Una risa

por Janett Peláez Romero

¿Anochece otra vez? ignoro el tiempo exacto que he pasado en esta cama, soy mínimamente consciente de mi cuerpo recargado en una posición incómoda contra la cabecera, pero no me muevo, ¿sería capaz de moverme?, aun si tuviera la intención, lo dudo.

La cabeza me da vueltas, siento una presión general que oprime desde dentro y parece incontenible. Hace unas horas la luz me lastimaba tanto que apretaba los ojos con fuerza, ahora no podría importarme menos. No hay mucho que a mi estomago le quede por vaciar. Mi cuerpo está ya cansado de la protesta sonora por la falta de alimento, pero me alegro de no haber probado bocado, no soy capaz de tolerar el olor a excremento sobre mí, el de orina no me importa tanto.  

¿Llevo más de 48 horas sin dormir? mi mente se encuentra volátil y perdida entre las cuatro paredes de la habitación, el único pensamiento recurrente es que sólo si un elefante se parara sobre mi cabeza y la pulverizara se acabaría este dolor. Los párpados me pesan, pero al mínimo parpadeo el pánico regresa y no lo sé manejar.

Pude huir del departamento, pero no, no lo hice, no se ha ido en realidad, para mí, podría derribar la puerta en cualquier segundo con la furia sobre los hombros. ¿Qué fue de mí después de lo que pasó?, sabía que no estaba dormida, pero no era capaz de desenredar el hilo de mis cavilaciones, o de controlar mis espasmos de terror, mucho menos de saber cuándo se detuvieron. La consciencia regresó por la mañana cuando la puerta siguió intacta y la posibilidad de que no vuelva jamás se hizo presente, pero no me moví, no me he movido, no salí del cuarto, no corrí a buscar ayuda, me petrifiqué en este rincón. ¿Qué haré sin su ayuda?, no tengo dinero, apenas si estoy vestida, me encuentro famélica y, si hasta ahora ningún vecino ha preguntado nada, dudo mucho que fueran un gran auxilio, no debí hacerlo, no debí.

Las luces de los coches proyectadas en el techo de la habitación me causan risa, una risa nerviosa, incoherente, el sonido de ella rompe el silencio y me asusta, no la reconozco, ¿de verdad ese ruido sale de mí?, se convierte en un quejido, luego en un sollozo y de súbito estoy gritando a todo pulmón. 

¿Y si me muevo ahora? Como el ruido de un relámpago en el cielo se escabulle por mi cerebro la decisión de hacerlo, siento las cosquillas del entumecimiento en mis brazos y piernas conforme la circulación correcta se reactiva, mis extremidades se destraban como engranes oxidados y sin aceitar, crujiendo, quejándose, pero si no utilizó el impulso, no me moveré nunca y terminaré pudriéndome aquí, hasta que alguien se queje del olor. Recostada sobre mi espalda, jadeante, con el corazón golpeando en mi pecho, dirijo mi mirada a la ventana y me deslumbra la claridad de las 7am, ¿en qué momento pasaron tantas horas? 

Una eternidad mirando a la nada, debo salir de aquí, me levanto en un solo intento y las piernas se tambalean al soportar mí cuerpo, pero avanzan entre tropiezos, parezco un venado recién parido, dos pasos más y mi mano toma el pomo, ¿qué es eso? escucho voces. Se acercan cada vez más a la puerta de la entrada, en segundos suena el timbre y siento a mi alma caer al piso, ¿qué explicación podría dar?, no van a creerme diga lo que diga. Gritan algo mientras golpean de forma insistente, pero no alcanzo a recibir las palabras porque el latido del corazón en mis oídos me ensordece.

Con un golpe la cerradura cae, los rostros de asombro son claros, aunque no pueda verlos. ¿Son policías? Hablan como policías. Tocan y yo tiemblo de pies a cabeza mientras giro la perilla, no hay a donde escapar, enfrentaré lo que tenga que enfrentar, mientras me saquen de aquí, tienen que sacarme de aquí. 

No tengo idea de cómo me veo, pero la imagen debe ser mala si el policía frente a mi tiene esa expresión, uno de ellos me saca de un tirón, mientras otro entra a revisar, me hacen preguntas, una tras otra, evalúan mis brazos y piernas, sus ojos reflejan cada vez más consternación, no puedo responder nada, mi voz está perdida en mi cabeza. 

Ponen una manta sobre mis hombros, es suave, un pedacito de calor contra mi piel helada, me guían a la salida con gentileza, mientras camino como un autómata y entonces puedo finalmente admirar el cuadro. Me detengo de frente, ahí está, tirado contra la pared en una posición desagradable, con la mirada perdida y vacía, la palidez acercándose a un enfermizo tono gris, el gesto de incredulidad congelado en el rostro, los bordes de la herida están resecos y ennegrecidos, la forma dibujada por la explosión roja en la pared me parece tan graciosa, no sé por qué, pero una risa se me escapa, y luego una más fuerte, mis carcajadas hacen eco entre las paredes mientras por fin me sacan de ahí.




Janett Peláez Romero

Mi nombre es Janett Peláez Romero, nací en la Ciudad de México y a los 5 años me mudé a un pequeño pueblo al sur del estado de Puebla llamado Tehuitzingo, donde el calor es muy intenso la mayor parte del año y no hay absolutamente nada que ver, pero los niños crecen felices. Volví a la ciudad a los 14 años para estudiar en la UNAM y descubrir que no era nada fácil vivir lejos de mis padres. Terminé la licenciatura en la Facultad de Odontología y cualquier fracción de tiempo que no ocupe mi vida laboral la dedico a escribir.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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