando amasa esa pasta blandita, imagina a la bruja cósmica que la inspira, se mueve al ritmo de Janis. Entonces, llega él, sabe que la cocina cierra en ese momento su magia.
Le gusta compartir ese espacio, cree que es un performance de la utopía más deseada, ella y él en equilibrio, iguales desiguales, diferentes cercanos. Siempre le enternece cuando escucha esos pasos varoniles moverse por la cocina. Nunca ha dejado de conmoverse al verlo preparar su café con verdadero ritual: Abre la alacena, toma ese bulto de café traído de la Huasteca hidalguense, siempre un puñito de granos suaves que a veces resbalan entre esos dedos que jamás han lucido un anillo de casado. Lo observa medir, calcular, saborear, probar, sonreír cuando esa bebida oscura queda en su punto. Siempre le dan ganas de perfumarse de café, de ponerse una gota detrás de la oreja y volverlo a seducir. Claro, como siempre, le llama la atención porque dejó todas las puertas abiertas de cada mueble que utilizó. En son de paz, él toma rumbo hacia el comedor.
Entonces, otra vez, retoma su canto y camina de puntitas como bailarina dueña del escenario. Acomoda todo lo que ha quedado fuera de su lugar. Es una obsesiva del orden, una aliada de poner todo en su lugar. Algunas amigas le han dicho que no pueden imaginarla en la cocina, tanto luchar para salir de los lugares tradicionales y qué retroceso volver a encontrar un buen cautiverio en ella. Sonríe mientras acomoda las tazas recién lavadas y pienso en el menú de la comida y de la cena. No se siente esclava, se cree poeta cocinando palabras, por eso repite como si fuera un conjuro la voz de esa bruja santa cautiva en el claustro de San Jerónimo: Bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.
Lo repite mientras revisa esa alacena donde guarda todos los enlatados, ordenados por tamaño y contenido, se da cuenta que hace mucho que no aprovecha guisar algo con atún. Sí, podría hacer las crepas de cilantro. Siempre le gusta ver esas tortillas verdes tono bandera, esponjadas y enrolladas con una rica ensalada. No puede creer que haya tomado esa receta de un periódico del siglo XIX, en esos días que hacía su tesis de licenciatura. Al principio, le indignaba encontrar en las páginas de esas publicaciones tantos consejos culinarios o de belleza, recomendaciones para limpiar la casa, para soportar el corsé, para ofrecer una soirée de gala o ser la mejor anfitriona, la madre más santa, la esposa más abnegada. Sin embargo, en esas mismas páginas encontró las otras voces de esas mismas autoras, ellas que oscilaban entre el deber ser y lo que deseaban ser. Otra vez, su memoria privilegiada la hizo musitar otra voz, la de Laureana Wright: ¿Qué necesita la mujer para llegar a esta perfección? Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y, sobre todo, amor a sí misma, y a su sexo, para trabajar por él, para rescatarlo de los últimos restos de la esclavitud que por inercia conserva.
Por supuesto, lleva consigo esas voces y sabe escucharlas justo en el momento que es necesario evocarlas, porque están con ella en su salón de clases, cuando escribe, cuando recorre el camino de su casa a la universidad, de la universidad a su casa, cuando va al super, cuando finge que prueba la madurez de un jitomate, cuando puede ponerse triste sin un porqué. Entonces musita a Rosario Castellanos: Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo el último recibo del impuesto predial. Inspirada, quiere que entre la luz natural a su cocina. Nunca compró cortinas, se le ocurrió clavar un pareo con la imagen de Zapata. A toda visita le sorprende encontrar a ese caudillo en un espacio considerado tan femenino, guarida de mujeres, no de revolucionarios bigotudos. Pero, ella insiste en su utopía, quiero a los hombres en estos escenarios privados, es como reconocer que ella sí lo quiere aquí y por eso, ellos deben quererla allá, en el espacio público. No le queda más, que abrir el grifo y repetir muy bajito la frase de Kyra Galván: Contradicciones ideológicas al lavar un plato. ¿No? Y mientras los trastes se refugian en el escurridor, ella pasa un trapo mojado encima de su estufa de cuatro calentadores y del horno que nunca usará, porque lo ha convertido en bodega de refractarios y tapas de lujo. Aprovecha y acomoda el vaso de la licuadora, limpia también la batidora, pasa los dedos entre los cucharones que cuelgan debajo de la campana de su cocina integrar, suenan como escala musical, como campanas que anuncian buenas noticias, como las voces que le han enseñado a quererse bien.
Y el molcajete heredado de la abuela, parece delatar todas las luchas ganadas. Y el platón de las botonas que le regaló la tía Verula, dignifica a todas las solteras que no esperan ningún amanecer sin nadie porque se tienen a ellas mismas. Y la jarra que expropió de la casa materna, parece contener el agua bendecida por la miel de nuestro sexo, por la hiel de nuestros miedos, por el higo de cada pecado, por la sandía de todas nuestras pasiones. Y la escoba parece hacer una reverencia, lista para volar a las doce de la noche. Y todos los vasos brindan por cada mujer viva y los platos se quiebran por cada mujer muerta. Qué ganas de perfumarse con el café que todavía reposa en ese jarrito verde Oaxaca. Qué emoción verse reflejada en cada cuchara y multiplicar la eterna sonrisa de mujer complacida. Invocar a todas las chamanas hacinadas en la pared de su otro cuarto propio, a todas las voces que hoy se escuchan en su cocina.
