“Anda, ¡Atropéllame!”

por Verónica González

Los carteles multicolores, antes sostenidos con indignación, yacían en el suelo.

Las consignas, antes coreadas al unísono, se habían convertido en murmuraciones difusas. 

Los manifestantes, antes solemnes e incorruptibles, ahora miraban con curiosidad burlona.

Entre los letreros de precaución y los escombros de una casa de otros tiempos, se hallaba una imponente máquina excavadora, rugiendo amenazante. Recostada, impidiendo el paso de ese gigante de una tonelada, yacía una mujer de expresión serena, que no habría de pesar más de sesenta kilos.

El cuadro era surrealista, ¿Quién hubiera pensado que esa abnegada madre de modales recatados daría tal espectáculo? 

Más surreal aún, era ver cómo la multitud cambió de enemigo en cuestión de minutos: Inicialmente, sus quejas iban dirigidas a los empleados de la inmobiliaria multinacional que amenazaba a su barrio, pero ahora parecían dirigidas hacia esa mujer, que llevaba semanas informando a los vecinos sobre cómo ese proyecto afectaría a sus viviendas. 

-En buena onda, ¡No había que hacer tanto drama! –Comentó un vecino, dedicándole una mirada de desdén a la mujer, a través de sus gafas de sol.

-¡Controla a tu esposa, Javier! Nos pone en vergüenza a todos. –Reclamaba el alcohólico del pueblo, liberado bajo fianza luego de uno de sus tantos desmanes exhibicionistas.

-Ya, levántate, no seas ridícula. –Dijo, entre dientes, el esposo de la mujer, avergonzado por las miradas desaprobatorias de sus vecinos. 

Para completar esa sinfonía de alegatos, los relámpagos en el cielo gris hicieron acto de presencia, pero ni siquiera la tormenta de verano dispersó a la multitud, siempre ávida de espectáculo.

-¡Quítese, maldita vieja loca! –Gritaba el operador de la excavadora, mientras continuaba intimidando a los presentes con los rugidos de la máquina, como si de un auto de carreras se tratase.

-Póngase a trabajar y déjenos trabajar a nosotros –Decía el abogado de la inmobiliaria, quien sería juzgado por lavado de dinero unos meses después.

Los otros enviados de la empresa tomaban fotografías y amenazaban a los vecinos,  incluso animaban a su compañero a poner la máquina en movimiento; pero eso no era digno de la atención de los manifestantes, quienes seguían aprovechando la ocasión para desquitar sus frustraciones contra esa mujer, ahora enlodada por la lluvia. 

-Ya levántese, vecina. No se ensucie -Dijo, tímidamente, la anciana de la casa de al lado, que no dejaba de pensar en lo difícil que sería quitar ese lodo asqueroso del atuendo recién terminado de pagar que portaba su amiga.

Pese al mal clima y al público en su contra, la mujer permanecía impávida a un metro de la máquina, sin responder ni a provocaciones ni a consejos.

-Ya, doñita, quítese de ahí, vaya a atender su casa. El proyecto ya se decidió y le prometo que la va a beneficiar.  –Dijo, en tono condescendiente, el ingeniero a cargo, mientras se inclinaba junto a la mujer y le ofrecía su mano para ayudarla a levantarse.

-Su empresa hizo el edificio gigante de atrás, por culpa de ustedes no tengo agua, mi casa se está hundiendo y tengo grietas en las paredes. A mí no me vuelven a hacer tonta. -Respondió la mujer, sin mirarlo a los ojos, dejándolo con la mano extendida. 

-¡Voy a mover esta máquina y me importa un carajo si la aplasto, histérica! -Gritó el operador de la excavadora, respaldado por las miradas cómplices de los presentes. -¡Quítese o enfrente las consecuencias! 

Sólo entonces, la mujer se levantó solemnemente, dedicado a todos una mirada desafiante. Una vez de pie, quedó justo frente a la excavadora. Su postura orgullosa intimidó al operador de la máquina, quien no pudo sostenerle la mirada ni un momento. 

Incluso la tormenta quiso favorecer el impacto del momento, acabándose poco a poco, para permitir que la voz de la mujer se oyera fuerte y clara.

-Cuando venga el próximo terremoto y sus edificios mal hechos caigan sobre mi casa, ustedes serán quienes no se atrevan a enfrentar las consecuencias. Mejor aplástenme de una vez. –dijo la mujer, con un tono de voz severo que quizá sólo sus hijos conocían. 

La mirada esquiva y dubitativa del operador había invertido los papeles. Ahora la mujer exigía impaciente el cumplimiento de la amenaza, con la actitud irreverente de quien sabe que ya no hay nada que perder. 

Con los brazos extendidos, la mujer se abrió paso entre el lodo y el escombro, sólo para situarse justo a los pies de la excavadora y gritar: “Anda, ¡Atropéllame!”


Vivo en la Ciudad de México. Soy estudiante del Colegio de Estudios Latinoamericanos, de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. He participado en varios coloquios estudiantiles de la facultad y he colaborado con algunas revistas digitales independientes. Practico danza folclórica y yoga. Disfruto escribir sobre temas diversos. Mis intereses oscilan entre la literatura, la sociología, la historia, la antropología y el feminismo. 

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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