por Irma Salas
Cuando te cases…
Esa era la frase favorita de mi madre, de mis abuelas.
Era profecía incompleta o sentencia velada.
“Estudia mucho y viaja ahora, para que cuando te cases…”
“Cuida lo que comes y haz ejercicio, para que cuando te cases…”
“Diviértete ahora; pero cuida tu reputación, para que cuando te cases…”
“Mantente virgen, no vaya siendo que cuando te cases…”
Nadie me dijo nunca qué sucedería cuando me casara:
un futuro muy corto y un presente limitado.
Hasta que la muerte nos separe,
o te canses de mi caparazón de nácar:
hueco, blanco y luminoso,
dormido entre tantas conchas vacías
que el mar arroja para que elijas la que más te guste más.
Extrae la larva ciega, antes de que le broten alas.
Devórala, entiérrala y domestícala.
Llévala a casa y llénala de ti.
Colócala en un terrario en la sala,
llénala de hijos, llénala con las vidas
que no pudo vivir esperando por ti.
Y así se nos va la vida: de la cuna al altar.
Somos mujeres hasta que un hombre nos hace suyas.
Y el matrimonio se nos presenta como la cárcel más luminosa
una muerte envuelta de blondas,
arrastrando un hálito de incienso, agua de rosas y azahar.
A las mujeres nos embalsaman dos veces:
con el vestido de novia y con la mortaja.
Nuestra primera tumba la adornan rosas blancas
Y después la tapizan con crisantemos.
Cuando te cases, cuando te cases, cuando te canses…
Nadie me dijo nunca qué sucedería cuando me casara
Mucho menos, me dijo lo que pasaría si no me casaba jamás.
Supongo que ese camino no escrito,
Esta otra hoja blanca garabateada de indignidad
es en la que las parias como yo
escribimos nuestra definición de libertad.
Las otras maternidades
Abre las alas y cobija a los polluelos,
regurgita sobre ellos sangre, lágrimas, sebo
Tu inmundicia los vivifica,
siempre que esté digerida.
Tengo el útero podrido, o al menos es lo que me dicen:
los huevos eclosionaron antes de tiempo
y no hubo semilla fantástica,
no hubo apellido, no hubo vestido blanco.
Cada luna me desangro y me pregunto
por qué a pesar de estar en tiempo,
ya es demasiado tarde.
Levanta la tapa de la colmena.
Ellas zumban en sueños,
toman el polen de tus jardines,
las acoges en su peregrinar,
alejas a los zánganos.
Te ofrecen su miel y el mundo tiene un sabor nuevo.
Así saben los recuerdos, así sabe la felicidad.
Sabías, en un salón color ladrillo,
Que tú acompañabas su despertar.
Y los llamaste míos,
Y las amaste como si las hubieras parido.
Ellos, ellas en sus balbuceos adolescentes,
limpiaron tu sangre y te bautizaron
con el nombre de ma-ma…estra.
Maestra y doctoranda en Estudios de Género, ambas en la universidad de Oviedo. Licenciada en Humanidades por la UPAEP. Inicié mi trayectoria laboral como docente de literatura en bachillerato y ahí conocí a los casi 150 amores de mi vida (mis estudiantes). Actualmente coordino un proyecto educativo llamado «Consulta con tu feminista de confianza» y, después de un bloqueo como narradora, intento volver a escribir poesía.

