Por Lorena Luna
Recorrí mí adentro,
me caminé despacio
entrando en cada uno
de los rincones
y me vi.
Lloré como un niño
cuando no encuentra
lo que busca,
yo tampoco podía
encontrar lo que era mío.
Había hambre, sed,
cosas rotas,
otras desordenadas
y unas cuantas más
inmersas en el olvido.
Mis rodillas resecas
golpearon el piso,
acomodé lo suelto,
remendé los pedazos
y reparé las faltas.
Con las rodillas aún dobladas,
beso la frente curtida
de cada partícula
que sobrevivió
en la inmensidad de este caos.
Me regaré con el agua
de mis propias lágrimas
y renaceré como la tierra
con el agua de lluvia
que deja la tormenta.
