por Carmen Macedo Odilón
Diana llegó a la estación Insurgentes a las 11:30am. El transcurso había sido largo. Cuando quiso levantarse del asiento, sintió un tirón en sus muslos que se habían adherido al plástico. Ignoró el enrojecimiento momentáneo en su piel y se dirigió a la puerta del vagón. Diana estaba harta del metro de la CDMX: atestado de gente y con la ventilación descompuesta. El tufo agrio de transpiraciones humanas se había tornado insoportable. A modo de despedida, cuando el convoy arrancó, una ráfaga de aire liberó un escalofrío que se extendió en el cuerpo de Diana desde sus axilas mojadas hasta su espalda baja cubierta al doble por su larguísima cabellera suelta. La chica buscó una liga para atarse en cabello. El sudor de su nuca, pegajoso pero fresco, le constataba su decisión de vestir unos shorts y camiseta de tirantes para acudir al gran día: la Marcha Solidaria por la Despenalización del Aborto. En su estado aún no era legal y Diana aprovechó su fin de semana en la capital para sumarse a una lucha en la que apenas se involucraba, aunque en realidad no conociera a nadie y fuera su primera protesta.
Afuera de Insurgentes el brillo de la luz solar rebotaba por las blancas paredes de la estación. Diana lamentó no empacar lentes oscuros. Levantó la mano para usarla como víscera, su camiseta tenía los bordes mojados, y unas gotas acres deslizaron entre cosquillas por ambos costados. La muchacha vestida de negro vio a sus compañeras cubiertas hasta las muñecas, sosteniendo banderas, dividiendo colectivo a través de los altavoces, algunas chicas usaban pasamontañas. Diana buscó en su bolsa, también había conseguido uno, pero no supo cuándo ponérselo. Se resistió a usarlo, el sol abrasaba, algunas chicas llevaban sombrillas y gorras, palestinas o sombreros, los pañuelos verdes y morados no faltaron. Un vendedor se instaló en la glorieta, tenía agua, raspados y congeladas, pero Diana no quería cargar una botella mientras marchaba, así que esperó en un rincón a que empezara la movilización. Los chicles pegados al asfalto se derretían amenazando el calzado de algún incauto. ¿Por qué la marcha se organizó en plena canícula? Diana, bajo del sol de medio día, parecía una hormiga bajo la lupa de un niño travieso; las botas negras, igual que su short y la blusa contrastaban con la blancura de su piel. Se colocó el pasamontañas para no quemarse la cara.
Se unió a las activistas cobijada por el ambiente sororo, pero el cobijo se volvió asfixia, las chicas eran cada vez más y se figuró que desde el cielo parecía una perfecta y organizada marabunta con hambre de justicia, aunque eran tantas mujeres que cuando empezaron a marchar Diana tuvo vértigos, era una aguja en un pajar, la cabeza le hervía y sus labios exhalaban un aliento seco, su boca árida gritaba consignas que poco a poco le cerraron la garganta, estaba orgullosa y fatigada al mismo tiempo. Aunque estaba sola, nunca se sintió más protegida como una hojita flotando en el río feminista, apenas y volvió a sentir un ardor que le irritaba los brazos y piernas, ¿por qué no se había puesto bloqueador?, se reclamó. Mientras caminaba, el sudor le escurría hasta por las pestañas, pero Diana sabía que nunca se debe descubrir el rostro en medio de una protesta. La cabeza le punzaba, pero también sabía que por seguridad nunca se debe salir a solas del contingente, ni siquiera para comprar agua.
A la altura del Hemiciclo a Juárez se detuvo el bloque. Los policías las habían encapsulado. Cientos de mujeres replegadas, unas a escasos centímetros de otras, unas haciendo cadenas humanas con otras. Una chica quiso tomarla de la mano y jalarla con la Resistencia, pero las piernas de Diana temblaron, también los dedos de sus manos, su carne dolía; el pecho enrojecido y la piel de la nuca tan sensible como quemada, el interior de los muslos sudados, en medio, una llaga punzante por la fricción de su carne insolada y la ingle irritada por la humedad le mermaron las fuerzas. Tuvo un mareo y negó con la mano, se dirigió hacia un par de árboles que sujetaban una manta, una sombra apenas suficiente que vio cual oasis. Ignoró que unas chicas no le quitaban la mirada de encima. “El cuerpo humano es una máquina de combustión interna”, o al menos eso recordó de sus clases de física. Diana, apenas tras un paso descompuesto sintió el abandono de sus fuerzas, y el hervor de su cuerpo evaporó la escasa liquidez de su conciencia. Dos encapuchadas se abalanzaron hacia ella con botellas de agua y una toalla húmeda.
