Un buen proveedor

Por Paloma Villanueva Cruz 

Me levanté a las tres de la mañana como todos los días, serví agua en un pocillo y le eché un pedacito de canela para hacer el café. Encendí el radio y me extrañó que ya estuvieran transmitiendo noticias en vez de música, como era costumbre a esa hora.

El locutor hablaba de un virus nuevo y repetía las mismas palabras muchas veces: “desconocido”, “muy contagioso”, “potencialmente mortal”. Subí el volumen cuando dijo que el gobierno había ordenado que todas las personas se quedaran en sus casas y que sólo se permitiría salir para comprar alimentos o medicamentos

— Qué pinche escándalo traes, ¿estás sorda o qué?

Ramón se había levantado de mal humor. Intenté explicarle lo del virus nuevo, pero me dijo que esos eran inventos y que debía ser yo muy pendeja para creer en esas cosas. Se tomó el café y se fue a trabajar.

Los insultos en casa eran comunes, empezaba diciendo que él arriesgaba la vida todos los días en su trabajo como oficial de seguridad privada para traer comida a la mesa y que yo era una inútil, que no cocinaba bien, que tenía la casa hecha un muladar y que por mi culpa Fede no había aprendido a leer todavía y por eso estaba repitiendo primero de primaria. Decía constantemente que él trabajaba como burro para mantener a su familia y que yo era muy mala esposa.

Cuando escuchas esas cosas casi todos los días, empiezas a creer que son verdad. Tal vez yo sí era una mala esposa porque la realidad era que no me gustaba cocinar, ni planchar uniformes, ni lavar trastes; y nunca tenía ganas de ayudarle a Fede con la tarea.

Ramón tenía turnos de doce horas, salía de la casa a las cuatro de la mañana para llegar al trabajo a las siete y, por la noche, regresaba como a las diez. Si en el radio iniciaba la barra musical de las doce y él no había llegado todavía, yo hacía tapones de algodón para ponérselos en los oídos a Fede, porque el retraso de Ramón casi siempre significaba que había agarrado la borrachera y que vendría a descargar su furia en mis pómulos.

Al día siguiente despertaba crudo y con culpa, se hincaba para pedirme perdón, me rodeaba con los brazos y me prometía que no pasaría nunca más, que dejaría el alcohol y que trabajaría muchísimo para ahorrar y comprarnos una casita en una colonia mejor, donde las calles estuvieran pavimentadas y todas las casas tuvieran agua potable. Pero nada de eso era verdad, yo sabía que seguiríamos viviendo en aquel asentamiento irregular y que él seguiría golpeándome.

El locutor anunció que el gobierno entregaría kits de higiene casa por casa, que instalaría carpas con personal médico para hacer pruebas y detectar contagios; y que los enfermos graves serían trasladados en ambulancia a los hospitales, donde recibirían atención gratuita. En nuestro barrio no pasó nada de eso, las carpas, las pruebas y los kits de higiene nunca llegaron; las ambulancias para trasladar a los enfermos, tampoco. 

No había pasado ni un mes de cuarentena cuando la compañía de seguridad privada en la que trabajaba Ramón despidió a casi todo el personal porque ya no había oficinas que cuidar, bueno, oficinas sí había, pero estaban vacías porque las personas ahora trabajaban desde sus casas. Ahí fue cuando la cosa se puso realmente fea.

A Ramón le dieron una liquidación escuálida que se gastó casi completa en alcohol, los golpes se hicieron cada vez más frecuentes porque estaba aburrido del arroz con frijoles, porque aseguraba que era mi amante quien estaba del otro lado del teléfono cuando alguna amiga me llamaba a la casa, porque Fede hacía mucho ruido o porque la caja del dinero se vaciaba muy rápido. Estaba en la casa todo el día y me golpeaba prácticamente por cualquier cosa.

Una noche que me acosté con las tripas haciéndome ruido, recordé mi infancia en el pueblo. Nunca teníamos dinero en efectivo, pero tampoco pasábamos hambre. Había costales de maíz, arroz y frijol; leche fresca, huevos y, si la cosecha no se lograba, matábamos un puerco para comer. Cualquiera que haya visto cómo se mata un puerco, sabrá que el animal chilla con una fuerza brutal mientras se le clava una punta afilada por detrás de la pata delantera izquierda. Yo había aprendido el lugar exacto donde se ubica el corazón de los cerdos, viendo a mi padre hacer eso en el pueblo cuando era niña y había aprendido también qué partes del animal son las mejores para comer y cuáles se deben tirar.

