por Emilia Pineda
Todas las miradas se dirigían hacia mí, no pude evitar ser la protagonista. Ya corría el rumor que en la cañada yacía un cuerpo, y lo que nadie siquiera imaginaba, era que yo estaba ahí con un montón de antepasados, esperando apareciera una escalera para subir al cielo… ¡Ya sé! Son cosas de locos, pero el asunto de la escalera era más serio que mi invisibilidad.
No sé en qué momento adquirí súper poderes. De la nada empecé a correr más rápido que el río, descubrí que podía treparme a la punta de un árbol gigante con tan sólo pensarlo. Escuchaba todo sin que nadie me mandara lejos, como cuando fui niña. Pero es algo que a todos les pasa ¿no? En mi país, es común que las mujeres y los niños, usen una voz, monosílaba, para confirmar que han recibido una orden, consejo, o instrucción. Pero, si esa voz se atreve a expresar un pensamiento, un sentimiento, o un deseo que salga del corazón, entonces es sometida a un tratamiento de invisibilidad. Por eso no me pareció extraño que al hablar nadie me oyera.
Conozco un lugar simbólico, aquí abajo, dónde vivimos las mujeres. Acá, nuestras voces son un hermoso tejido con muchos colores. Algunas, incluso, igualan el canto de las aves, otras son expresiones de lucha, otras son consuelo sororo. Muchas sometidas por la mala educación, en este lugar se liberan, llegan a ser ellas mismas, y sonríen. Cuando el corazón de todas late, vibra el mundo. Aquí abajo, donde habitamos las mujeres, cada una tiene una historia de conquista. Sí, entre nosotras nos escuchamos, aunque la voz sea muy bajita.
Mientras imaginaba esta utopía, me percaté que yo estaba en mi paraje favorito, ¡qué maravilla! ¡Qué verdor tan intenso e infinito! Justo donde colgaba mi columpio, a un lado, había un bulto, al que todos miraban. Fue ahí donde llegaron mis parientas, y por medio de sus pensamientos me dijeron que me acompañarían hasta que bajara una escalera del cielo. Todas tenían algo en común: sólo vivían en mis recuerdos, y de algunas me enteré, de su existencia, por lo que se decía en las reuniones familiares: “A tu abuela Mila, muy jovencita se la robó un señor por bonita. Era un hombre de dinero, y sus intenciones con ella eran serias, la quería para casarse. Pero ella se escapó en la primera oportunidad que tuvo, el señor ya no la quiso de vuelta. Después los tíos de tu papá tuvieron que pagar mucho dinero por todo lo que ese señor le había dado a Mila. ¡Tan fácil que era casarse! Pero no…, se dio a la perdición”, “Tu tía Gala, de muy niña trabajaba en un puesto de tacos, y un día que no llegó, pues la fueron a buscar. Ya casi en la madrugada la encontraron detrás del puesto donde trabajaba, estaba como dormidita sin ropa. A lo mejor el frío se la llevó. Gala tenía días avisando que un señor nada más se le quedaba viendo, pero no había quien fuera por ella”.
En este encuentro, no hubo saludos. Estas sombras simplemente llegaron como quien llega de sorpresa a una fiesta, ¡en qué sueño tan extraño nos venimos a conocer! Ellas estaban ahí como la sombra del sol que no me reflejaba. Y aunque quería sentir miedo o tener escalofríos no podía conseguirlo por más que me esforzaba.
Esta nueva libertad ¡qué extraña era! Llegó de forma inesperada. Empezó con una somnolencia, ¡acaso estoy en sueño dentro de otro? Ahora recuerdo, yo caminaba muy confiada cuando llegaron ellos y un telón oscuro cubrió todos mis pensamientos. Al despertar ya estaba aquí, en este maravilloso lugar, cerca de un bulto con el que comparto un lunar a mitad del cachete derecho. Lo extraño era que cuando todos lo miraban, sentía que esas miradas se dirigían a mí.
Entre los mirones, llegaron ellos, los que me pusieron en este sueño. Llegaron con plegarias y velas. Cubrieron el bulto con una sábana blanca para enmascarar su indolencia.
No pararon las sorpresas. Mundo llegó, ¡ahora sí qué se hizo presente! ¡Qué gusto verlo! Tantos años fuera trabajando en su oficio. Él siempre fue sonriente, pero también ausente. Sin percatarse de mi presencia se deslizó hasta el lugar que todos miraban, apenas retiró un poco la sábana para ver que era ese bulto y un rostro se desveló. Con su índice izquierdo tocó el lunar del cachete como si fuera un timbre que llamaba a la vida. Hincado de rodillas, sin palabras se tiró en un abrazo al bulto, y en un grito muy silencioso le dijo al oído: “¡Te dije qué fueras bien cabrona! Pues te tocó ser vieja… ¡Tenías qué ser bien cabrona! Mi vieja chula…, siempre serás la más hermosa perla de mi corona. Lo escuché tan nítido, como si me lo hubiera dicho a mí. Tampoco pude sentir miedo.
¿Cómo le habrá hecho para estar aquí? Siempre tiene trabajo. Es enemigo del tiempo perdido, así que lo suyo es la productividad porque el tiempo es dinero. De pronto volteó hacía mí, me pareció verlo sonreír, pero su rostro era una mueca indescriptible, vi su diente de oro brillar como un presagio de tormenta en la tierra de nadie. Los padres siempre son necesarios en la vida de las hijas, simplemente no pueden ser sólo observadores de lo que les pasa. Pero bueno, creí que me miraba, y no. Lo vi tan preocupado por el bulto que pensé que ya tendría tiempo para mí. Así que lo dejé.
Mientras pensaba que Mundo inicia con “M” de mamá, y “M” de macho, en el juego de la vida le tocó ser papá, papá con “P” de patriarca, con “P” de progenitor, “P” de protector, proveedor, Pá… mi pá. Cuando estaban corriendo a todos los mirones del bulto, Mundo no fue retirado del lugar, es más… nadie lo veía, se convirtió en un fantasma, en una sombra que no podía mirarme, aunque yo le hablaba.
De pronto un aroma a rosas lo llenó todo. Mis parientas se movilizaron, desde sus mentes me dijeron que tenía que subir por la escalera en cuanto apareciera. ¡Por supuesto que no! A esas alturas yo sólo quería despertar y no podía, no debía ir a ninguna parte. Quería cambiar de sueño, pero era la realidad. Grité como grité antes de llegar aquí. Mil veces grité y la gente que aún podía verme decidió no hacerlo, prefirió cerrar sus oídos para no tener problemas. En mi nuevo estado grité llamando a todas las letras del abecedario que habitan el lugar dónde viven las mujeres, pero sólo vinieron las que fueron vilmente aniquiladas.
Una fuerza mayor a mi deseo, de no ir a ninguna parte, dio instrucciones a mis pies para subir la emblemática escalera. En cada escalón se leía la palabra justicia, y estoy cierta que ese día se acerca.

Emilia Pineda
Nacida en el extinto Distrito Federal el 14 de noviembre de 1963. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Humanidades. Docente de la materia de Inglés en Educación Básica, pasante de la maestría de Educación Básica en la Especialidad de la Lengua y Recreación Literaria. Ha trabajado como traductora, poeta, cuentacuentos y es promotora de lectura. Cuenta con dos publicaciones académicas publicadas por la Editorial Progreso: #sabelotodo3 (2015), y coautora de Cajaninos 2 (2019). Este último libro fue galardonado con el Premio Nacional de Artes Gráficas, en la categoría de libro educativo.
