por Erika Muñoz
La voz de mi madre, diciéndome que tenga cuidado. La voz de mi abuela que se corta cuando salgo porque me quiere abrazar, y no se puede. Me despido porque voy tarde, como todas las mañanas. Me molesto porque mi blusa se manchó con el desayuno. En el auto me doy un momento para respirar y calmarme. Un día más, Érika, un día más. Para tranquilizarme pienso en lo que comeré cuando llegue de nuevo a casa.
Para ir a trabajar, necesito cruzar una avenida. Por la pandemia, la calle está casi desierta. Los locales se encuentran cerrados y nadie sale a barrer. Un camión pasa solitario sin detenerse. Me acomodo el cubrebocas, que me pica los ojos. Por medidas de protección, mi empleo ha decidido ponernos overoles de cuerpo completo, para usar dentro de la oficina, y no contaminar nuestra ropa. Usamos botas de cuero, cubrebocas reforzados y una mascarilla transparente. Nos piden tomar un baño antes y después del turno. Por precaució,n espero a que el semáforo cambie de color para correr, porque voy tarde, como todas las mañanas. Un vehículo pequeño, desvencijado, color negro pero con tierra pegada en el parabrisas se acerca despacio, y pienso que, como muchos otros autos en la ciudad, necesita refacciones pero no encuentra donde comprarlas. Decido que cuando pase el carrito, cruzaré la calle. El vehículo ni siquiera se detiene. Sólo abre la puerta trasera y un par de manos me jala de la bolsa con una intensidad que me desequilibra. Todo pasa demasiado rápido. ¿Qué está pasando, Dios mío? ¿Por qué me están secuestrando a las nueve y diez en la mañana? ¡AUXILIO! Nadie me escucha. Por la pandemia, la calle está casi desierta. Los locales se encuentran cerrados y nadie sale a barrer. Mamá, hoy no llego. Abue, yo también te quería abrazar. Yo creí que las medidas de seguridad eran suficientes.
Pero no.

Que triste es saber que alguna de nosotras algún día no llegaremos a casa, por culpa de la Pandemia, de la inseguridad o del no salir para no ayudar.
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