Una bomba molotov lanzada de fuera se estrelló contra la manta, el fuego se extendió instantáneamente hasta las ramas del árbol, Diana yacía en el suelo, abrió los ojos y vio su cuerpo protegido por una pequeña encapuchada, otra le gritaba a todo pulmón a los policías por su cobardía contra una niña desarmada. Bombas, gas pimienta, macanas y escudos por un lado, herramientas de un Estado que condena la rebelión de las oprimidas y cuya única arma es la voz que llama a la convocatoria. Diana no comprendía, sacó fuerzas de esa imagen que jamás podría sacar de sus ojos: una hermana, más aún, una madre protegiéndola por el simple hecho de ser mujer, tanto valor en un cuerpo tan pequeño. Ambas se levantaron y corrieron de vuelta a la célula, atrás quedó el ardor y la pérdida momentánea del oído, el ligero rastro de sangre en la piel de sus piernas y el aroma a quemado del aire. Diana corrió con sus compañeras y cuando sintió que no podía más era jalada por otras manos, dos, cuatro, cien, todas. Cerca del metro ya se había segmentado el grupo y Diana apenas notó que no había soltado a su salvadora de un apretón tan fuerte que hasta sentía el pulsar de sus venas.
—Perdón, yo… yo… —Diana rompió en llanto, se quitó el pasamontañas y las marcas del sol habían irritado gran parte de su rostro. La chica también se descubrió, era más bajita que Diana y parecía tan joven como una estudiante de preparatoria, la desconocida se soltó la mochila que llevaba atada a su espalda y en silencio buscó un minúsculo botiquín con el que empezó a curar a Diana. El celular de esta sonó y escuchó del otro lado la alterada voz de su madre.
—¡Para eso te fuste a México, Diana!, acabo de ver las noticias, se puso muy feo allá. ¡Pobre de ti donde te hayas metido en problemas!, ¡te me regresas ahorita a la casa, voy por a la CAPU! —La muchacha terminó de limpiar el raspón de las piernas de Diana, hizo una seña y se acercaron otras chicas ya vestidas de incógnito, le preguntaron si estaba bien y una más le dijo que le urgía pomada para las quemaduras del sol, Diana sintió el ardor en sus mejillas, pero esta vez se debía a la pena. La invitaron a ir con ellas a la casa de una para pasarse el susto, incluso le ofrecieron tomarse unas chelas para el calor. —¿Diana?, ¡Contesta!, ¡vas y te compras el boleto de vuelta, pero ya! —Las otras chicas alcanzaban a oír los gritos en la línea y se rieron por lo bajo, le dijeron a Diana que si quería, la acompañaban a la terminal de autobuses, pero esta solo podía contemplar a su salvadora, esa chiquilla de metro y medio, morena y delgadita que le había salvado la vida y que ahora, con la ropa negra guardada en su mochila parecía una niña como cualquier otra, excepto por sus ojos enrojecidos y el cabello que trataba de amarrarse en una cola, al darse cuenta de la mirada fija de Diana en su persona le contestó con una tímida sonrisa. Colgó el teléfono.
—No tomamos unas, hace un chingo de calor —Diana se incorporó con un poco de dificultad, su salvadora le ofreció de nuevo la mana y esta vez, Diana la tomó suavemente, pensando que la CDMX iba a ser un lugar que tendría que visitar a menudo.

María del Carmen Macedo Odilón
Bibliotecóloga, estudiante de Lengua y literatura hispánicas de la UNAM y de Creación literaria de la UACM. He publicado cuentos en las antologías Zombies, espectros y fobias, Cuentos de amor y deseo, En el cementerio y Amistad a primera vista de la Editorial Escalante, así como de manera virtual, ensayos, relatos, cuentos y artículos con perspectiva
de género en revistas literarias, académicas y fanzines como lo son: Ágora del COLMEX, Zompantle, Palabrijes de la UACM, Nocturnario, Katabasis, Retruécano, Especulativas, Taller Ígitur, etc. Huidiza por convicción, estudiante de la vida, devota al Gatolicismo y al
insomnio.
