por Liliana Espinoza Tobón
Sentada aquí, prisionera, Recuerdo mi niñez en la casa. Los techos de teja, las tablas simulando paredes y por los huecos de estas, yo mirando el mundo pasajero de la memoria.
Las mañanas lluviosas hacían sonar las tejas como cientos de pequeños tambores redoblando a destiempo. Los rostros de mi familia tersos y acartonados se percibían bajo las cortinas de humo de leña. Hablaban siempre entre silencios continuos, murmurando los sabores de sucesos diversos.
Mi madre con su mirada perdida, dibujando imágenes invisibles en el espacio vacío del tiempo. Ella siempre presente y distante guardando celosa sus pensamientos; y yo, a su lado, tratando de descubrir cómo saber de ella. Al final, creo nunca la conocí.
Me gustaba estar ahí en esa casa pequeña, resguardada por la majestuosidad del bosque a lo alto de la montaña. En ese lugar, donde los demás parecían no tener sin sentido de permanencia y esperaban emigrar; sin embargo, era mi lugar.
Adicta a la libertad de la levedad de la nada, en donde el aire que extendía mis alas, el olor a hierba me llenaba el alma y con la humedad de tierra mojaba mi piel. Me recuerdo bien. Sentada en lo alto de las montañas perdida mirando la inmensidad. Mientras que las aves desafiando a todos con sus privilegios, como aves celestiales, nadando en el azul inmenso del cielo, danzando entre el viento; y éste versando con ellas, en las copas de los arboles componiendo melodías de libertad.
Yo ante esto, pequeña excitada con las mejillas cálidas y sonrojadas de placer, dejándome envolver en esos instantes, extendiendo los brazos como alas, que me elevan hasta que mi humedad se desparpajaba de placer esparciéndose en el universo.
Aun así, teniendo tanta felicidad, tuve que dejar mi paraíso. Ahí solitario, como detenido en un sueño, pausando el tiempo en el reloj de mi memoria. Mis mejores tiempos.
Hoy sentada aquí, prisionera, persiguiendo lo absurdo del progreso. Desterrada y sometida en el molde progresista. En donde califican mis habilidades de servicio, etiquetada por la desventaja de no saber de letras, ni números, califican mi existencia a condiciones hábiles de mi juventud.
Es así, como paso mis días, detrás de esta máquina, atada a estos grilletes de pies y manos, cortando y cosiendo. Mis grandes alas encogidas han detenido su vuelo. Varada en el mundo irreal de la simulación globalizada.
Aquí somos mujeres, niñas unas, ancianas otras, sólo nos perseguimos la sombra para afilarnos como hormigas, unas tras otras, entrando y saliendo; retumbando nuestros pasos en estos estridentes hormigueros de metal. Tan repetitivas todas sonando en el tiempo.
Nuestras manos cortan, cosen, hacen y deshacen amoldando ropa a modas fugaces.
Nuestra juventud se desvanece en este encierro.
Nuestro cuerpo se tiñe de azul, ese azul que de tanto nos hace añorar nuestros cielos.
Aun en este destierro nos seguimos reconociendo, hermanas todas de raíces profundas, pensando siempre esto será pasajero.
Nos sonreímos en el silencio. Nos amamos en nuestras diferencias. Nos apoyamos en nuestros anhelos.
Seguimos aún levantando los brazos, para extender las alas en vísperas de regresar al paraíso perdido.