Tenía aquella escena en mi cabeza cuando percibí un tufo de alcohol que inundó la habitación, permanecí acostada de lado y fingí estar dormida mientras Ramón se quitaba la ropa y se metía bajo las cobijas. Quise rogarle que me diera tregua, que permitiera a mi cuerpo sanar y me dejara dormir, pero ni siquiera me dio tiempo de hablar. Me arrancó los calzones y así como estaba acostada de lado me embistió con fuerza. Sentí mi carne desgarrándose y luché por apartarme, pero él me tomó del cuello desde atrás y me apretó tanto que sentí que me asfixiaba. 

Tuve mucho asco del miembro de Ramón penetrando mi cuerpo y también de la manera en que me trataba, de todos los golpes que me había dado y de lo precaria que se había vuelto mi vida con él. Empezaba a abandonarme al dolor y a la humillación cuando Ramón terminó e hizo un sonido raro entre quejido y chillido que trasladó mi mente otra vez al chiquero de los puercos.

Todavía me ordenó que le preparara otra cuba, así que llené un vaso grande con mucho ron y poco refresco y lo miré bebérselo entero, después otro y otro más. Tuvo temblores, su rostro perdió color y finalmente se quedó acostado con los ojos entreabiertos y la cabeza ladeada sobre la almohada.

Fui a la cocina por el picahielos. Las arcadas que sentí cuando regresé al cuarto, me confirmaron que aquello era una pocilga, había vómito y mierda por todos lados, y un puerco quieto resignado a su destino fatal.

Aparté el brazo izquierdo, tomé el picahielos con ambas manos y usé todo el peso de mi cuerpo para perforar e introducir el instrumento por debajo de la axila. Había que actuar con decisión para provocar una muerte rápida y evitarle sufrimiento innecesario al animal. Saqué el picahielos y la sangre empezó a salir a borbotones. Hubo fuertes chillidos como siempre y, luego de un rato, el puerco se quedó completamente inmóvil.

Las labores de limpieza y descuartizamiento me llevaron toda la noche, pero cuando terminé y miré el congelador lleno de carne, sentí un gran alivio porque era más que suficiente para que Fede y yo nos alimentáramos durante varias semanas. Volví a confirmar que para sobrevivir no hace falta tener dinero en efectivo, sino que basta con matar un puerco para comer y esperar tiempos mejores.

La epidemia aún duró varios meses y miles de personas murieron. Cuando llegaron camiones con logotipos del gobierno cargados con material de construcción, pensamos que iban a levantar un hospital, pero lo que hicieron fue un crematorio. La gente de la ciudad había empezado a quejarse por la contaminación que generaban las incineraciones en sus colonias, así que la solución había sido trasladar el humo a otra parte.

Varias familias vecinas del barrio envolvieron a sus muertos en sábanas y los llevaron ellas mismas cargando hasta el crematorio. Nadie les pedía datos ni les entregaba documentos. Habíamos sido inexistentes para el gobierno durante años y no empezaríamos a figurar en los registros ahora que nos estábamos muriendo.

Fede ya iba en segundo de primaria cuando el locutor informó que el gobierno realizaría un censo para identificar los hogares que habían perdido a jefes de familia durante la epidemia y darles un apoyo económico a las viudas y los huérfanos. Pensé que no nos tomarían en cuenta, pero cuando una señorita llegó hasta nuestra puerta portando logos del gobierno en su gorra y su playera, recordé que cada seis años, cuando los partidos necesitan votos, a nosotros nos vuelven a contar en los censos.

La señorita preguntó si alguien de nuestra familia había muerto.—Sí, se llamaba Ramón Valencia, ¡qué le puedo yo decir! Era muy trabajador, imagínese que incluso después de su muerte, a Fede y a mí no nos faltó el sustento, y todo gracias a él. Siempre fue un gran proveedor.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

2 comentarios sobre “Un buen proveedor

  1. Buena historia donde la víctima decide acabar con su miserable situación de constante violencia. Pero, por qué se tiene qué esperar tanto para actuar? Excelente ritmo narrativo. Felicidades Paloma Villanueva.

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